LENTITUD

La meta era la línea de salida. Curioso. Todo pasaba como si nada pasara. Más curioso todavía. Mi escasa altura me impedía tener una perspectiva más amplia y sin embargo, todo era gris. La arena era gris y mi incipiente andar me movía al ritmo del planeta. Abrí los ojos y miré la lejanía, volvía la mirada y continuaba en el mismo lugar. Por mi mente transcurrían las imágenes de mi vida, como en un cinematógrafo. Buscaba a alguien, pero a la vez me sentía sola y me agradó la soledad. Los pasos trémulos se barrían sobre la arena y el horizonte era cada vez mayor, más gris, más horizonte. Intenté imaginar mi rostro, pero sólo percibía una silueta, menuda, inquieta, inmóvil. El tiempo se volvió mito, eso era, eso fue y ahora es nada, porque nada se mueve, ni yo. Cada paso era un latido, el único signo de vida que accionaba mi cuerpo. Las imágenes eran recurrentes, pero se esfumaban dejando al descubierto la silueta, aquella figura de niña que vigilaba mi recorrido. En esta inercia, la memoria arrojó unas frases. Creí encarnar el “lento amargo animal” de Sabines y recordé mi vida, y recobré mis pasos y volví la mirada para observar que seguía ahí, con la silueta a mi lado.

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