EL SUICIDADOR Y EL SUICIDANTE

Sus ojos hundidos eran la evidencia de su insomnio crónico. Llevaba semanas sin un descanso real. Pasaba horas divagando, sin “pegar un ojo”. Sólo cuando consideraba necesario dormir, es decir, cuando la mañana dibujaba los primeros rayos de luz, y el cansancio era tal que no podía hacer nada más, se recostaba en la cama y lograba conciliar un sueño tan frágil, que cualquier sonido, por delicado que pudiera parecer, era suficiente para despertarle. Después era imposible que volviera a quedarse dormido, hasta la madrugada del día siguiente. En ocasiones, apenas habían transcurrido diez minutos en brazos de Morfeo, cuando se sobresaltaba con el “gorgoteo” del agua que resonaba en las tuberías con cada descarga en el baño de cualquiera de los apartamentos vecinos.

Irremediablemente, aquella situación lo tenía física y mentalmente agobiado, se diría que era una piltrafa humana, si es que un calificativo así de extremo sirve para describir la vida tan infeliz que provoca la falta de un sueño pla-cen-te-ro.

Los primeros meses su vida social fue conducida por un abismo sin fondo, porque todo el tiempo estaba irascible o de lo contrario, angustiado, distraído, ensimismado o sumamente acelerado por el exceso de café y otras bebidas estimulantes a las que recurría constantemente para no ser vencido por el sueño fuera de tiempo.

¿Fuera de tiempo? Sí, porque para él dormir era un pérdida de tiempo y nunca lo consideraba una prioridad, mucho menos si estaba trabajando. Obedecía a esa necesidad vital hasta percatarse de que la noche se agotaba, mientras el cansancio lo agotaba a él. Su vida sexual, sobra decirlo, era prácticamente nula, porque le parecía insoportable tener contacto físíco con alguien para quien los orgasmos parecían un somnífero, cuando a él le representaban insomnio el resto de la noche. Ni el sexo, ni las drogas fueron tomadas nunca como una alternativa para algo que debía tener un remedio más sencillo.

Exactamente lo que hacía su vida tan infeliz era el hecho de que el dormir fuera una necesidad vital a la que él odiaba recurrir. Se debatía entonces entre la vida y la muerte.

¡La muerte, sí la muerte, eso es! Se quitaría la vida, así el descanso dejaría de ser un tormento en su vana existencia.

Pero…¿un suicidio? Era incapaz de suicidarse. Tal vez no tuviera aprecio por el sueño, pero sí que tenía principios y su moral le impedía cometer un acto tan cobarde como el de quitarse la vida. ¿Acaso Sartre no pensó en el suicidio entre el abanico de posibilidades de la existencia, cuando afirmó que los seres humanos estamos condenados a ser libres?

Estaba seguro de que no quería hacer daño a nadie, nisiquiera a sí mismo, pero también tenía la certeza de que no bastaba con ser un artista, si no podía tener un día de lucidez plena a causa del sueño. Así que la elección había sido tomada.

La idea del suicidio le hizo pasar noches en blanco, dicho sea de paso, aunque puede parecer redundante, no lo era. Estaba sacrificando sus minutos diarios de sueño para conseguir un sueño definitivo. Al final resultaba un acto noble, sin lugar a dudas.

No obstante, la solución a su problema de suicidio llegó durante la mañana, gracias a un anuncio clasificado que encontró en un diario local: JOVEN SIN ESCRÚPULOS OFRECE LABORES DE MERCENARIO.  DISCRECIÓN ABSOLUTA.

Pensó en redactar una especie de contrato para sentar las bases de su futuro suicidio, pero si lo que deseaba era no involucrar a nadie, y aparentar que él se había quitado la vida, no debía haber pruebas de ninguna índole. Así que desistió de ese primer impulso y llamó al número de contacto. Le hubiera gustado que el anuncio dijera: AGENCIA DE SUICIDADORES. EUTANASIAS IMPECABLES. Un anuncio así sonaba más amable.

Cesó sus divagaciones cuando una voz masculina respondió del otro lado del auricular.  Sin permitir cualquier tipo de presentación fue al grano y acordó una cita con el susodicho mercenario. Quedaron de verse esa misma tarde en su domicilio.

-¿Perdone, y por quién pregunto?

-Por nadie no será necesario

Colgaron.

El salón era un espacio lúgubre. Había un ventanal enorme que ocupaba el lugar del muro que daba al exterior. Por allí debía entrar suficiente luz durante la mañana. Sin embargo, las persianas de madera permanecían cerradas todo el tiempo. En algun momento, el ahora suicidante creyó que disminuyendo la filtración de luz su sueño se prolongaría más. También en eso se equivocó.  El resto del apartamento era un desorden: libros, revistas y periódicos dispersos por todos lados, ropa, calcetines, chaquetas, bufandas, todo ocupaba un sitio que no parecía el suyo.

El suicidante abrió la puerta cuando escuchó el timbre. No podía ser nadie más que el mercenario. Hacía tiempo que nadie lo visitaba.

-Buenas tardes, ¿es usted….?

-Pase no le esperaba tan pronto.

