PYOTH STEFFAN

Desconozco si su nombre se escribe así. En aquella ocasión había escuchado a los del servicio de emergencias llamarlo Steffan o Estefano, Desde entonces, cuando pronunciaba ese nombre, él atendía a mi llamado.

-Vengo a despedirme. Mañana me voy

-Que tengas mucha suerte- La respuesta sonó distante.

-Mañana me voy…quería saber si tienes algo de comida.

-No, lo siento, no puedo.

-¿No puedes o no quieres?

Me incomodaba ese diálogo que se había repetido en tantísimas ocasiones, porque sabía cómo hacerme sentir culpable y admitir que darle o no la comida, era cuestión de voluntad y no un asunto de responsabilidad laboral.

-Tu no me quieres nada…mañana me voy.

-Ya te he dicho que te deseo mucha suerte. Cuídate.

-¿Y la comida?

-No puedo, adiós.

Y volví a mi puesto a terminar la rutina de cada noche.

Apareció como muchos otros vagabundos, en el verano pasado, cuando acababa de empezar a trabajar en un supermercado donde además se prepara comida para llevar, ubicado frente al mar.

Steffan, como el resto, se presentaba de improviso, con el rostro compungido, drogado y con aliento alcohólico, para pedir algo de comida. Ante la negativa, daba la vuelta para irse, de pronto se detenía y volvía para insistir. Repetía su estrategia cuantas veces fuera necesario hasta que yo cedía. El chantaje había dado resultado. Eso sí, era muy agradecido, noble, diría yo.

-Gracias, muchas gracias, eres una buena persona.

Mi mirada suplicaba para que cogiera la comida y se fuera, sin decir nada. Al final se retiraba haciendo reverencias, sin dejar de observarme con sus tristes ojos verdes. Nunca confié del todo en él, aunque tampoco me inspiraba temor.

En ocasiones entraba -decía él- sólo para saber cómo estaba. Eso ocurría solo en ausencia de mi compañero de trabajo, dado que no se toleraban mutuamente.

Para él, encontrarme de buen humor parecía ser una luz verde para cotejarme con frases como “sabías que eres muy guapa” o “no te ofendas, pero me gustas mucho”. Cuando terminaba por incomodarme, aunque intentaba ignorarlo, optaba por irse sin decir nada. Pocas veces respondía a sus impertinencias excepto para decirle “hasta luego” o “de nada”.

Solía verlo conversando con los chicos del restaurante vecino -excepto con el dueño, quien era otro de sus objetores-. Después de conseguir algo de comida o pan aquí y allá, acudía a mí por otra tanda, porque normalmente, compartía el resultado de su colecta con alguien o algunos más, de los vagabundos de la playa.

-¿Cómo estás?- insistía cuando me veía.

-Bien ¿y tu?

-Me gustaría decirte que bien, pero no. Mírame -se compadecía a sí mismo-  no hay trabajo.

-Sí que hay, pero hay que buscar -la huella de la autorrealización impuesta por el neoliberalismo: “cada quien es responsable de su destino”-.

-Dime dónde y yo voy. Nadie contrata a gente como yo.

En realidad, por una especie de orgullo estúpido, nunca permití que me ayudara con ciertas tareas, como tirar la basura, o meter el banco que colocábamos fuera para que los clientes comieran al aire libre. Sabía que quería ayudarme, pero no me gustaba que lo hiciera para retribuir la comida que muchas veces le ofrecía de mala gana.

A menudo él y sus compañeros esparcían las sobras de comida o derramaban sus bebidas (vino o cerveza), en una especie de venganza por mis negativas consecutivas, o simplemente, porque la ración de comida no había sido de su agrado. Después a mis compañeros y a mi nos correspondía la desagradable tarea de dejarlo todo limpio antes de comenzar la jornada.

Cuando eso ocurría, me mostraba renuente a darle comida, o simplemente, ese día no se presentaba ni él, ni sus amigos (aunque por alguna razón se había ganado el papel de embajador de los vagabundos de la playa) a pedir alimento.

En cuanto asomó al local se cruzaron nuestras miradas, pero la mía escupía fuego por el desastre que habían dejado él y sus compañeros la noche anterior. Mi saludo fue el silencio.

-(…)

-Vale, me voy. Sólo quería saber cómo estabas

Aquel día pero más tarde, volvió y se quedó en la puerta, pero parecía angustiado. Me costaba entender por qué me buscaba tanto, cuando la cortesía no había sido precisamente mi tarjeta de presentación.

-No, no quiero comida, ¡ayúdame por favor!

Y se dejó caer en el suelo. Me asusté mucho y él también parecía muy angustiado. Me miraba con esos mismos ojos lastimosos que imploraban que no lo dejara solo.

-¡Me duele! -gemía tocándose la parte izquierda del pecho.

-Tranquilo, no te va a pasar nada, ¿pero qué has hecho para sentirte así?

-Cocaína…¡Por favor, no me quiero morir, no me quiero morir!

-Tranquilízate, no te vas a morir, ahora viene la ambulancia.

-¡No me quiero morir!

