ENTRE EL NEGRO Y EL ROJO. LOS GAJES DEL OFICIO

María Esther Guzmán Mariscal

El espacioso salón de billar que hace de escenario para las juntas seguía vacío. De las once personas citadas sólo cuatro llegaron al lugar: Silvia, Fidel, Rubén y yo. Y es que un proyecto para trabajar con prostitutas no es del todo atractivo, mucho menos si se trata de una sociedad tan celosa de su moral como la zamorana.

Era la segunda convocatoria y ya los ánimos empezaban a decaer. La espera anunció que nadie más llegaría. El nerviosismo y la decepción asomaron a nuestros rostros.

El punto de partida sería lo comentado en la primera reunión acerca de los antros que fungen como centros de prostitución. Ahí los precios oscilan de los 200 pesos hasta los 2 mil pesos diarios, de manera que la utópica intención de persuadir a las jovencitas a cambiar su oficio era imposible. Si es cierto que “con dinero baila el perro”, esa podría ser su mejor justificación.

De cualquier manera la principal preocupación giraba en torno a serie de conflictos derivados de este oficio: la drogadicción, las enfermedades venéreas, la desintegración familiar, los abortos…
Caímos entonces en la cuenta de que habíamos omitido un sector mucho más propenso que el de los bares: las sexoservidoras de la calle.
Rubén puso en común algunas de sus experiencias con éstas últimas, a las que conocía de tiempo debido a la cercanía de su negocio de carnitas con uno de los focos rojos de la ciudad.
En este punto, una propuesta rompió la tensión y terminó con la espera. Rubén intervino de nuevo: “yo les puedo decir misa si quieren, pero por qué no van a ver para que ustedes hagan sus propios juicios” y lanzó la invitación a su negocio para ver de cerca la realidad por él contada.

Tendríamos que buscar un pretexto que justificara nuestra inquisidora presencia en el restaurante a esas horas de la noche. “Podemos vender cafés a los taxistas que traen a las muchachas y mientras que alguien suba a la azotea para que grabe lo que esté pasando”.

-Sale, nos vemos a las 11 de la noche. ¿Les parece?

Llegada la hora nos dirigimos con las “prostitutas de la avenida Juárez”, como suele llamárseles para diferenciarlas de las de la calle Corregidora, las del Mercado Hidalgo o las del Abastos.

Después de abrir el negocio, sacamos unas mesas, pusimos la olla con agua a hervir, acomodamos los vasos, el café y todo lo que teníamos al alcance para no parecer sospechosos, sobre todo para los polis que fingen hacer rondines de vigilancia por la calle para evitar los altercados entre las prostitutas y algún cliente borracho o drogado, aunque terminan bolseando a los inocentes que subidos de copas no tienen objeción alguna para resistirse al “cateo”. Baco seguiría, por otra parte, haciendo de las suyas en las orgías clandestinas de cada noche.

Atareados en hacer un letrero que llamara la atención (aunque, a decir de la embriaguez o el estado de enajenación de los que deambulaban por la calle, era lógico que la demanda de café sería casi nula), Rubén señaló a una de las jovencitas que estaban causando escándalo a media calle.

-Esa guerota está bien loca… muchos vienen por ella, mírala como se comporta… ¡Ya viste!… Sí pus está chavita, ha de tener unos 20 años. -Y ves esa vieja, parece que está embarazada. Es madrota. Ella les consigue los clientes a las chamacas. Pinche vieja, anda bien peda, hasta se tambalea de tan borracha, ruca, ruca pero bien que le sigue dando.

-Pregúntale si quiere un cafecito, díle que hasta le ponemos piquete pa’ que no diga, ja, ja, ja, ja -Tú nos dices cuando te quieras subir a grabar. -Deja que se caliente el agua del café y ya empiezas

-¿Quieres que vayamos a dar una vuelta mientras? -Sale
Apenas Fidel y yo enfilamos nuestro recorrido, cuando observamos regresar a la joven rubia en cuestión a bordo de una motocicleta. En esa posición su ajustado y breve vestido negro le llegaba a las caderas. Al descender, terminó de levantárselo frente a la fila de taxistas y luego se lo acomodó después de soltar una carcajada. Se tambaleó unos pasos antes de irse con otro cliente.

El resto de las muchachas también comenzaba a reaparecer. Aquellas juveniles facciones delataban que la mayoría no rebasaba los veinte años, algunas ni los quince.

Llamó la atención cuando de repente, unas cinco jóvenes se amontonaron en el puesto de tacos para gastar el que tal vez representaba su primer pago de la noche.

Comieron ávidamente y volvieron a sus puestos.

La caminata continuó por un par de cuadras. Aquí se ubicaban también tres de los antros de la lista: el denominado Junior’s que es de los más caros; le seguían El Moniqué y El Garage, que son de categoría más baja.
Lo que comprobó la veracidad del informe fue el tipo de vehículos que se estacionaba frente a cada sitio. Un Grand Marquis negro, un Monza del año y hasta un Mercedes, se aparcaron frente al Junior’s. Algunos hombres más descendían de “vochos”, taxis, o inclusive llegaban a pie, pero para dirigirse a los dos bares restantes, separados entre sí por unos cuantos metros.
“¿A ver, quiénes son los que se prostituyen?”, cuestionó Fidel. Concluimos que el calificativo de “prostituta” lo deberían llevar los que pagan por tener sexo en la clandestinidad, antes que las jóvenes que ofrecen esos servicios.

Era la una de la mañana y la calle estaba tan concurrida como cuando se presenta un espectáculo nocturno. Algo se estaba obsequiando. Si los despojos de inocencia se consideran un obsequio, eso era entonces.
La mujer que parecía embarazada pasó cerca de nosotros. Emitía un fétido olor a alcohol. Musitó algunas palabras y se marchó.
Y ahí estaban, las dos realidades juntas y diametralmente opuestas. Mientras las credenciales que portan las chicas de los bares les obligan a los chequeos médicos periódicos, las jóvenes de junto, “las de la calle”, trabajan a la deriva, ganan lo que les dan, aunque quizás la sentencia de muchos sea cierta: “les gusta la mala vida”. Para ellas tal vez no lo sea tanto.

El vaivén de taxis permaneció durante toda la noche. Al amanecer ellas usarán el otro nombre, el que las incluye de nuevo, según ellas, en el círculo social. La joven rubia no volvió. El café quedó intacto. La cámara capto durante una hora, tal vez un poco más, imágenes que repetían la misma escena, aunque con actores distintos. Para ellas pareció ser una mala velada. En fin, esta noche tal vez les vaya mejor. Son también gajes del oficio.

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