-Usted dirá, a quién hay qué matar- espetó con la desfachatez que debe de tener un mercenario versado en aniquilar vidas.

-A mí

-¡¿Cómo ha dicho?!

-¡Quiere trabajo no, pues ya lo tiene,  debe matarme sin que parezca un homicidio, lo oye, debe parecer que me suicidé!

-Sí, lo he escuchado, pero el anuncio lo dice claramente, soy un MER-CE-NA-RIO. Y los mercenarios asesinamos gente, “no la suicidamos”, si es que existe esa palabra.

-Desde hoy existe. Finalmente, la acción es la misma. Tiene usted que matar a alguien, pero sin intermediarios ¿me entiende ahora?- la réplica sonó tan ecuánime que hasta se sorprendió a sí mismo. –Dicho de otra manera, será un suicidador por encargo.

El suicidador aceptó el trato algo contrariado. Iniciarse como suicidador debía quitarle un peso de encima, puesto que lo eximía de la responsabilidad de un nuevo asesinato, pero éste encargo le provocó una angustiante inquietud. No era la primera vez que le pedían matar a alguien sin que pareciera un homicidio. En teoría era un trabajo simple, ordinario. Pero jamás la persona que debía matar había sido la misma que le pedía que le matara.

Tenía que asumir un cambio de rol que no terminaba de comprender y sintió miedo, como no lo había sentido desde hacía tiempo.

Como homicida, un mercenario es el sujeto y la víctima es el objeto. Pero como suicidador, asumiría el lugar del suicidante, él sería no sólo sujeto, sino también objeto. Pasaría también a ser el suicidante en un plano teórico.

Cualquiera que hubiera visto al mercenario en cuestión hacer su trabajo, pensaría que como asesino era casi una persona respetable, con gran vocación para matar. Por esa razón era una muestra de profesionalismo asumirse como suicidante para cumplir al pie de la letra las instrucciones de su contratante. Estaba obligado a pensar incluso en su suicidio para, llegado el momento, evitarle el menor sufrimiento a su cliente –porque a él no le gustaría sufrir si se suicidara- así el resultado sería todo un éxito, contrario a las estadísticas que sostienen que la mayoría de los intentos de suicidio terminan en eso, en un intento. En este punto sintió escalofrío.

Para llevar a cabo su trabajo tenía que estar informado de los motivos de su cliente para querer quitarse la vida, pero el método para su muerte (tendría preparadas varias alternativas) sería elegido en el último momento, como suele ocurrir cuando alguien quiere suicidarse. De cualquier manera, desde que vio al suicidante, intuyó que algo horrible debía pasarle porque su aspecto era deprimente. Cuando supo que no podía dormir, hasta sintió compasión por él.

A su vez, el suicidante, sólo podría saber el día y la hora en que hipotéticamente él (no él, el suicidador) había elegido su muerte.

Concluyeron que el suicidador no requería demasiado tiempo para elegir la estrategia, así que la cita quedó fijada para la tarde del día siguiente.

Antes de despedirse, el suicidante delegó también en su suicidador el nerviosismo por la decisión infame que había tomado. Se sentía demasiado cansado para tener miedo.

Una vez sólo en el apartamento, notó que sus piernas ya no le respondían y por momentos parecía que se quedaría dormido. Estaba rendido, y sin percatarse, cayó en el más reconfortante de todos los sueños, como hacía muchas semanas no lo había tenido.

El suicidador en tanto no podía contener la inquietud. Le dio vueltas a las técnicas de homicidio, pero ninguna le convenció para emplearla en su propia muerte, es decir, la muerte de su cliente. Al final, llevar a cabo un plan le tomaría más de un día, pero no podía renunciar a su tarea. Nunca lo había hecho y ésta no sería una excepción. Sin embargo, por más que lo intentó no pudo llegar a tiempo a su cita.

Cuando el suicidante entró en el apartamento –como mercenario tenía sus artimañas para escabullirse en las viviendas sigilosamente- encontró a su cliente tendido boca abajo en el sofá.

El temor invadió al mercenario, quien se sorprendió nuevamente de experimentar ese tipo de sensaciones que no eran normales en alguien que actuaba constantemente con sangre fría. Había elegido volarle la tapa de los sesos como la mejor opción, y estaba a punto de disparar su revólver, cuando un impulso fuerte impidió que presionara el gatillo. Nada de eso estaba previsto en el acuerdo.

¿Y si su cliente se había cansado de esperarle, y en su desesperación o incluso en un lapsus de ira se suicidó sin más, maldiciendo al suicidador por ser un cobarde? Peor aún, ¿y si simple y llanamente estaba dormido? No podía saberlo porque estando boca abajo el aliento era imperceptible. Desistió de acercarse demasiado para no inmutar su sueño, en caso de que estuviera dormido. De ser así no podría matarle porque su deseo suicida estaba motivado por su insomnio, por lo que sería un acto cruel e inhumano despertarle para discutir el imprevisto. Pero en su trabajo, un trato, es un trato. Su reputación estaba en juego. ¿Qué debía hacer entonces, rematarle, matarle o dejarle dormir?

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