ECOS DE RISAS

Ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja….ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

El eco de la risa se propagó por toda la explanada. Aunque el sonido era extraño, se contagió a todos los transeúntes. Ahora todos se carcajeaban.

Sin embargo, tal como ocurre cuando parece que la naturaleza concede la perfección en los conjuntos, surge algo que desentona como ahora: un serecito, un serito, un ser de dimensiones diminutas pues, salía de la nevería con el semblante sereno.

Jamás había ocurrido semejante herejía. Toda persona que saliera de la nevería debía estar contenta.

Alguien reconoció que el serecito era uno de “los de abajo”, porque sólo ellos eran así.

… Y el eco continuaba: ja, ja, ja, ja, ja, ja, ja.

 

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Fue durante las Guerras Paralelas, cuando el ejército de los adustos se encargó de limpiar el territorio de cualquier incipiente engendro de la humanidad, me refiero a esos serecitos, seritos, a los que llamaban…(me reservaré mencionar el término porque mi dignidad y los principios morales me lo prohíben).

La historia las consignó como Guerras Paralelas, porque los ejércitos jamás se cruzaron, no hubo batallas sangrientas y mucho menos muertes, pues la superioridad del bando de los adustos era obvia. Lo único que tenían que hacer era lanzar imprecaciones y amenazas contra esos… serecitos y el miedo se encargaba de lo demás.

Al fin de las guerras, el resto de los habitantes se enfrentó a un pequeño gran inconveniente: su estado natural les impediría ser lo feliz que deberían ser ante la ausencia de su principal motivo de alegría. En un principio pensaron que la guerra había resultado contraproducente, pero idearon la mejor manera de resolver su problema.

Según los primeros documentos encontrados que fundamentan esta versión, fue así como la industria de las nieves de opio desarrolló el auge que conserva hasta nuestros días.

El primer sector del mercado atraído por tan exquisito manjar fue el de los artistas. Así justificaban la creación de obras tan excelsas como las del cubismo y el surrealismo, donde el color y el lienzo se conjugaban para dar lugar a lo esotérico, lo onírico, lo caótico.

De igual manera los músicos y los escritores dieron rienda suelta a la loca de la casa, la imaginación, y traspasaron las fronteras de la realidad bajo los influjos de la nieve, o de la droga de la nieve, o de la sustancia soporífera de la droga de la nieve, o de los químicos que componen la sustancia soporífera de la droga en la nieve.

Pero aquel día, el orden natural que había prevalecido hasta entonces, fue alterado de la manera más artera posible.

A nadie le había interesado el paradero de aquellas criaturas, dónde permanecían, cuáles eran sus medios de subsistencia, en dónde habitaban, o si habrían muerto. La presencia de aquel serecito confirmaba que ésta última hipótesis era falsa.

Aunque la mayoría no lo sospechaba, era obvio  que la amenaza era inminente, por lo que uno de los transeúntes, plenamente conciente de lo que hacía, tomó al extraño visitante del talle y lo introdujo dentro de una alcantarilla, mientras simulaba una sonora carcajada. Era de esperarse que los comentarios comenzaran a surgir.

La risa continuaba entre los presentes, pero ya no era una risa amena, sino de nerviosismo.

Por vez primera el morbo, una actitud inexistente entre la raza humana, apareció entre los interesados que se congregaron alrededor de la cloaca para observar hacia dónde se había ido el serito.

A menos que descendieran podrían saberlo porque la oscuridad era tal que impedía la visibilidad de algo que no fueran las paredes ennegrecidas del agujero.

La nevería cerró de inmediato sus puertas por alguna extraña razón. En las puertas fue colocada una fuerte dosis de droga para quien intentara abrirlas. Si la verdad era descubierta, el nacionalismo que impulsó las guerras paralelas habría sido vano, y se desataría una etapa bélica de guerras que ahora sí se cruzarían.

Era algo tan serio como lo que ocurre con un secreto periodístico, que no puede ser revelado porque atentaría contra la seguridad nacional.

El propietario de la nevería puso llave al cerrojo de la puerta que conduce a los congeladores. Después se dirigió al área de trituración del hielo y también cerró la puerta tras de sí. Descendió a una enorme bodega donde estaban colocadas las tinajas con el hielo semitriturado. Aquí, el hielo pasaba por un segundo proceso de trituración junto con el endulzante y la fruta, se agregaba el yogurt o la leche, y enseguida descendía al siguiente departamento, donde se almacenaba el producto a muy bajas temperaturas.

Ahí permanecían los serecitos con el sarcasmo en el semblante porque habían podido violar las normas de la clandestinidad y osado regresar al supramundo.

El serito  que fue descubierto en la vía pública atentando a las reglas de la alegría y enajenación de los adustos no  estaba entre los ahí presentes. El propietario de la nevería detuvo la producción y ordenó que lo buscaran.

Nadie obedeció, aquello era ni más ni menos que una rebelión abierta.

¿Qué había ocurrido?

Al momento en que las manos de los obreritos entraban en contacto con la droga, era como  si  entraran en el mismo mundo surrealista de los artistas, pero en ellos la sensación era de aletargamiento, sus movimientos mecánicos resultaban lo suficientemente efectivos para concluir el trabajo, no tan sucio, de hacer las nieves.

El obrerito que logró escabullirse esa mañana había descubierto el método de control de los adustos y se convenció de que su lugar no estaba en la fábrica de nieves, sino allá arriba, en el mundo real.

Los demás serecitos recibieron el cuerpo de su compañero  cuando fue arrojado por la alcantarilla. Una sensación que jamás habían experimentado los enardeció y decidieron abandonar la nevería todos juntos al día siguiente.

El propietario los amenazó  como  solían hacerlo los jefes militares en tiempos de las Paralelas, sin embargo tal actitud autoritaria sólo provocó las risotadas de los obreritos, lo cual no sucedía desde que se consumaron las guerras.

Y la risa se extendió por toda la explanada.

Los obreritos salieron a la luz pública, al mismo tiempo que las notas de los periódicos. Jamás alguien había tenido un contacto tan cercano con la muerte. Las tumbas en las  que vivían los adustos lucían impecables.

Lo único que los accionaba  era la droga y si la producción en la  nevería  se detenía, esas tumbas permanecerían intactas de por vida. Ahora, los serecitos eran quienes reían.

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