EL RÉGIMEN QUE SE FUGÓ CON BEN ALÍ

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A Martha  Sánchez de Zgolli, un ángel del camino

Viajé a Túnez con el objetivo de hacer un reportaje tras cumplirse un año del estallido de la denominada “Revolución de los Jazmines”, parteaguas de la ola de “revueltas en el mundo árabe” que fue la manera como los medios occidentales difundieron el movimiento social extendido en el Magreb y el resto de países que permanecen bajo el yugo de regímenes totalitarios como Yemen o Siria. El espontáneo brote de las manifestaciones convocadas a través de las redes sociales en la web, la sorpresiva huida del dictador Zine El Abidine Ben Alí y su “clan” hacia Arabia Saudí con buena parte de la fortuna amasada a espaldas de los tunecinos, el retorno político de los exiliados del régimen, y el esfuerzo acuciante de la recién conformada Asamblea Constituyente por instaurar un gobierno con parámetros básicamente europeos, fueron motivos suficientes para solicitar un visado y emprender el viaje al país de los jazmines. Mi compañero de viaje fue un libro del anarquista Peter Gelderloos titulado How nonviolence protects the State (Cómo la no violencia protege al Estado). El texto llegó a mis manos justo en el momento en que revisaba la relación de las protestas en el mundo árabe con la traducción y difusión de otro texto titulado Los 50 puntos de la lucha no violenta, de Gene Sharp, que según algunos autores habría influenciado anteriores movimientos en contra de regímenes no afines a los intereses europeos o estadounidenses. En mi cabeza no dejaban de dar vuelta ambos textos completamente antagónicos y lógicos a la vez, en tanto que se reforzaba la idea de que necesariamente debía existir algún fundamento ideológico detrás de estas fortuitas manifestaciones sociales en ámbitos escasamente democráticos. “¿Y qué vas a hacer en Túnez con las cosas como están?” -hay quienes piensan que el mundo árabe es un continente en el que siempre hay conflictos-, “¿y en qué idioma te vas a comunicar?”, “¿qué va a hacer una mexicana en un lugar así?”, “¿sabes que en esos lugares secuestran a los turistas?”, “no es bueno que una mujer viaje sola a esos lugares, deberías tener mucho cuidado ¿no te da miedo?” fueron algunas de las interpelaciones antes del viaje. Afortunadamente la mayoría, fueron buenos deseos acompañados por una dosis de curiosidad por lo que pudiera contar a mi retorno.

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La vista que se ofrece desde las alturas, dista mucho de lo que puede apreciar el viajero que arriba a Túnez desde el mar. Cartago, esta gran desconocida y cuna de la actual Túnez, a la que los historiadores romanos no ahorraron epítetos despectivos, se reveló como la primera potencia política y económica del Mediterráneo occidental durante más de cuatrocientos años, antes de convertirse en el gran rival de Roma. Cuenta Serge Lancel, director de la Misión Arqueológica Francesa en Cartago, cómo el navegante que se dirigía a Cartago habría divisado la isla Plana y más adelante la punta acerada de Ras-el-Djebel, antiguo promontorio Apollinis, antes de percibir, entre las aguas turbias, el estuario de Medjerda o Bagrada. Desde babor y en días claros, se habrán perfilado, sobre la superficie del agua, las siluetas de unos centinelas en la entrada del golfo, Zembra y Zembretta, las islas Aegimures. Más allá, la elevada y temible proa del cabo Bon cierra el horizonte por el este, luego desciende y vuelve a elevarse en las cercanías de Túnez con la doble protuberancia del Bou Kornine, que caracteriza a este paisaje, como lo haría el Vesubio en la bahía de Nápoles. Llegado a esta altura, el viajero vería desfilar a su derecha  el perfil de las colinas que forman el sitio de Cartago: el promontorio de Sidi-bou-Said y más adelante las escotaduras que conducen a Byrsa.  Recordará entonces que hace mucho tiempo, una reina llegada de Oriente, Elissa-Dido, cerró en este paraje un astuto trato con los indígenas; que bastante más tarde, un rey cruzado –Luis IX o San Luis- murió en este lugar y le dio su nombre durante algún tiempo; y que un cardenal primado de África de apellido Lavigerie, mucho más cercano a nosotros en el tiempo, construyó aquí una catedral cuyas cúpulas se yerguen todavía como un símbolo: tres momentos de significado desigual referidos a un destino excepcional, pues la Historia se encariña con aquellos lugares que un día eligió. Ésta fue a finales del siglo IX A.C., la ruta final de los inmigrantes fenicios que enfilaron sus naves procedentes del oeste, fundadores de una de las urbes más estratégicas de la antiguedad.

