EL VALOR DE LA CORRESPONDENCIA

El servicio de correos es apasionante. La simple idea de hacer llegar un documento, trátese de un telegrama, una postal, un paquete o una carta común a un lugar recóndito, es una odisea francamente loable.

Autores como Juan Rulfo o Franz Kafka han enaltecido el denominado género epistolar. Incluso de las Cartas de Relación de Hernán Cortés se pueden inducir varios aspectos de la vida del México prehispánico, o las apasionadas cartas sin respuesta que escribía desde París Angelina Beloff a su esposo el pintor mexicano Diego Rivera.

Pero la inmediatez de la web y la infinidad de mecanismos para entrar en contacto con cualquier persona, de casi cualquier parte del mundo, continúan restando adeptos a esta práctica, a la que sin duda le quedan sobrevivientes para rato. Hay quienes afirman que los e-mails han reivindicado el género epistolar, pero hay diversos detalles por los que esta afirmación queda fuera de lugar.

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No es de extrañar tampoco que haya tantas personas que ignoren incluso cómo se escribe una carta, qué se debe escribir en el sobre, cuáles son los datos del remitente o del destinatario, por qué es importante el código postal, incluso valorar algunos aspectos de la carta como las estampillas o sellos.

Pretexto podría ser la buena intención de ahorrar papel para preferir enviar un correo electrónico en lugar de una carta. Cierto es que se desperdicia más papel en publicidad basura y correo comercial que sí podrían ser suplantados por la web. Pero una carta con un destinatario especial, establece un vínculo duradero e intimista que la web no facilita.

Una carta exige reflexión a la hora de escribir, dedicación, inspiración y sobre todo sentido de la estética, el detalle y el lenguaje, además de una especial atención en la sustancia del texto y en la necesidad de aprovechar el espacio de la hoja para decir de la mejor manera lo que queremos decir, teniendo en cuenta que el momento para volver a escribir a esa persona, siguiendo el “ritual de la correspondencia” vendrá cuando hayamos recibido la respuesta, es decir, después de algunos días, semanas, e incluso, meses.

En contraste, la inmediatez de la correspondencia por la web, genera la sensación de una conversación, dado que al momento de enviar un e-mail, la otra persona ya puede estar leyéndolo e incluso respondiendo. De la misma manera, una conversación se lleva a través de frases cortas, a menos que se tenga una verborrea y una locuacidad inmensa.

Un aspecto más que ennoblece el valor de una carta es el papel que juega el mensajero, personaje legendario, considerado una figura importante incluso desde la antigüedad. En la mitología griega Hermes era el mensajero de los dioses. El “Mesías” para los judíos es el enviado de dios para llevar el mensaje de salvación a su pueblo.

Y es que ser elegido para enviar un mensaje es un honor que sólo una persona digna de confianza puede merecer.

Por eso y muchas cosas más, el valor de la correspondencia, es una de esas tradiciones indispensables para perpetuar la memoria de nuestra especie y por qué no, para ejercitarla también.

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