LA NOTICIA

-¡Shhhhhut! ¿Escuchas?

Con esta son ya diez las veces que he cambiado de estación en los últimos cinco minutos, y por fin. Sabía que en alguna sintonía lo anunciarían. Debió ser algo muy relevante, sin duda, porque a mayor secretismo, resulta más impactante el hecho cuando se da a conocer.

Ese día, la tranquilidad que inspiró nuestro paseo matinal, se turbó. Para ese momento, era evidente que la mayoría, si no es que todos, sabían ya los detalles de lo sucedido. Podía adivinarse cuál sería el tema de conversación de la semana, aunque claro, con las reservas que exigía el asunto, incluso entre los más afectos a mantenerse  indiferentes respecto a cualquier alteración de la cotidianeidad.

-Sí, ya lo escuché, pero eso ocurrió en Santa Fe, acaban de decirlo.

-¡Qué tal si lo relacionan y en seguida hablan de lo de hoy!

Lo de hoy. Había pasado una hora desde entonces. Tan pronto enviamos las cartas, caminamos de vuelta a casa, impresionados aún por lo acontecido esa mañana.

Le pedí a Julieta que intentara localizar la noticia por televisión. Estaba cerca el noticiario de la tarde, y seguramente lo publicarían en primera plana. La noticia pasó de largo. Era verdad que la pantalla chica lo es no por su tamaño, sino por las nimiedades que suele transmitir. Mientras tanto alternaba las frecuencias y me detuve en todas las estaciones radiofónicas no sé cuántas veces. Sólo me topaba con anuncios comerciales y ya empezaba a dudar. Suponía que lo hacían para mantener la tensión y no por las razones de siempre, pero en alguna se anticiparían a difundir la tan reservada situación.

Sin embargo, no fue así. No tuvimos éxito. Entonces comenzamos a ponderar las posibles consecuencias en caso de que el hecho fuera transmitido por los medios con tanta inmediatez. Quizás, por un exceso de profesionalidad, los reporteros habrían preferido investigar a fondo las causas y sobre todo los efectos del hecho, antes de hacerlo del dominio público. Tal vez había cabos sueltos y por ello no era conveniente alarmar a la población. Inclusive la noticia podría haber sido censurada por alguna empresa patrocinadora que pudiera estar directa o indirectamente involucrada, y quizás a ningún medio de comunicación le hubiera convenido perder su valiosa aportación. De cualquier modo, siempre hay algún programa, alguna publicación, alguna emisión radiofónica, que nunca duda en poner por encima de todo nuestro derecho a estar informados. Peor sería, si esta ignorancia disimulada acerca de lo ocurrido obedecía a que los implicados pertenecían a las más altas esferas del poder en el país, y jamás permitirían que su nombre y reputación fueran puestos en duda por un escándalo así, aunque por sí sola, la política ya es escandalosa, se tornaría un escándalo dentro de otro escándalo.

¿Y si los escandalosos eran los medios de comunicación? ¿Y si lo éramos más nosotros? Lo acontecido empezaba a provocarme cierta paranoia. De pronto, en un arranque inocente de ira, pasó por mi mente salir gritando y generar un rumor, de esta manera, sería necesario que los medios de comunicación, o bien hicieran las debidas aclaraciones, o de lo contrario, complementaran o reafirmaran la información. En mi condición de testigo, me ofrecería como fuente de primera mano y después, lo que todos sabemos: que si las entrevistas, que si las fotografías, que si la historia de la semana, que si las llamadas por teléfono, que si el enlace en directo, que si esto, que si lo otro. Pero a quién le importaba eso ahora, lo realmente importante era despejar cualquier duda, de que aquello que vimos, en verdad había sucedido. Seguiríamos cazando la noticia.

Nos convencimos de que lo mejor sería aguardar hasta el día siguiente para leer los encabezados de la prensa. No es nada nuevo el hecho de que los diarios suelen ser los medios de comunicación que contienen la información mejor examinada y valorada.

Con tanta ansiedad encima, finalmente nos fue posible conciliar el sueño. Jamás algo que es importante se ha ocultado durante tanto tiempo, y más si puede afectar a la población, por eso hurgamos entre los resquicios de nuestra confianza para intentar dormir.

Por la mañana nuestro primer cometido fue salir a comprar los tres principales diarios. Julieta se encargaría de ello, mientras yo me dirigiría a la biblioteca para hojear el resto de los periódicos y si era necesario, rastrear la información en Internet.

