LA TENTACIÓN

No me pude resistir y caí en la tentación. Como Eva, igual. Sólo que sin publicidad. Dicen que la serpiente fue la primer publicista de la historia, por eso le hizo probar a la tal Eva el fruto prohibido convenciéndola de que su apariencia roja y brillante encerraba las delicias del poder. Yo no tuve a nadie que me convenciera. La incitación vino de mí, de mis ganas. Aunque debo admitir que en realidad, no me gustó tanto como supuestamente me tenía que gustar. Me desilusioné sobre todo porque era algo que ansiaba desde hace tiempo, pero no lo tenía a mi alcance, quiero decir, no es fácil tener acceso a aquello que se desea en el momento preciso en que se desea. Por ello, en cuanto tuve oportunidad me aproveché. Digo que me aproveché porque yo solita por iniciativa me abalancé como un depredador hacia su presa. Es cierto que no es algo que se pueda hacer a escondidas, como a mi me gusta. Tengo la manía de hacer cosas más raras a hurtadillas porque los testigos y los cómplices siempre apelan a los remordimientos. No tenía por qué sentirlos, no estaba haciendo nada anormal, ni nada perjudicial para nadie, pero nunca falta el que obra según los dictados de su moral (no así de la conciencia, que no es lo mismo). Estaba ansiosa, ni angustiada, ni temerosa, con esa ansiedad que se siente –seguramente cuando fuimos niños todos sentimos algo parecido antes de arribar a un destino esperado, o antes de recibir un regalo de cumpleaños, o de probar un nuevo sabor de helado- delante de la sorpresa. La autonomía en algunas ocasiones es buena, pero es habitual compartir esta experiencia con otra persona porque se disfruta mejor. Había tanta excitación en ambos –en mi acompañante y en mí- como si las tripas y el corazón hubieran multiplicado nuestro tamaño de tan hinchados. Es un decir, claro está. Y allí estábamos, esperando. Hice todo lo que me sugirieron que se tenía que hacer cuando estuviera en tal situación: abrí los brazos, cerré los ojos, grité como nunca había gritado, no sabía bien de dónde cogerme por que sentía que con tanto movimiento me iba a caer. Mi cuerpo se colapsó enterito, estaba muy tensa. Creo que ese tipo de emociones debe tener una duración justa, ni más, ni menos. Si falta tiempo, se corre el riesgo de sentirse frustrado; por el contrario, si sobra tiempo es posible que sobrevenga una terrible decepción. Quizás fue lo que pasó en esta ocasión. Si la fila para subir a la Montaña Rusa no hubiera sido tan larga, tal vez hubiéramos durado un poquito más y no me estaría lamentando por que mi primera vez fue un fracaso.

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