LA PREJUBILACIÓN DE LA CIGÜEÑA

Las reivindicaciones por la igualdad de género, el empleo precario, las aspiraciones profesionales, los preceptos religiosos, la crisis económica, las políticas de protección familiar, el sistema sanitario, los métodos anticonceptivos, la despenalización del aborto, las concepciones generacionales respecto a las relaciones de pareja y el matrimonio, los niveles de compromiso hacia otros aspectos de la vida personal, y en ocasiones la coyuntura mundial son entre otros, factores que inciden fuertemente en la decisión de formar una familia. Con todo lo anterior, tener hijos puede convertirse en un acto de valentía o temeridad.

Aunque por otra parte, esta reestructuración de los roles y las concepciones sociales, significa también que decidir vivir en pareja y ser padres ya no es un sino, ni un eslabón indispensable en el ciclo de vida de una persona.

Aún así, dependiendo de la geografía, existen aspectos que prevalecen más que otros, hasta volverse una constante de un grupo social, llegando a definir inclusive, una tendencia en una región o territorio. Cabría preguntarnos entonces, por qué en este lado de la geografía humana cada vez más las mujeres se abstienen de procrear, retrasan cada vez más la maternidad, o bien eligen extender la familia como máximo con un hijo.

Sin niños”, “La crisis también ahuyenta a la cigüeña”, “Sin apoyo a las familias”, “Políticas de Estado para rejuvenecer a la población”, “¿Quién se anima a procrear?”, “El número de nacimientos se reduce por cuarto año consecutivo”, “España cada vez más envejecida”, “Vamos a menos”.

Éstos son algunos de los titulares -algunos un tanto alarmistas- de la sección Natalidad, del diario español El País, a través de la cual se pretende hacer un análisis cuantitativo y cualitativo, respecto al inquietante descenso de la natalidad y el envejecimiento de la población, que en el caso de España comienza a ser preocupante.

Si basamos nuestro criterio en lo que a simple vista se percibe, diríamos que la natalidad va en aumento, y que es cierto aquello de que en tiempos de crisis se desarrolla el instinto de supervivencia de la especie, y por tanto hay más nacimientos. Aunque esto ocurre, un número elevado de estos nacimientos se registra particularmente entre la población inmigrante.

Pero las apariencias engañan, ya que las estadísticas -como ya lo expresan los titulares- arrojan un pronóstico nada favorable para la población europea, en particular, para la población española, donde la natalidad se ha reducido al punto en que, por vez primera en los últimos 20 años, en 2012 hubo un crecimiento negativo de la población, esto es, más muertes que nacimientos.

Este mismo año, se sumaron al total de españoles -unos 47 millones- 10 nacimientos por cada mil habitantes, una tasa por debajo de Reino Unido y Francia.

Además, las mujeres en edad fértil, cada vez son menos. Mientras en los años 70’s la población menor de 25 años era de unos 14 millones, en 2012 rondaba los 11 millones.

Si escarbamos más, nos topamos con que el mercado de la vivienda en España es uno de los más caros…¡del mundo! Con todo esto, las políticas de familia no resultan un aliciente para las parejas que se deciden a dar el paso. En España, sólo un 2% de niños asisten a guarderías subvencionadas, frente a un 23% que gozan de este beneficio en Francia.

De acuerdo con un estudio de la organización de consumidores CEACCU, tener un hijo puede llegar a costar entre 6 mil y 11 mil euros anuales, es decir, un salario mínimo, siendo los principales gastos las vacunas, la guardería, la comida y los pañales.

En un diagnóstico realizado por el catedrático de Geografía Humana en la Universidad Autónoma de Madrid, Julio Vinuesa, la formación de hogares pasa por la acumulación de los ingresos por parte de los dos miembros de la pareja, que incluso se hacen insuficientes para el nacimiento de un hijo

Aunado a lo anterior, las empresas rehuyen en lo posible los costes y los inconvenientes derivados de la maternidad, lo que lo convierte en un factor de exclusión de las mujeres dentro del mercado laboral, pese a la posibilidad de los permisos de maternidad y paternidad que resultan insuficientes.

Por tanto, si aumenta la natalidad -tema que se ha puesto como urgente en la agenda política de los próximos años- deberán incrementar las medidas de ayuda a la familia para que los padres puedan continuar la actividad profesional sin detrimento en la atención de los hijos.

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