EL OFICIO DEL NO ARTE

María Esther Guzmán Mariscal/ LA VOZ DE MICHOACÁN 19/04/04

Los únicos que me visitan son ustedes. A diario, desde que el gran astro se levanta hasta que se oculta, permanecen en este suelo hurgando en mi interior buscando algo, no sé qué, entre la mezcla de olores fétidos que emanan de mis entrañas, el aire húmedo, sofocante a la vez, y el ardor de los rayos del sol al mediodía.

Hay quienes califican el trabajo que realizan como sucio, pero alguien tiene que hacerlo. Y eso de las oportunidades, y los changarros y las microempresas suena a burla. Nadie sabe de los intereses partidistas que se mueven en tu oficio y de los conflictos por ver quién se queda con los materiales que pueden ser vendidos.

El vaivén de los camiones recolectores irrumpe la tranquilidad del camino al rancho Joyitas, ubicado sobre la carretera que conduce a Quiroga. Una desviación hacia la zona conocida como “Cerritos” los guía a mí y ahí soy protagonista del éxodo de vehículos que llegan a depositar en mí todo tipo de desechos.

La fauna que me rodea no es cualquiera. Mis aires son surcados por parvadas de garzas que visitan mi mar de residuos, este mar que se eleva, ya no en olas, sino en montañas de basura. Existe otra especie que jamás me abandona: una incipiente población de figuras caninas que cohabitan entre las toneladas de desperdicios que me cubren.

Esta vereda de ensueño conduce hasta la clandestinidad que me guarda. Se extiende a lo lejos desde la carretera hasta una caseta de vigilancia, de ahí pasa frente a la bodega de acopio y se empina a lo largo de los montones de vidrio, papel, latas comprimidas en grandes cubos, y demás materiales reciclados como plásticos y madera.

Siguiendo por el camino, cuesta arriba, los olores agrios que despide la composta, olores a putrefacción viva, indican que lo que se observa no son sólo bolsas llenas de algo. Es suciedad, son desperdicios, es basura.

Un escenario digno de una parodia mexicana salta a la vista. La bandera de México ondea día y noche por encima de una casucha de lámina petrolizada, amurallada por depósitos de plástico reutilizable en forma de botellas, cubetas y hasta juguetes. Honor a quien honor merece dirían algunos.

Otras casas similares ondean en su cima banderolas para honrar a los clásicos del fútbol nacional. Estas peculiares chocitas se han convertido en su segundo hogar, donde comen y se resguardan de los rayos del sol o de la lluvia, que siempre les resulta más alevosa.

El camino desemboca en el desfiladero del que se desprenden arbustos de bolsas parásitas, miles de ellas, que cuentan los días de mi desaliñada existencia.Aguardan en ese punto las descargas continuas en espera de encontrar, entre la mole de desechos, materiales útiles para su venta. Y es entonces cuando ustedes los autodenominados “Unión de Pepenadores Tierra y Libertad” recurren a desentrañar el hedor de mis secretos. Lo único que me inquieta es esta duda: ¿cuál tierra y qué libertad pugnan? A diario presencio innumerables historias. Pero hoy me gustaría contar la suya.

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De los 150 miembros de la unión de pepenadores, Baltasar Hernández Sosa y dos compañeros se han apropiado de una zona al extremo del cuasi relleno santario. Con ellos trabaja en equipo.

La jornada de doce horas que dedican cada día a este oficio les retribuye en ocasiones nada, a veces hasta 100 pesos. Su queja constante es que los peones de los camiones que descargan la basura, ya no les dejan nada para la pepena.

Desde hace 5 años, Baltasar vive de la falta de cultura ambiental de los morelianos, pero sus amigos lo rebasan por mucho. Jorge Melgarejo de 46 años de edad y Aurelia Aguilar, de 32 años, cuentan que su trayectoria como pepenadores alcanza ya tres lustros, casi la mitad de sus vidas.

Sólo con el trabajo en conjunto logran completar la carga suficiente de materiales, que venden para la bodega de reciclaje a cargo de Eleuterio Cortés, a quien reconocen como “el jefe”, ubicada a la entrada de mis glamorosas instalaciones.

Entre tantos desechos reciclables, el plástico es el material más codiciado pues se vende a 40 centavos el kilo; el cartón tiene un precio de 35 centavos; el papel y el vidrio cuesta 20 centavos; y por último, el material más barato es la lámina, que se vende en 15 centavos el kilo. Todo ello se empaqueta y se almacena para la posterior reventa.

Antes de recurrir al oficio emergente de pepenador, Baltasar dedicaba sus horas de trabajo a cuidar vacas. Alguna vez soñó con ser médico, el único inconveniente es que sus estudios no rebasaron el cuarto de primaria. Lo mismo sucedió con Aurelia y Jorge. Ella quería ser enfermera; él jamás aspiró a algo fuera del campo.

En el tiempo que han dedicado a la cosecha de reciclables, ninguno de los tres dice haber encontrado algo de valor. Sólo a Baltasar, en ocasiones le ha tocado encontrarse anillos o prendas de vestir, pero nada trascendente o impresionante.

Eso sí, las lecturas han llegado a sus manos por este medio. Baltasar dice que entre los libros hallados en mis recintos está uno de leyes, que es el que más ha llamado su atención porque es un tipo de literatura poco común para él. De vez en cuando lo hojea, aunque no recuerda de qué ley se trata. Quizás resulta atractivo por la ficción que relata.

Sus ratos libres los dedica al fútbol, pero Aurelia y Jorge guardan silencio. Ellos permanecen de sol a sol en mis terrenos, y el tiempo libre es el que emplean para comer, dormir y estar con su familia.

Por disposiciones gubernamentales, se impidió, desde hace tres meses, la entrada a menores al tiradero, para que no estuvieran expuestos a las infecciones que pueden contraer por mi causa. Entre ustedes, que manipulan los metales oxidados, los vidrios contaminados y hasta los desechos tóxicos de los hospitales, permanece la orden de recibir, aquí mismo, los servicios de vacunación semestrales contra el tétanos.

Dicen que están aquí por necesidad, porque no encuentran trabajo en otro lado, y la falta de preparación los condiciona para conseguir un empleo estable.

Pero a otros, que realizan el mismo oficio que ustedes, les va mucho mejor. Los trabajadores de limpia del Ayuntamiento cuentan con todas las ventajas de un trabajador de base y curiosamente, reciben hasta tres salarios: su sueldo base, el dinero de las propinas y el dinero que ganan por la venta de los desechos reciclables que ellos han seleccionado.

Claudio Vera Treviño, es uno de ellos. Él es chofer del servicio de limpia del Ayuntamiento y recibe un sueldo quincenal de 3 mil pesos. Recientemente recibió su plaza, después de nueve años de trabajar en la burocracia.

Ambas realidades se asientan en un diagnóstico realizado por parte del gobierno local para la asumir líneas de acción a favor del medio ambiente. La opción a largo plazo es implementar una cultura de reciclaje para tener que prescindir del trabajo de los pepenadores y propiciar que se eleve el nivel de vida de estas personas.

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La luz es breve porque el día agoniza. Sin sol, los olores se apagan a ratos. Pero ustedes tienen que marcharse. De cualquier manera han decidido explorar este recinto selvático que soy, así que mañana esperaré seguro de su regreso.

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