EL DÍA EN QUE LA BOCA DEL DESAGÜE VOMITÓ GRANIZO

María Esther Guzmán Mariscal

Hacer el amor y no la guerra, fue la nueva carrera técnica (modalidad neoliberal de la educación superior) que implementaron los hippies en medio de la masacre bélica que estuvo a punto de liquidar a la humanidad de los años 60’s y 70’s, humanidad a fin de cuentas. Analizándolo fríamente, no era mucho pedir.
Y si era cierto que sólo los que mueren ven el final de la guerra, como lo dijo Platón, en este caso, -no en ése, sino en éste- por fortuna, no fue así.
Dos fuerzas naturales, inescrutables, se enfrentaron en un campo de batalla poco usual, literalmente a niveles estratosféricos. Una masa de aire frío encaró a otra de aire cálido, y las municiones sólo podían ser descargadas en un lugar: la tierra.
La maratónica batalla, pasó de ser un espectáculo de la naturaleza, a una amenaza para los habitantes del pequeño territorio en el que se depositaron los proyectiles percutidos, no precisamente de la familia de madame pólvora o mister napalm.
Fue cuestión de segundos. La mañana había sido acosada impunemente por los rayos del sol, que se ruborizaba tras los fortuitos coqueteos de las nubes.
La maldición shakespiareana cayó sobre el astro rey, quien fue destronado intempestivamente por el amo de la oscuridad: Erebo, custodiado por un descomunal y amenazador ejército de nimbos que ultrajó alevosamente la claridad vespertina de aquel día irritablemente caluroso.
No hubo tiempo para saludos protocolarios, sólo un estrepitoso rugido se convirtió en embajador de la batalla. El bombardeo se había tornado una misión acuciosa ante el azote de los vientos polares. La física hizo su efecto y las partículas de agua se solidificaron para fabricar el arsenal clandestino más mortífero, sin necesidad de fisiones nucleares o reacciones en cadena. Estas últimas solo se manifestaron en el pequeño núcleo de la sociedad invadida, cuyos azorados miembros se atrincheraban si podían, en sus respectivos hogares.
Alguien tocó a la ventana sin mesura, después, los toquidos se volvieron más violentos, agresivos, y comencé a sospechar que ese alguien quería entrar por la fuerza y estaba dispuesto a romper los cristales.
Opté por permanecer indiferente y preferí continuar mi lectura, pero la luz de la lámpara cedió a la presencia de la oscuridad. Mi inconsciente estaba litigando para que el silencio sosegara la furia del cielo y el bombardeo cesara.
La granizada se ensañó contra la ventana. Se trataba de una lucha cuerpo a cuerpo entre cientos de proyectiles congelados y las puertas que conducen a mi balcón, cuyos vidrios amenazaban con quebrarse.
Bajar y refugiarme en la sala era imposible porque las balas de granizo casi del tamaño de bolas de béisbol, lograron escabullirse por el tejabán que cubre el área de las escaleras, así que usarlas hubiera sido una hazaña o un acto de suicidio.
Imaginé que el agua no tardaría en colarse por la hendidura que hay entre la ventana y el piso, así que me arriesgue a bajar por algo para secarla, si no quería electrocutarme con la maraña de cables regados en el suelo de mi habitación.
No había nadie que me cubriera las espaldas, ni la cabeza, así que descendí como pude, tomé el trapeador y la cubeta, y con la misma pericia esquivé los granizos para regresar a mi habitación. Cuando me disponía a secar el agua que avanzaba ya sin titubeos, me volví para tomar el cubo que dejé a la entrada del baño y me quedé pasmada cuando observé con sorpresa y con espanto que la boca de la coladera comenzaba a escupir granizo.
¡Ahhhhhh! ¡¡¡Qué es esto!!!! –grité asustada, pero invadida ya, por un sentimiento de fracaso. La naturaleza había ganado la batalla por enésima vez.
La coladera parecía una máquina de palomitas, pero en esta ocasión se trataba de enormes bolas de hielo que prácticamente inundaron mi habitación, la habitación de mi hermano, ¡toda la maldita casa!
Miré al techo pero estaba intacto, intenté detectar por dónde estaban saliendo los granizos y efectivamente, la coladera se había vuelto cómplice. Lo último que podía hacer era sentarme a llorar así que le grité a mi hermano para que se despertara y antes de que el agua se coludiera también con la electricidad, levanté los cables, no sin antes sentir los efectos de un buen “toque”. Mi hermano bajó por las escobas mientras yo, en un acto de candidez, llamé a contingencias para pedir ayuda: ¡señorita mi casa está inundada, no sé si se rompió alguna tubería o qué, pero el segundo piso está lleno de granizo y no nos podemos mover! –exageré- la voz sólo se limitó a responder: “no es la única persona que llama, todas las casas del Centro están igual, vamos a ver si podemos atender su llamada”. ¡Oh desepción! Colgué.
Minutos después, que me parecieron eternos, cesó la lluvia de proyectiles. El cuarto de baño estaba tapizado de blanco, al igual que las calles. Aquel escenario era realmente hermoso y a la vez, agobiante.
Las horas que siguieron a la tormenta nos dedicamos a deshacernos del agua y los granizos, mi espalda sufrió un día más tarde las consecuencias de este cometido. No hubo armisticio, ni tregua. A la mañana siguiente las páginas de los diarios publicaron las fotos de las calles alfombradas de blanco y consignaron los estragos que ocasionó la granizada en colonias menos favorecidas que la nuestra. Un día histórico para la ciudad de la cantera rosa que por algunas horas fue blanca.
En las páginas de mi historia también quedó asentado aquel inusitado y terrorífico incidente, el día en que la boca del desagüe vomitó granizo.

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