VERBORREA

La celeridad de su mente fue motivo de accidentes lingüísticos durante el breve tiempo, en que religiosamente la visitaba, no porque las palabras se atropellaran, sino porque al espetar sus ideas sobre cualquier asunto por insignificante que pudiera parecer, la conversación se volvía un monólogo sin pies ni cabeza, y sin punto final. Además de Demetrio, no había conocido hombre tan locuaz en la vida. Incluso físicamente, le recordaba a él. Tenía eso sí, la autoridad al hablar de un loco de lucidez a quien se le amontonan las ideas en la cabeza, lo que no tenía era alguien que lo escuchara.

-¡También es de sabios guardar silencio! –sentenció la chica antes de retirarse con el semblante rígido por el mal humor.

Había estado observando las cortesías con que atendía a los clientes y las anunciaba de viva voz como si se tratase de un flirteo contra la condición de exclusividad que al parecer se había atribuido.

La frase lanzada así, de improviso, despertó la mirada desconcertada y después hostil de su interlocutor. Había sido herido en su orgullo, aunque lo peor fue que lo dijo con indiferencia. Se sintió increpado vilmente, pero no le quedó más que disimular y seguir el juego. Esta vez no habló, la frase fue suficiente para que se guardara cualquier comentario, incluso para evitar que se defendiera.

Con el pretexto de alimentar su menudo y cansado cuerpo acudía puntualmente al restaurante, donde ella trabajaba. Su comida era todo un ritual. Primero y segundo platos debían ser servidos al mismo tiempo. Después el postre junto con un vaso de manzanilla lleno hasta la mitad. Él se encargaba de templarlo con el agua con que, de la misma manera, acompañaba rigurosamente los alimentos.

Uno de aquellos días, durante su religioso almuerzo, su monólogo fue alterado por la chica que siempre lo atendía pacientemente, pese a la conmoción, casi disgusto que causaba entre el resto del personal cuando le veían entrar en el restaurante. Después de tomar su orden –que ella sabía ya de memoria-, comenzó a hacerle preguntas sobre las cosas que decía. Ella a su vez le contó su afición por las letras, al parecer, le hizo ilusión que alguien fuera capaz de convertirse en su interlocutor, dando pie a una perorata de parte suya, con referencias a autores, citas y definiciones.

Algunas veces parecía incomodarse al ver interrumpido su diálogo ante la presencia de más comensales que requerían de la atención de la camarera. De cualquier manera, nuestro personaje no paraba de hablar. Ocupaba siempre un lugar al lado de la cocina y cuando ella se acercaba para recoger o llevar platos, pronunciaba alguna cita o lanzaba una pregunta, cualquier cosa para acaparar nuevamente el interés de la chica.

En otra ocasión, él la cuestionó sobre su permanencia en aquella ciudad, y no en su país, donde podía dedicarse a su profesión. Quizá era una pregunta que le hacían a menudo y por ello le respondió de forma casi automática. Supo que ella trabajaba en una investigación sobre un conflicto de descolonización, que conocía África, que tenía intención de regresar a su país, pero necesitaba dinero y por eso aceptó ese trabajo temporal. Así concluyó la charla, pues ella tenía que seguir con sus labores.

Su recurrencia al restaurante fue breve. Quizá un mes, poco más o menos.

Otro día, sacó de una bolsa de plástico varias fotografías. Dijo que a él también le gustaba tomar fotos, algunas eran imágenes de Túnez, de donde era originario, aunque enfatizó que toda su vida había residido en Valladolid. –Yo también conozco África- añadió. Llevaba consigo también lo que parecían fotografías en gran formato recortadas de algún calendario. Le pidió a la chica que eligiera una fotografía, y ella escogió una de Túnez. Las fotos de calendario con motivos naturales, también se las obsequió.

-Quiero darte las gracias por tratarme bien, por ser amable, ya ves que no suelo simpatizar mucho con la gente- Dijo esto con cierta autocompasión y le entregó una dirección y un nombre.

