ACABO DE SECUESTRAR AL AUTOR DE ESTAS LÍNEAS

Acabo de secuestrar al escritor de estas líneas. No será sino más adelante cuando informe sobre los motivos de su desaparición. Espero que sus asiduos lectores estén leyendo este texto, puesto que el espacio es suyo aún, por lo menos en un gesto de fidelidad hasta en los malos momentos. Lo mismo va para los curiosos. Pero no pienso hablarles de las bondades o maldades de su escritura. Para ser franco, no las conozco. De antemano ofrezco una excusa por comenzar a dialogar con ustedes en este espacio ajeno con un tono alarmista. Si lo pensamos detenidamente, las noticias sobre un secuestro históricamente han sentado mejor cuando se transmiten por escrito. Así tenemos el memorable relato de García Márquez Noticia de un secuestro. No pediré ninguna recompensa a cambio de su integridad física e intelectual, porque no me corresponde negociar su rescate. Que las gestiones las hagan quienes aprecian la calidad de su escritura. Lo que sí me corresponde es reivindicar mi causa. O mejor dicho, la causa del secuestro. Es tiempo de decir algo importante.
Además de tener el poder de la palabra, tengo el poder de convencimiento para llegar directo al intelecto de los lectores. Sólo por eso es importante. Sin armas no hay guerra señoras y señores. Éstas son mis armas. Aquí empieza la guerra. Sí, la rebelión de las masas contra su ceguera casi absoluta, casi impuesta, casi merecida. Intentemos no acomodarnos al término “guerra”, como ocurre en los últimos tiempos. Habituarse a ciertos contextos, a ciertas frases y ciertas sintaxis, es nocivo siempre. Produce efectos secundarios tales como la normalización de la violencia, del miedo, de la indiferencia y hasta de la apatía. El lenguaje se llena de ámpulas infecciosas que se denominan vulgarmente clichés. Así que antes de cualquier “desinterpretación” de la realidad, dimensionemos esta guerra abierta desde el comienzo de la página. En una guerra hay muertos, hay sangre, hay víctimas inocentes, hay pobreza, hay vencidos y vencedores, especialmente, hay negocio, y más sangre. Pero la guerra es más que eso. Genera temor, y una vez sembrado el terror entre los invadidos, los que invaden obtienen el poder de dominación. El fin único de tan deleznable tarea. Una vez conquistado el tablero de juego, da lo mismo que se pierdan algunas piezas, sobre todo las que no son últiles. Yo he profanado este espacio, lo he dicho ya , con alevosía y ventaja, más lo segundo, que lo primero, lo saben. Pero esta conquista no se erige en pretensión de la destrucción, sino de la construcción de ideas, de la colección y recolección de hechos cotidianos, de la interpretación del entorno, de la recuperación de la memoria. Quien no conoce no tiene opinión. Y conocer es no acomodarse a lo que ocurre. Alguien decía que si apareciecen los hechos surrealistas en los telediarios parecerían normales. Y los que no aparecen, simplemente ¿no existen? Tenemos una geografía llena de hechos surrealistas, sin escalas, ni ranking para calificar prioridades. Desde los territorios más inestables, hasta los que hipócrita y rigurosamente disimulan sus responsabilidades. Reivindico entonces ésta mi guerra contra la guerra y contra el miedo.

¿¿¿¿Quién colabora?????

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