La extraña historia de la hermana paranoica y su hermano desalmado

Eran las 8 de la noche. La tenue luz del quinqué apenas dejaba ver las siluetas de los muebles y demás objetos de la sala. ¡Qué patético! Todas las casas,  excepto la nuestra,  tenían electricidad, aunque a decir verdad, no entiendo el motivo por el cual la instalación de los postes de luz fue interrumpida cuando los ingenieros llegaron a los terrenos de la casona. ¡Ni hablar!

En una hora llegaría la troca con las maletas y los libros. Hasta entonces podríamos ocupar nuestras respectivas habitaciones. Mientras tanto, Félix y yo permanecimos en la sala.

Pronto, ella llamó mi atención.

Colocada justo en el lugar de la mesa de centro permanecía intacta. Todos los muebles estaban cubiertos, menos ella. Tal vez por eso atrajo mi mirada. Sin embargo,  encerraba cierto misticismo,  algo en ella era inquietante.

Le pedí a Félix que aguardara. El parecía absorto en otros asuntos y no escuchó cuando le hablé. Me puse de pie y me dirigí hacía ella. Ni una huella del tiempo, ni polvo, nada. La examiné y se veía resistente aún. Pensé que alguien la pudo haber utilizado para colocar alguno de los focos del candelabro, pero recordé que jamás hubo luz aquí.

Probablemente el agente de bienes raíces la trajo para entrevistarse con alguno de los interesados en la compra de la casa y olvidó ponerla en  su lugar. ¡Sí, eso debió haber sido!.

La tomé por el respaldo. Su color oscuro me atraía sobremanera. Estaba fría, fría como el negro metal que la sostenía. Súbitamente, un calor abrasante me obligó a soltarla. Volví a tomarla extrañada pero se sentía fría. Estaba nerviosa, seguramente era por eso. Leí en una revista que en estados de tensión suelen confundirse las sensaciones de frío o calor o bien, dichos cambios de temperatura se vuelven recurrentes, pero son momentáneos.

La conduje al comedor y levanté las sábanas de todos los muebles. La vitrina era rústica, de madera, al  igual que la mesa, y las siete sillas que rodeaban su contorno rectangular eran también de madera.

Intenté guardar la calma. Dejé la silla cerca de la estufa y corrí por el quinqué a la  sala. Félix se mantenía inmutable, como autista, quizás por la desvelada de ayer, así que lo dejé en paz. Revisé todas las habitaciones y nada. Subí al desván y busqué en cada rincón. Nada. Bajé al sótano, aún me mantenía ecuánime, aunque ya rayaba en la línea de la histeria. No había indicios de la octava silla de la mesa, ni tampoco del lugar que debió ocupar la silla que estaba en el centro de la sala.

Me intrigó el asunto ya que esta mañana, cuando venimos por las llaves de la casa, las ocho sillas estaban en su lugar.

Regresé a la cocina. Ahí podría meditar mejor que en el frío y polvoriento sótano. Prepararía un poco de té caliente y comería algunas galletas mientras trataba de aplicar mi razón para entender qué había pasado con la octava silla.

Mi sorpresa se volvió terror cuando entré. La  silla  que había dejado junto a la  estufa ya no estaba allí.

Corrí hacia la sala. Félix observaba la silla ensimismado, como enajenado por un éxtasis innegable. La  silla se encontraba en la misma posición que mantenía antes de que la moviera.

Me molesté y le reclamé a Félix por su broma de mal gusto.

Félix no respondió.

¡Bah, pamplinas!, dije en tono colérico. Me acerqué a la silla y regresé a la cocina con ella. El mismo calor abrasante me impulso a soltarla. Esta vez fue más intenso y me quemó los dedos. Lancé un grito de dolor (más para descargar la tensión, que por el dolor en sí), pero la tomé de inmediato  y la coloqué en el lugar que correspondía a la octava silla,  aunque el estilo era distinto al de las demás. Puse en el asiento una hornilla de metal, un metate, la licuadora y el cajón de los cubiertos.

¡De aquí no te mueves maldita!.

Regresé a la sala por el quinqué que había dejado junto a Félix. Cuando me acerqué me atrajo hacia él del brazo y con una voz pausada y lejana, como  de ultratumba, me dijo dominante: voltea.

Un ruido estrepitoso, sacudió mis oídos. Parecía como si varios objetos pesados se hubieran estrellado contra el piso al mismo tiempo.

La silla estaba de nuevo ahí, en medio de la sala, en la  misma posición que cuando arribamos a la casa. Félix soltó una sonora carcajada.

No pude gritar.  Me senté en ella y ahí quedé pasmada, lívida, muerta, igual que Félix.

 

 

 

 

Texto escrito en diciembre de 2002

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