UNA VIDA Y UNA MUERTE SANGRIENTA

¿Podrías dejarme la vía puesta? Preguntó cuando le dieron el alta. No, lo siento, podría infectarse. ¿Por qué no quieres que te la retire? Para darle de comer a la cría. Entiendo…pero no puedo -atajó tras una breve pausa-.

A pesar de todo la estrategia no había funcionado. Prefirió ahorrarse las explicaciones y salió sin insistir demasiado.

Comprendía que una vía era la forma más anodina de ofrecerle su sangre, en lugar de que la criatura comenzara a morderla instintivamente hasta abrirle una herida para chupar un poco de alimento. Fue así, durante la lactancia, como se percató de las tendencias hematófagas de su pequeña. Como estaba recién nacida, no había adquirido experiencia para conseguir lo que necesitaba, en cambio, cada vez estaba más y más pálida. Si mamaba un poco de leche, la vomitaba al instante. El pediatra decía que debía ser normal porque durante las primeras semanas, los niños prematuros no toleran el alimento, dado que el estómago no está adaptado aún. A muchos bebés les ocurría lo mismo, así que no debía preocuparse. Sin embargo, en cuanto su pezón entraba en la boca de la recién nacida, sentía una presión terrible, más allá del placer que a decir de otras madres, solía experimentarse. Para ella siempre fue un martirio, sobre todo desde el momento en que consiguió hacerla sangrar. Además, la criatura casi nunca succionaba la leche. Lamía la pequeña herida y solo así dejaba de llorar, pero como no brotaba sangre suficiente, al instante resurgía el llanto inconsolable.

La ocasión más evidente fue durante su menstruación. La pequeña se pegaba a su regazo como un cachorro y gemía lastimeramente, pero aquella vez no la mordió, permaneció así, hasta que se quedó dormida.

Ya desde el día del parto comprendió que algo era distinto por la manera en que la bebé había emitido su primer llanto. Era una especie de gruñido más bien, como el emitido por las crías de algunas bestias. Entonces se suscitó en ella algo extraordinario. La sensación de haber engendrado algo fuera de lo común, la hacía pensar que, incluso como madre, tendría que ir a contracorriente, lo cual generaba una especie de orgullo generacional, muy típico de su personalidad.

Había pensado que pedir ayuda sería motivo de un escándalo, y de ninguna manera deseaba que su hija creciera siendo objeto de la morbosidad de la gente. Sería inevitable, porque las personas son curiosas, fantasean, se entrometen, especulan.

Cuando respondió al médico que necesitaba la vía para darle de comer a la cría, inmediatamente la invadió la idea de que había cometido un terrible error. Pero se equivocó, porque el médico ni se inmutó y eso la inquietó todavía más.

Estuvo dándole vueltas al asunto esa tarde, mientras la pequeña exprimía unos filetes de ternera que había conseguido. Exprimir es un decir, porque lo que hacía era lamerlos hasta dejarlos de color rosado, no hasta saciarse, sino hasta agotarse. Afortunadamente, la sangre muerta había sido del agrado de su hija. Se sentía más aliviada al verla con sus mejillas sonrojadas, ahora que se alimentaba un poco mejor.

¿Y si aquel médico entendía su angustia porque estaba o había estado en una situación similar? Tenía ese pensamiento fijo en la mente. No sabía con qué pretexto, pero tenía que volver para hablar con él, pues además le había inspirado cierta familiaridad y confianza, aunque no le conocía de nada.

Una vez en el consultorio, dejó a la bebé dormida y lo inquirió cortésmente. El olor a carne fresca y a sangre que emanaba la pequeña le sugirió el motivo de su visita. El médico le dedicó a la cría una mirada paternal, aunque también con cierta conmiseración. Sin decirse más nada, condujo a la madre hacia una de las salas del hospital. Era un especie de sala de desintoxicación, donde los menores se conectaban a una red de vías que transportaban suero, mezclado con algunas sustancias del plasma en bajas dosis. El experimento consistía en intentar que los niños disminuyeran paulatinamente, sus tendencias hematófagas.

Tras el tratamiento que podía durar varios meses, había sólo dos posibilidades totalmente opuestas. O bien los menores aprendían otros hábitos alimenticios y se adaptaban a ser omnívoros, o morían en el intento. El médico explicó además que comer sangre muerta, no sólo reforzaba la adicción, sino que podría intoxicar a la menor.

La imagen que tenía en frente, dio rienda suelta a sus especulaciones. Jamás había imaginado que tantos recién nacidos estuvieran afectados por la hematofagia. Desafortunadamente los diversos tipos de sangre que ofrecían los padres sin estar informados, en muchas ocasiones se convertían en una verdadera amenaza debido a los agentes alérgenos que contiene el plasma.

La pequeña fue una más en el experimento y se sometió a tratamiento bajo supervisión del médico durante casi nueve meses. Al año, la pequeña comía casi de todo y parecía sana.

Su fisonomía era esbelta, y su fisiología, regular. Al cabo de un tiempo su dentadura también se formó de manera normal. Incluso su comportamiento era distinto, parecía más sociable y le entusiasmaba comer.

Pero aquel día, aquel desafortunado día, la madre encendió el televisor después de terminar su jornada de trabajo. El titular del día versaba sobre una banda organizada que había cometido una ola de asaltos a bancos de sangre.

De inmediato llamó al médico para preguntarle si la probabilidad de una “recaída” era elevada, pero nadie levantó el auricular. Tuvo una corazonada y se dirigió a la clínica. El rostro del médico estaba desencajado, febril. “Lo siento -dijo sosegado- el experimento ha fallado, solo que en esta ocasión las pequeñas dosis no habrían servido de nada”. Tras decir ésto dio dos tragos largos a una bolsa de sangre y cerró los ojos.

Las autoridades de la clínica explicarían a la policía, que el médico había sufrido un shock anafiláctico, algo similar a las reacciones por transfusiones erróneas de sangre, como había ocurrido extrañamente con varios menores de edades paralelas en las últimas semanas.

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