Había llamado a los servicios de emergencias y la llamada me pareció eterna, hasta que por fin me comunicaron a urgencias médicas, no sin antes conectarme con la policía para que les explicara qué pasaba. Casi media hora después arribó la ambulancia y los paramédicos se dieron a la tarea de entrevistarlo. Yo estaba aturdida, no sabía qué decir. Les expliqué lo que ya les había dicho por teléfono y esperé hasta que lo subieron a una camilla. Allí supe que su nombre era Pyoth Steffan, que era de origen polaco y que tenía ¡32 años!

La última vez que apareció, después del incidente, tenía como siempre los ojos llorosos -cuando se drogaba tenía ese aspecto- pero esta ocasión su voz se escuchaba coherente.

-Te quiero mucho

-Vale

-Mi hermana murió ayer, sólo quería que lo supieras.

Soltó la frase así, sin pausas. Me quedé fría y me sentí doblemente estúpida porque no supe qué decir, y porque aún no era capaz de empatizar con él. Steffan dio media vuelta y se fue sin más. Al día siguiente fue a despedirse.

* * * *

Nunca dejé de pensar en él. Me rondaba una especie de remordimiento porque podría haber hecho algo por él. O no. Especulaba sobre las posibles causas de la muerte de su hermana, lo imaginaba rehaciendo su vida, intentando ser feliz y hacer feliz a los suyos. Y también todo lo contrario.

Hacía varios meses que Steffan se había ausentado de Barcelona. Por lo menos había dejado de rondar el barrio. Y en esos días, recordándolo, apareció. Yo iba en la bicicleta cuando me saludo y le respondí el saludo efusiva, pero sin detenerme. Me dio la impresión de que estaba mejor, lucía bien, radiante, sano. Recordé a otro de los jóvenes que rondaban el establecimiento donde trabajo en busca de comida y un día cualquiera dejó de aparecer, hasta mucho tiempo después, cuando se presentó con una apariencia distinta y ésta vez no pidió que le regaláramos la comida, sino que iba como un cliente más a consumir. Me alegré por él, pero a la vez me entristecí, porque la gente que vive en la calle también se autoexcluye de esta sociedad inmunda, es una forma de vida antagónica al sistema, y algunos lo hacen por voluntad, así que el gesto me pareció una especie traición. Tal vez no era su caso, pero igualmente, me alegró mucho verlo.

Con Steffan pasó lo mismo. Intuí que quería decirme algo pero aún así no detuve la marcha de la bicicleta. A la semana siguiente apareció en mi trabajo. Esta vez comprobé por su aspecto demacrado y terriblemente enjunto, que nada había cambiado. Dijo que quería hablar conmigo pero el dueño del establecimiento intervino y respondió que no era el mejor momento, sin que pudiera decir ni pío.

Al día siguiente volvió y entró a saludarme cuando no había nadie. Me explicó que había estado faenando en Tarragona pero que ya no había trabajo y por eso había vuelto a Barcelona. Pensé decirle que había sido un error volver. Unas horas más tarde regresó a verme tambaleándose por el alcohol. Me señaló la comida y le di una caja con algo de alimento. No podía hablar, mucho menos sostenerse en pie, así que clavó la boca en el recipiente . Esparció toda la comida encima suyo, por la mesa y el suelo y cuando pude quitarle lo que quedaba, se dejó caer sin más y cerró los ojos. Por un momento pensé que estaba mal, al igual que la última vez. Llamé a los servicios de emergencia pero ésta vez no acudieron. Ni la policía. La inminente lluvia apareció también. Los pocos clientes que entraron, miraron la desagradable escena y se fueron. Impotente y con rabia, pedí a mi compañero que me ayudara a sacarlo del local y lo cubrí con una bolsa para que no se mojara tanto. Estaba roncando. Con la lluvia la temperatura había descendido. Un par de horas después un agente de la Guardia Urbana entró para preguntarme si “el chico de afuera” llevaba allí mucho tiempo. Le dije que sí, que había llamado a los servicios de emergencias y a la policía y que ninguno había acudido. Estaba temblando de frío. “Ésta es la sociedad que tenemos -espetó el guardia a su compañero- aunque vivan en la calle…la gente los mira y pasa de ellos”. Me sentí tremendamente responsable. Uno de ellos lo alzó de la chaqueta para obligarlo a sentarse y en ese momento se despertó. Se puso por sí mismo de pie. Estaba temblando de frío. Como si no hubiera pasado nada, se marchó ignorando las preguntas de los guardias.

Poco después, la que se marchó fui yo. Sabía que mientras siguiera allí, él seguiría buscándome, así que ni siquiera me despedí. El último día, como si algún presentimiento lo hubiera empujado para visitarme, se plantó dentro del establecimiento como un cliente cualquiera. Se quedó frente a mi observándome, y yo pretendí mantenerme ecuánime. No me atreví a retarlo, ni a mirar sus tristes ojos verdes. Tampoco quería darle explicaciones por mi partida.

Por primera vez, desde que le conocía, lo escuché rabiar cuando después de un largo rato me increpó “¡por qué no me miras!”. Me interné en el almacén para evadir su inquisidora presencia, hasta que decidiera marcharse. Una vez más, la despedida había sido mi silencio.

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