La dirección era la de una librería y el nombre, el de la dependienta. Le pidió que pasara a recoger un paquete de parte de Eugenio. Le dijo que la encargada ya tenía instrucciones de entregarle algo. La chica asintió con la cabeza un tanto desconcertada. Él le dio las citadas referencias en un trozo de papel y salió del restaurante sin despedirse.

Ella guardó el papel en su bolsillo y continuó con las labores de su turno.

Por la tarde recordó que tenía algo que hacer. -¡No dejes de ir!– fue la encomienda de su casi amigo.

Buscó el papel donde estaban escritos el nombre y la dirección y se dispuso a salir para saciar la curiosidad. Aunque se tratara de una mala broma nada perdía con intentar.

Al llegar a la librería preguntó por la dependienta y le dijo que iba de parte de Eugenio. Inmediatamente la chica supo que era a ella a quién tenía que entregarle el paquete. Le dio las gracias y se fue.

Volvió a casa ansiosa. No creía que un personaje casi desconocido le regalara unos libros. Quizás los primeros libros que le habían regalado en su vida. Se había resistido a quitar el envoltorio durante el camino. Quitó los trozos de cinta adhesiva con cuidado de no romper el papel, dejando al descubierto un par de libros. Se trataba de una edición en pasta dura de El dardo en la Palabra de Lázaro Carreter, y las historias de Don Camilo, de Giovanni Guareschi. Dentro del paquete había una especie de sobre improvisado con un folio que contenía unos billetes. La hoja tenía escrita una nota en una caligrafía un tanto desaliñada que decía:

“Aquí te dejo 250 euros, dos libros y las bolsas para guardarlos.
Que te sean provechosos como a mí la comida, muy bien cocinada por cierto,
y si cabe decirlo, mejor servida”.

Los tres días siguientes, no apareció en el restaurante. Ella estaba nerviosa porque no sabía cómo decirle que le había conmovido el regalo, que no tenía por qué darle el dinero, que quizás a él le hacía más falta, que por primera vez alguien le obsequiaba algo de manera incondicional, en pocas palabras, no supo decirle “gracias”. Era tanto su desconcierto, a la vez suspicacia por la ausencia repentina de su “mecenas”, que en cuanto le vio entrar de improviso en el restaurante, la chica aceleró el ritmo de trabajo. Había más gente de la habitual, así que resultó un buen pretexto para hacerse la desentendida. Ese gesto de escasa cordialidad e indiferencia, probablemente sugirió a nuestro personaje que nada había cambiado, y que la chica simplemente ignoró el regalo de su interlocutor.

Optó de inmediato por atacar haciendo uso de su arma más poderosa: la palabra, así que comenzó a proferir frases soeces y recriminaciones casi infantiles para exhibir públicamente ante el resto de los comensales, la ofensa de su casi amiga.

-¡También es de sabios guardar silencio! –sentenció la chica antes de retirarse con el semblante rígido por el mal humor.

La frase lanzada así, de improviso, despertó la mirada desconcertada y después hostil de su interlocutor. Había sido herido en su orgullo, aunque lo peor fue que lo dijo con indiferencia. Se sintió increpado vilmente, pero no le quedó más que disimular y seguir el juego. Esta vez no habló, la frase fue suficiente para que se guardara cualquier comentario, incluso para evitar que se defendiera.

Reprimió la respuesta durante algunos minutos y cuando tuvo oportunidad surgió un reclamo de vivavoz hacia la chica por no haber recogido su regalo. Ella le dijo con un gesto de intimidación que había seguido sus indicaciones, le dijo que no entendía porque le hablaba de esa manera, y ya casi molesta le dio las gracias, sin ningún aspaviento.

De nuevo se hizo el silencio. Aquel hombre sin más, como si hubiera concluido su misión, terminó de comer y salió sin despedirse. Después de este nimio altercado ella no volvió verle nunca más.

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