BOLSA DE VALORES

La “Babilonia de los orines” celebra en cada calle el onomástico de la resaca. Me paro frente a la puerta para completar la orquesta de aromas con la mea orina antes de subir con un pretexto menos y echarme en la cama a hibernar.

La fuerza de la costumbre no evitaba que los músculos se contrajeran con el dolor siempre soportable del esfuerzo, cuando se rebasa por poco la altura acostumbrada. Cinco…diez… quince…veinte escalones, y apenas el entresuelo. Principal, primer piso, segundo, tercero, vale más no contar.

Más de dos siglos desde la precaria urbanización de la Europa industrial, y la gente pareciera no estar habituada aún a escalar tanto para acceder a los apartamentos de los vetustos edificios multifamiliares. Es honesto incluirse en la lista.

Los huecos de la impotencia me urgían a seguir, faltaban dos pisos más y estaría por fin en casa, mi hogar de arrimado como cuando acababa de casarme.

Comencé a maldecir la falta de ascensor, la falta de condición física, la falta de ganas, la falta de alimento, la falta de tí…la falta de cigarros: ¡Qué coños hago en esta ciudad de mierda, viviendo en este edificio de mierda… Y yo sin tabaco!

Sin duda cualquier motivo para bajar las escaleras siempre será mejor que alguno para subir.

Hoy en particular, tampoco estoy de ánimo. Tampoco.

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Cuando volví de Praga, quería que resbalaras por instinto, hasta quedarte en todas las cloacas donde pude vomitar los efectos de esas tres botellas de vodka.

En los devaneos de mi memoria se vuelcan reminiscencias de la puta que besé porque se llamaba igual que tu, un vagabundo a quien interrumpí con mis regurgitaciones, mientras dormía también bajo los efectos del alcohol, la embestida de un coche, aunque recuerdo más las maldiciones del conductor después de que casi choca contra el puente por intentar esquivarme, reculé ante la presencia de la policía antes de quedar embotado en esta acera. No sé en qué momento perdí el conocimiento y me quedé dormido. Lo último que recuerdo es que por más que revolví las calles que frecuentábamos, no te encontré.

Nunca nadie me había mandado al carajo, y menos sin avisarme, pero me pesa más la ausencia. Aclaro, no te buscaba para reclamarte.

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No había visto tantas multitudes de todas partes del mundo, compartiendo el mismo suelo. Los demás ni se inmutan porque los veas, a menos que alguno ande borracho y sea de los arrebatados que sueltan el primer golpe a lo que ellos creen una provocación. Lo único que estoy haciendo aquí sentado como pordiosero es buscarte. Ahora te encuentro tan parecida a tanta gente, la diferencia es que me inventaste un nombre para adueñarte de mí. Lo acepto, me domesticaste. En este momento soy el perro que perdió a su dueño. Llevo aquí tres horas y nadie me ha llamado por mi nombre, mi nombre de perro.

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Debería ser fácil deshacerme de tu imagen. Pero el secreto ya no está en echar polvos con cualquiera de las mujeres que me obsesionan a primera vista. Confieso que antes me inspiraba explorar todas las geografías posibles, como buen ciudadano errante que un día decide conocer el mundo y se interna hasta en los territorios más abruptos, no por eso menos exquisitos. Todos los caminos llevan al Monte de Venus. De cualquier manera, nunca necesitaba caminar demasiado, porque Venus venía solita, con todo y su Monte.

Antes podía hablar de la mujer como una silueta donde iba colocando rostros y cuerpos de manera sucesiva, jamás se trataba de un clan sedentario como el tuyo, que invadió mis dominios y se apostó ahí, para siempre. Fue una ocupación tan alevosa, que ya ese perfil no se transfigura después de los excesos del alcohol y la calentura, cogito ergo sum o lo que es lo mismo, cojo y luego existo.

El clan: el todo es igual a la suma de sus partes. Cada mujer es igual a todas las mujeres que lleva dentro, algo así como un conjunto de las más sofisticadas confusiones “no lo piense más, la confusión a todas sus soluciones la tiene la mujer o su clan integrado”.

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Dijiste que no sabías cómo definir lo que nos pasó, antes de fugarte como delincuente, porque para mí solo los delincuentes huyen, y tú desapareciste después de asesinarme. “Fue una desconsideración conocerte”, con esa frase anunciaste la despedida ¡A quién putas se le ocurre decir que lo nuestro fue una ‘desconsideración’!

“Lo nuestro”, sonó asequible cuando te lo expliqué, pero acepto que no tengo los suficientes huevos y tu no tenías la suficiente paciencia. Además implicaba un sentido de pertenencia al que le tenías pavor. De hecho, nunca me perteneciste, ¿desde cuándo el dueño le pertenece a la cosa?

No me molestaría olvidarte, el problema es que nada sustituye a mi casi nada.

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Jamás pude adivinarte. Dejó de preocuparme después de tantos intentos fallidos por revelarte como a una diapositiva, pero nunca fui capaz de leerte, excepto cuando cada tú me confesaba el odio con que me amabas. ¡Buitre! ¿Quieres saber qué se siente ser los despojos que deja un ave de carroña?

Debo decirte que jamás fui un hombre tan íntegro, como el tiempo que te tuve a mi lado. Cómo defines íntegro, tú que estás en todas partes, sin ser dios, ni aire, ni contaminación.

Me urgaste como partera después del alumbramiento, hasta arrancarme la membrana que fue mi alimento.

En estos momentos de mi desintoxicación de ti…

CONTINUARÁ…

BOLSA DE VALORES II

 

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