MI PADRE MATRIA. NOTAS DE MI PASO POR MÉXICO

No es una queja, sino un retoque de la nostalgia, por más que intento esbozar alguna diferencia. Hay lugares donde el tiempo transcurre lento, o como diría Saramago, “el presente parece un presente futuro”. Al fin y al cabo, presente. Todo empieza desde la habitación. Los murmullos matinales que me estremecen al despertar, son los mismos desde hace 15 años. El quiquiriqueo puntual del gallo a las 6 en cuanto asoman los primeros rayos de sol. Los niños que antes recibían las regañinas y reclamos, son ahora padres calcando los moldes de educación a la que fueron sometidos: ¡deja eso! ¡haz aquello! ¡no lo toques! ¡tráeme esto! Y siempre la misma cantaleta. El mismo sonido del agua de las pilas y las jícaras recogiendo el agua. El ruido de los lavaderos cuando chapotea la ropa húmeda que se restriega en la piedra. Los tordos y las golondrinas trinando toda la mañana. Las campanadas de la iglesia que tañen desde la madrugada. El vocero en bicicleta lucrando con el morbo de la gente cuando vocifera la nota roja del barrio. Y otra vez, el canto de los pájaros. La ruta Arboledas-Juárez que cubren los mismos microbuses destartalados.

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Voy en el autobús sobre la autopista a Morelia y me invade el sueño. Cuando despierto me recibe el atardecer con esos nimbos pequeñitos coloreados de naranja, desde que dejé México no veía unos así, ¿será que también son endémicos?

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Los aromas, las noches, son las mismas. El olor del chile en polvo al contacto con el limón en la fruta, pero en particular en las papas cocidas. Insisto, no hay aroma que lo iguale. El olor a carnitas, a garbanzos verdes asados, a atole de grano, a buñuelos enmielados y a pan recién horneado. Resulta imposible resistirse a tantas tentaciones. Por las noches, gracias a que la incandescencia de la luz artificial de las calles es mínima (en otras circunstancias racionada), el firmamento cumple con el gratificante papel de guía seductor. Todas éstas son imágenes que alguien que creció embelesada por ellas, no puede olvidar aún cuando siga intentando esbozar alguna diferencia frente al retoque impuesto por la nostalgia.

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Alguien dijo que la Patria es la infancia, pero pensar en esa etapa me remite inevitablemente a mi madre. ¿Entonces por qué en lugar de Patria, no la llamamos Matria? Seguramente no soy la primer persona que se lo pregunta. Entonces hablaré de mi Padre Matria para no excluir a nadie.

Dejando de lado el inesperado, absurdo e insalvable mundo de las convenciones, añoro la matria y su gente. Me remito nuevamente a sus aromas, sus colores, sus sonidos, como ese grillo y su larga descendencia que me han arrullado durante largas noches, o mantenido insomne otras tantas, con su canto.

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