SÓLO VINE POR UNAS JUDÍAS

Ir a la frutería, si no se tiene cerca de casa un mercado, puede resultar todo un acontecimiento gastronómico, aunque también puede convertirse en una experiencia non grata, ya que ni siquiera en los locales de frutas y verduras estamos exentos a la mala educación de algunas gentes. Como le ocurrió a Felipe.

Este local en particular es uno de tantos sitios en la Ciudad Condal regenteados por paquistaníes. Felipe acudió a éste lugar porque allí es posible encontrar los chiles picantes que consumimos este par de mexicanos de vez en cuando para condimentar nuestras comidas. Se trata de un local como la mayoría, pequeño pero acogedor, y el dependiente siempre es muy amable.

Una mujer llegó al lugar con una niña en un carrito. Entró mascullando insultos hacia el dependiente. Era como esas personas a las que se les deforma el semblante cuando no pueden contener la ira que llevan dentro emitiendo una especie de energía gris en su entorno, lo cual, puede desencadenar escenas como la que a continuación describo. Espero que ninguno de ustedes lectores sea de este tipo de personas. De lo contrario, ojalá que al verse reflejados eviten ir a la verdulería que frecuento.

El ambiente de la tienda de frutas y verduras, ya había sido contaminado con el mal humor de la susodicha. Instantes después se molestó porque no le despejaban el pasillo para pasar con el carrito a sus anchas, sin dejar de vociferar improperios. En eso se acercó una abuela de bastón para acariciar a la niña -quien muy probablemente tenía un semblante mucho más dulce- y la señora en cuestión la frenó con vehemencia: “¡no la toque que tiene las manos sucias, éste es un lugar sucio!”. La abuela impresionada, se asustó por la manera en que le habló la mujer (es la manera más neutra que encuentro de nombrarla, pero me cuesta contener algún epíteto más descriptivo). Estaba visiblemente alterada. Llevaba unas judías en la mano.

-¡Si tanto le molesta este sitio, por qué no se va a otro lado a comprar!- espetó Felipe indignado por su actitud.

La mujer sorprendida de que alguien la enfrentara, salió gritando pestes.

Evidentemente ninguno de los otros compradores dijo nada, el dependiente, tampoco. Felipe, dirigiéndose a la abuela aún desconcertada por el incidente preguntó si quería sentarse para tranquilizarse un poco.

-Gracias, ya estoy bien. Yo sólo vine por unas judías….

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