Me inquietó pensar que todo esto era una broma de mal gusto, entonces nosotros éramos unos ingenuos. Existía la posibilidad de que hubiera cámaras de video en algún rincón de la zona rodando algún cortometraje o una escena para alguna película, y por eso lo vimos tan real, y si no había gente en la calle, era porque un equipo de producción así lo había previsto para trabajar libres de mirada de los curiosos.

No pude contener la risa, aunque por otra parte, sentí cierto nerviosismo solo de pensar en esa maquiavélica posibilidad. Tan maquiavélica, que no les importó que un par de testigos circunstanciales estuvieran con el alma en un hilo después de presenciar lo sucedido, si es que había sucedido.

Pasé casi tres horas en la biblioteca y volví con más incertidumbre. Si nadie quería ocuparse del asunto, sería porque no era tan relevante en un lugar en el que escasean las cosas relevantes.

¿Y si volvíamos al lugar de los hechos? Sentí de pronto cómo se aceleraba el ritmo cardiaco, en una mezcla entre la tensión, la ira y la desesperación. Por lo menos los vecinos debieron enterarse de algo, pese al sigilo y la cautela tras lo ocurrido. De lo contrario, buscaríamos huellas, indicios, alguna prueba tenía que haber. Así había comenzado la carrera de los grandes investigadores, como Sherlock Holmes o el Agente Continental de Hammet. Se trataba de poner en práctica la famosa duda metódica. La duda como principio del conocimiento nos llevaría a dilucidar la cada vez más incómoda situación de no saber qué había detrás de la noticia, que lo era sólo para nosotros.

El problema que nos ocupaba ahora era decidir cómo plantear la cuestión a los vecinos sin alarmarlos. Necesitábamos ser tan sutiles, que incluso si sospechaban que había algo extraño o que su seguridad estaba en riesgo, no se inquietaran, ni nos negaran la información. Tampoco debíamos crear falsas expectativas, mucho menos anticiparnos a las consecuencias, sin estar seguros de lo que realmente había ocurrido.

Buscamos primero a las personas que trabajan a esas horas, visitamos los negocios próximos al lugar del hecho, pero todos contestaban que no, cuando les preguntábamos si había ocurrido algo fuera de lo normal el día anterior o simplemente si algún rumor llegó hasta sus oídos en voz de los vecinos, sobre algún acontecimiento en particular. Pronto nos convencimos de que debíamos cambiar la pregunta así que nos dirigimos a un café de la zona para replantearnos la estrategia. Tan pronto nos vino una idea a la mente, nos pusimos otra vez en marcha. Le pediríamos a la gente de los demás establecimientos que nos describieran su rutina de todos los días. Eran de esperarse las respuestas largas, pero hubo quien aprovechó para quejarse de las vicisitudes de su existencia, para contarnos sus pesares o simplemente para recordar con nosotros desde las más grotescas e insípidas hasta las más pícaras e inverosímiles anécdotas, entre ellos una anciana, quien ya rebasaba los setenta años, nos contó una tras otra vez la misma historia de cómo había cruzado la frontera con su joven amante cuando solo tenía dieciocho años. Era lo único que recordaba con tanta fidelidad, porque el pasado inmediato, como el hecho de que la esperaban en el auto para ir al médico, se borraba de facto. Conforme íbamos hablando con la gente nos percatamos de que, si lo ocurrido hubiera sido de tal magnitud como lo imaginamos, todo mundo ya debía estar enterado, esas cosas no pasan desapercibidas así como así.

El peso de la ignorancia a un día y medio de algo que para nosotros había ocurrido nos estaba convenciendo de lo contrario. En cuestiones así la realidad no es relativa como dicen los filósofos de hoy. Algo pasa o no pasa. Lo peor es que cuando no lo decían los medios de comunicación estábamos en el segundo de los casos. Si no es noticia no ocurre.

Por tanto nos quedaba una última opción. Escribirlo y difundirlo con la reserva de que no teníamos autoridad para ser tomados en cuenta. Narramos todo cronológicamente, sin perder detalle, describimos el ambiente, mencionamos la hora y el sitio precisos. Todo estaba especificado al pie de la letra, sin lugar a mal interpretaciones. Firmamos nuestra reseña cronológica, y anotamos nuestros datos de contacto.

Al día siguiente la noticia salió publicada en los principales medios de comunicación, firmada por los reporteros, como si el origen de la información fuera de primera mano. Algunos reforzaron los datos con algunas entrevistas con las autoridades y hasta incluyeron entrevistas con los vecinos. Los mismos que habíamos entrevistado un día antes.

Nada de eso importó demasiado, porque la desazón desapareció cuando sentimos que estábamos enterados de la noticia.

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