LA ESPERA DE LAS HORAS (o mientras las horas duermen, yo espero)

La denodada lucha entre el tiempo o lo que alguna vez los seres humanos intentaron concebir como la medida del los instantes, de las acciones o de las respiraciones pausadas y aceleradas, y la espera, mi espera, llegaron a un punto álgido, que aún no deviene en la calma. Eso es intolerable, más aún cuando las horas prefieren dormir, mientras yo relevo a ese tiempo que, aletargado, ronda en mi espacio retrasando la llegada de los acontecimientos más ansiados, denominados ilusiones en el lenguaje cándido de los románticos como yo.

   En los días comunes, el simple sonido de su voz alertaba mis sentidos y conmovían toda mi estructura nerviosa. En seguida mis mecanismos de defensa se activaban hasta el momento en que aquel seductor empedernido se dirigiera a mi y comenzara a rozarme con su dulce tacto el cabello, el cuello, las manos o la espalda, siguiendo con el ritual zángano que doblegaba (lamento decirlo) continuamente, mi soberbia empedernida.

   Las horas en su moderado asueto dejaron de transcurrir y con ellas, los minutos y los segundos fragmentados en milésimas. Los instantes, sin nada que los hiciera mesurables más que mi espera desairada (por él), pasaban de largo, vacíos, aparentemente sobrios, mudos de hastío.

   Pretendí responder a la cuestión de a dónde iban las horas cuando el tiempo descansaba, y mi respuesta fue tan inexistente como la que intentó responder a la incógnita de “qué dice el viento cuando no sopla, o a quién miran las estrellas durante el día”.

   Hubiera creído que las horas murieron, pues su descanso momentáneo pareció eterno, y comencé a percibir las notas del réquiem por esos acontecimientos mal logrados, jamás llegados, perdidos en el espacio, igual que él.

   Si como dice Borges, pensar, analizar e inventar son los signos de la normal respiración de la inteligencia, la mía sufría de asma, pues ahora, precisamente cuando el tiempo descansaba, era cuando menos ganas tenía de pensar, mucho menos de analizar e inventar.

   ¿Inventar? Dicen que el amor se inventa. Luego entonces, mucho menos tendría deseos de inventar el amor. Prefería utilizar el que ya existía en mi concepción utópica de todos los sentimientos. El amor, mi dios.

    Además, no creo que el amor sea un invento, porque el invento de un invento ya inventado es, mejor dicho, un reinvento, es así que cada ser humano reinventa el amor del primero que dijo haberlo inventado, por lo tanto esta hipótesis es rotundamente falsa.

    Lo que quieren decir quienes piensan al amor como un invento es que cada quien tiene su concepto del amor, pero todos los conceptos tienen a fin de cuentas, un mismo punto de referencia. Cada quien sabe cuál es, pero no es asunto acucioso en estos momentos de espera afligida.

    El réquiem terminó. Al día siguiente las primeras planas de todos los diarios citaban la noticia: “hombre ocioso mata el tiempo”.

    ¡¿Entonces murió?! –exclamé con zozobra- ¡Y yo que creía que las horas dormían! No había lugar a dudas, aquello había sido un homicidio, alguien había matado el tiempo, había dejado sin padre a las horas y a los minutos y a los segundos. El crimen perfecto debía ser castigado. ¡También el asesinato del tiempo era un delito!, pero pareciera no importare a nadie. Quizás sólo el mío había muerto, entonces el de los demás estaba vivo. Mi corazón comenzó a palpitar aceleradamente. Eso significaba que había matado mi propio tiempo. ¿O habría sido Él, que se había valido de mi espera y había envenenado al tiempo para retardar aún más su propia llegada?.

    Intenté escenificar el don de la ubicuidad del que aparentemente gozan los periodistas y trasladaba mi figura de la silla, a la cama, me mantenía de pie oscilando entre el baño, mi balcón, o me enfrentaba insistentemente con el espejo.

    En medio del vacío que había dejado en mi vida esa pérdida irreparable, la ansiedad reprimida por la espera comenzaba a quemarme la piel, y los nervios y la conciencia. De vez en cuando un sopor me acurrucaba frente al escritorio, mi cerebro se tambaleaba, y con él mis ideas y la espera que me pesaba todavía más.

    Después llegó ella.

    Jamás pensé que lo haría, pero hubiera preferido morir con el tiempo en lugar de agregar al martirio de la espera, la agonía que me inflingía la culpa. Si yo debía ser castigada por matar el tiempo, todos los seres que habían osado siquiera hacerlo, también merecían un castigo.

    Mi ruleteo por la habitación se volvía cada vez más insoportable como la levedad del ser. Pero ansiaba su presencia, incluso llegué a aplicar las técnicas psicológicas que establecían que la mente era tan poderosa que hacía posible la comunicación a distancia con otras mentes si se llegaba al punto justo de concentración.

    Aún así, él seguía ausente, lo único que lo regresaba a ratos del olvido era su imagen y las fantasías eróticas de mis sueños. Bastaba con cerrar los ojos para sentir sus manos en mis manos y sus labios en los míos. Aquella incertidumbre atormentaba ya mis sentidos. La culpa y la espera juntas estaban dispuestas a desquiciarme, no sé si lo habían logrado ya, por lo menos en un acto de engaño. Quizás si conseguía esa falsa ilusión, dejarían de hostigarme.

    Ahora, que ya no es ahora por razones obvias, la espera de las horas y mi prolongada espera se tornaron una sola, ya el tiempo desde el limbo reclama su ausencia en este espacio (yo también la reclamo), y le reprocho: ¡por qué hasta ahora me revelas que tú y él huyeron en el mismo viaje!

    La oscuridad ha penetrado toda la tierra, el silencio dirige su discurso a todas las cosas, las horas en orfandad duermen, y yo, aguardo la sentencia por mi crimen, e indago los límites de la eternidad donde encontraré tu presencia cautivadora, aunque sea por última vez. Desde entonces y hasta el día en que resucites con el tiempo, yo espero mientras las horas duermen.

Mayté

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