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Desde el arribo al aeropuerto de Túnez-Carthage se percibe la marca que el clan Ben Alí-Trabelsi ha dejado en todo el país. Una serie de contrastes que van desde las majestuosas construcciones, empresas, mansiones y residencias insertos en la modesta, casi precaria, arquitectura del resto del territorio. Me trasladé al centro de la ciudad como polisonte en un bus fletado para personal del aeropuerto al lado de una chica tunecina muy amable, quien me acompañó andando casi hasta la entrada de la Medina. Éste sería el segundo encuentro fortuito con la hospitalidad de los locales en mi condición de viajera no convencional. Mientras caminábamos observo cómo el estado policial permanece en las calles para contener cualquier brote de la reciente revolución. Las instancias públicas, sin excepción (en particular el Ministerio del Interior, símbolo de la represión del régimen de Ben Alí), fueron cercadas con alambre de púas, mientras que a lo largo de la avenida Bourguiba, principal arteria de la ciudad, se exhiben varios carros blindados con material de artillería. Aún así, la gente no parece rehusar la presencia militar, básicamente porque los tunecinos reconocen en el ejército a un garante de la revolución, por haber protegido a la sociedad civil tras la orden del gobierno de Ben Alí de abrir fuego contra los manifestantes, y que dejó un saldo que oscila desde los 80 muertos en cifras oficiales hasta casi 300 víctimas mortales, según cifras de Derechos Humanos. Durante mi estancia en la capital también confirmaría la presencia constante de la policía secreta haciendo vigilancia continua a lo largo de la avenida Bourguiba, otro legado del régimen de hierro de la era Ben Alí. Sin embargo, en una primera impresión, los tunecinos se muestran confiados tras el reciente proceso electoral: los que trabajan, los que estudian, y los que pasan largos ratos de ocio bebiendo té y fumando chicha en las cafeterías, donde ahora sí, las tertulias políticas están a la orden del día. Busqué alojamiento y desde allí contacté con Martha Sánchez, una mujer mexicana que vive en Túnez desde hace unos 30 años, quien recientemente recibió un reconocimiento diplomático por su labor de difusión de la cultura mexicana desde aquel país del Magreb. Ella me confió su experiencia durante este fugaz proceso de democratización que duró tan sólo 29 días.

