RÉQUIEM DE LOS PEREGRINOS

Por María Esther Guzmán Mariscal

“Yo te bautizo en el nombre del Señor Jesucristo”, y al unísono la respuesta resonó con su eco en las paredes del templo cuando todos contestaron, “Amén”. De esta manera decenas de pobladores de Tlapa, Comonfort y Tlatlauquitepec se agregaron a la lista de adeptos de la Iglesia del Dios vivo, columna y apoyo de la Verdad, “La Luz del Mundo”.

A la Gran Convención que se realiza año tras año en la sede de esta iglesia, ubicada en la capital Tapatía, fueron convocados nuevamente los cerca de 200 mil fieles de todo el mundo, para rendir honores a su siervo fundador, el hermano Aarón.

Ese debió ser el destino del autobús que transportaba a 57 peregrinos originarios del estado de Guerrero. Quizás nunca supusieron que la convención a la que ellos arribarían se realizaría en otro lugar, el lugar de los mil nombres que termina siendo el mismo, bajo tierra.

El olor a balatas quemadas vino a mezclarse al olor a humanidad que rebotaba en los hierros corroídos de camión de pasajeros. Nadie dijo nada. El autobús, que sólo tenía cupo permitido para un máximo de 40 personas, prosiguió su marcha. Eran las 7 de la mañana del lunes 5 de agosto. Aquí se empezó a escribir una tragedia de esas que se escriben todos los días sin palabras, sin la palabra que permuta el tiempo y que a la vez sobrevive en su misma existencia.

Mateo Sánchez, chofer de la unidad de pasajeros, delegó a su nerviosismo la responsabilidad de conducir un camión con un permiso vencido, fuera de su ruta designada, con registro ilegal, y con una falla mecánica que hizo anormal desde un principio el trayecto de su vehículo descontinuado. Él, Mateo, personificaría al Caronte que guiaría a los muertos por las aguas del Hades.

El día concluyó en aparente calma. Mujeres con niños en brazos, embarazadas, jóvenes y hombres de edad avanzada, cernían su preocupación a través del sueño.

Como un oráculo de la desgracia, apareció la lluvia. Las horas habían viajado ya hasta la madrugada del día siguiente. Eran las 4 de la mañana. Las ruedas se desplazaban ahora en terreno michoacano. En las cercanías de Ucareo, donde la autopista continúa con una pendiente, el autobús, ya sin frenos alcanzó una velocidad de 150 km/h. El umbral hacia el próximo destino fue representado por la caseta de cobro de la autopista, a la altura de Zinapécuaro. De aquí correspondió a las leyes de la física el resto de la actuación. El estridente ruido del impacto, dejó en el aire las notas de los últimos rezos, el llanto de la desesperación, gemidos, gritos callados, un sueño ininterrumpido.

Si el caos y el desorden son abstracciones en la naturaleza, la mano humana se había encargado de concretarlas en este hecho. Ese día, sólo algunos, los menos, vieron salir el sol. En un instante, las láminas oxidadas del autobús se desprendieron de la estructura, y con ellas se desprendía la vida que llevaba dentro.

Alguien intentó recordar el momento previo al accidente y sólo evocó las palabras dichas al chofer por uno de los pasajeros que le pidió que tomara la rampa de frenado, antes de que su grito definiera lo que no todos terminaron de escuchar “¡no agarran los frenos, nos vamos a morir!”.

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En la lejanía ululaban las sirenas. Dejé de soportar por algunos minutos la pesada carga de los vehículos que se desplazan sobre mi planicie. Me había convertido en el escenario del final de la tragedia, o del inicio de ella. ¿A quién le importaba ya?

Vi abalanzarse sin miramientos aquella estructura sobre mí. Debía ser una superhéroe para permitir semejante agresión. Entonces traté de fragmentar en momentos lo que había ocurrido en un pestañeo de tiempo. Algunos rostros con sus cuerpos se enfrentaron a mí como contra un espejo. En uno de ellos identifique a un pequeño que no debía rebasar los 3 años de edad. Sentía cómo el calor los abandonaba, mientras tanto, hurgaba en su mirada perdida, como si ya no existiera. Y es que en realidad, ya no existía. La columna de uno de mis puentes vino a recibir la inminente descarga del impacto. El derrape de las llantas se confundió con el crujir de los fierros retorcidos. Fue prescindible el pánico dentro del autobús.

Las visitas no tardaron en llegar. No imaginé algo así para que la humanidad se acordara de mí. Dudé. Tal vez no era yo el centro de atracción, sino lo que tenía encima. Mi piel de asfalto se había tornado un sembradío de cuerpos inanimados. El rojo era el señuelo de la muerte que albergué esa mañana, y sin quererlo, me sentí asfixiada y adolorida por los que el azar había dejado con vida.

Tocó la actuación de los agentes federales, judiciales, personal del ministerio público y paramédicos, que serían los jornaleros en medio de los caídos. Llevaron a cabo, en no poco tiempo, las maniobras de rescate y de traslado de los heridos y fallecidos.

Condenada a recrear la tragedia consumada, la memoria como último sobreviviente, recorrió también el trayecto a los hospitales que albergarían a quienes quedaron vivos. Ella impediría que el telón cayera como indicativo del final de la obra.

Fueron necesarias varias horas para despejar el lugar. La imagen de los vehículos que transportaban a las víctimas como bultos envueltos en bolsas de plástico resultaba patética. Ni siquiera en esa condición viajaron con dignidad –pensé- . A los municipios de Zinapécuaro y Morelia llegaron los heridos y las notas del réquiem por los fallecidos, que sumaron 33.

Entrada la mañana, en medio del ambiente de incredulidad y tensión que rondaba en mi espacio, sentí que el viento despegaba de mí una estampa con una oración escrita que concluía: “en el nombre del Señor Jesucristo líbranos de todo mal”. Esta vez nadie respondería “Amén”.

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