EL FLECHAZO

Era mi hora de descanso y “mi banca” en el parque de la Barceloneta estaba libre. Es curiosa esa capacidad que tenemos de apropiarnos de las cosas, de los espacios, de los lugares comunes. A los pocos minutos de haberme sentado, se acercó un enorme perro peludo que se tiró a mis pies. Con él venía su dueño, un hombre bonachón, de unos cincuenta y tantos años.

-No hace nada. Está cansada, pero tiene que hacer ejercicio, igual que yo. ¿Te importa si me siento un momento?

-No, al contrario.

Después de decirme -con un tono resignado- que se había dejado engordar tras el matrimonio, empezó a hablarme, no sé cómo, de su primer amor.

-Pero si me habla de su esposa como un hombre enamorado.

-No, no, yo me casé con ella -dice, mientras guarda en la cartera las fotos de su mujer y su nieta pequeña- porque me gustaba, pero no estoy enamorado de ella…uno se enamora sólo una vez. Enamorarse es el flechazo. Cuando me enamoré tenía 16 años.

En ese entonces la costumbre era que si te gustaba una chica tenía que aceptarte abriendo la puerta de su balcón. Desde que la vi me enamoré de ella. Le pregunté que si podía visitarla y me dijo que sí, pero estuve aquella tarde tirando piedritas en su puerta. Jamás abrió. Yo sabía que estaba allí porque la luz estaba encendida. Pero no quiso abrir la puerta.

La conocí en Andalucía, de donde yo soy. Pero nunca me correspondió. Por eso me vine para Barcelona. Y desde entonces no he vuelto.

Anuncios