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Dos mitos giran en torno a la fundación de Cártago, cuyo elemento común es la figura de Elissa- Dido “La Errante”, hermana del rey Pigmalión de Tiro, a quien se atribuye la institución de la ciudad. Las fuentes históricas suponen que para perpetuar la fundación de Cártago frente a las amenazas de los oriundos del territorio -en este caso los habitantes de tierras libias- Elissa se inmoló fingiendo una ceremonia de expiación para evitar desposarse con el rey Libio.  En el contexto fenicio, era lícito que el rey o la reina se autosacrificara en caso de crisis grave, tal como era perpetuar la fundación frente a la amenaza libia. El segundo rasgo del mito de fundación es la imagen de Byrsa, que significa piel de buey en griego. Se dice que los tirios -una sociedad de comerciantes y por tanto buenos negociadores- liderados por Elissa, compraron cuanta tierra podían abarcar con el lomo de un toro a los libios que habitaban allí. Según los relatos de Virgilio y Justino, citados por el arqueólogo Lancel, Elissa hizo cortar la piel del toro en tiras muy finas, abarcando unos cuatro kilómetros de perímetro, que fue el área del primer establecimiento. El gesto astuto de Elissa hizo la fuerza de Cártago, que los griegos de Sicilia y los romanos experimentarían después en carne propia. Cartago constituyó la única fundación fenicia que se adecua a los criterios de una ciudad. Los que acompañaron a Elissa, según la leyenda, fueron ciudadanos politai o senatores, es decir, un sector de la aristocracia tiria que dotaría a la futura ciudad de una estratificación social completa. También las ochenta vírgenes raptadas por Elissa para ejercer la prostitución sagrada al servicio de Venus, asegurarían el poblamiento de la nueva ciudad. De igual manera, Cartago se instaló en una posición geopolítica fuerte en la punta medianera del África mediterránea, una “tierra de misión” para la civilización artesanal y comercial de los semitas. Del encuentro entre éstos y las tribus libio-bereberes que habitaban la región, surgiría la civilización púnica. Desde aquí se perfilaría esta civilización como una sociedad que se mantendría en base a acuerdos y negociaciones.

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“A todos nos sorprendió la Revolución, primero los jóvenes salieron a la calle, sí había gente adulta, pero la mayoría eran estudiantes, después se unieron grupos de abogados y médicos”, explica Martha, desconcertada un poco, por la rapidez con que se sucedieron los acontecimientos, desde las primeras manifestaciones, hasta las elecciones de octubre pasado. Al gobierno de Ben Alí se “le volteó la tortilla” como decimos los mexicanos: las altas tasas de desempleo -que resbasaron el 20% entre los universitarios-, el aumento de la deuda pública contraída por el dictador, aunado al descarado enriquecimiento ilícito del clan Ben Alí-Trabelsi, como se conoció a la unión mafiosa del presidente y su públicamente repudiada esposa Leyla Trabelsi, condujeron los acontecimientos de una manera tan vertiginosa. A la pregunta expresa sobre el origen de la Revolución y el fundamento ideológico de los líderes de las manifestaciones, Martha Sánchez insistía en la generación espontánea del movimiento, aunque reconoció que algunos grupos sindicalistas estuvieron detrás de las principales manifestaciones, en específico la Unión General de Trabajadores de Túnez, en adelante UGTT. Lo más sorprendente fue la ruptura del cerco informativo que a decir de Martha era de las cosas más detestables del régimen de Ben Alí. “Si hablabas de política, te detenían, hasta el correo electrónico estaba vigilado, había mails que simplemente no llegaban al destinatario o llegaban con alguna propaganda del gobierno”. Martha insiste en que los tunecinos son un pueblo pacífico, por eso “la gente sabía que se tenían que llegar a esto de la mejor manera posible”, no como en Libia o en Siria. Como responsable de la biblioteca del Instituto Cervantes en Túnez, Martha testificó en carne propia esa libertad de expresión, cuando a los pocos días de la caída del régimen, las librerías comenzaron a exhibir textos que antes era impensable encontrar, en particular ensayos de crítica política de autores exiliados del régimen. Martha me muestra un par de ejemplares de libros editados inmediatamente después del fin de la revolución, que duró tan sólo 29 días: Dégage, un tomo que reúne imágenes y testimonios de periodistas, estudiantes, políticos y gente involucrada directa o indirectamente en este cambio radical. Y otro, escrito por el ahora presidente de la transición Moncef Marzouki titulado, Dictateurs en Sursis. Une voie démocratique pour le Monde Arabe (Dictadores que permanecen. Un democrática para el Mundo Árabe). Uno de los ejemplares más significativos, prohibidos durante el régimen  de Ben Alí se titula La regenta de Cártago (La Régente de Carthage), que describe los casos de corrupción y nepotismo protagonizados por ella y sus familiares directos e indirectos.

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