BOLSA DE VALORES II

Demetrio y sus anatemas. Ayer llegó de improviso, o casi, y tocó impetuosamente en el ventanal de la sala. Siempre lo hacía cuando veía la luz encendida, señal de que estaba leyendo, o viendo la televisión, o simplemente, de que, vencida por el sopor, me había quedado dormida en el sofá.

Entró solo para saludarme, eran casi las 3 de la mañana. Solía ser excesivamente meloso, y sus arrumacos, aunque resultaban algo incómodos me daban mucha risa, por eso se los permitía. Me habló de su trabajo en el periódico, sus lecturas de Jodorowsky, la obra de teatro de su entrañable amigo Fernando Ortiz y el extraordinario personaje de una tal “gata Covadonga”, y finalmente sobre su amiga, novia, amante, concubina. Locuaz y acelerado, como es él, dejó sus temas por un momento para preguntarme cómo estaba. Llevaba consigo un par de discos de Sbigniew Preisner y un libro de quiromancia. Otra de sus pinches jaladas, pensé. Cuando lo tomé para ojearlo, me dijo que si quería que me leyera la mano, y después de sus explicaciones casi científicas y bastante verosímiles sobre el caso, accedí.

Analizó con cierta ansiedad la rareza de mis líneas, pues decía que eran poco comunes y por tanto, no pudo interpretarlas con tanta precisión como hubiese querido. Le dije que no tenía importancia. Realmente no me interesaba lo que pudiera decir mi mano sobre mí, aunque he de reconocer que algunas cosas me sorprendieron por la coincidencia.

Ahora podía decir que tenía dos cómplices más para toda la vida: mis dos manos.

****

Sentí vértigo. Estuve a punto de estrellarme contra el taburete, pero me repuse a tiempo, aunque llegué a tientas a la cama, y me tumbé. Un día y medio para ser preciso.

Ángela estuvo aquí anoche. Me lo dijo por teléfono. El casero le habló de mi mala racha y supuso que me encontraba en la habitación, así que la dejó pasar, pero no quiso despertarme y se marchó. Eso sí, me sentaron bastante bien las lentejas que dejó en la nevera. Comí, me duche y como por inercia, volví a la cama. Ángela volvió a llamar, esta vez no pude levantarme. Estaba nervioso, tenía frío y la vista nublada. Sabía que era ella porque siempre dejaba sonar tres veces el aparato y colgaba. Así hasta tres veces también. Además, hacía meses que nadie se molestaba en llamarme, ni siquiera el tío Luis. Sólo ella. Estábamos muy unidos, pero desde “la mala racha”, perdí las ganas de hablar incluso con ella. Odiaba su estúpido nombre, pero fuera de eso, era genial. Siempre buscaba la forma de hacerme sonreír. Tenía lo que se dice “chispa”.

****

Hay quienes piensan que es triste dormir, porque al dormir te separas de todo y de todos, aunque prefiero hacerlo, porque así me acostumbro a olvidarte, es lo que necesito, deshacerme si no de verdad, sí en sueños de ese hedor a ti; porque así estoy conmigo, con mis miedos, mis deseos y mis pensamientos contorsionados…Dormir, anticiparse a la muerte por instantes.

****

Esos “días extraños” a los que canta Vegas, han existido muchas veces desde que estoy contigo. Decir “estoy” es un tecnicismo, porque realmente mis ausencias a tu lado se multiplican. Tampoco puedo decir “desde que estamos juntos”, porque decir “estamos” implica también ese nosotros del que tu hablaste alguna vez y que jamás entendí.

****

¡Estoy a punto de mandar todo a la chingada! –grité mientras apagaba el cigarrillo con el pie. Por primera vez en mucho tiempo, también por causa suya, perdía los estribos. Ella me miró sin inmutarse, tomó su bolso y se marchó dejando la puerta entreabierta.

Hacía eso la mayoría de las veces para evitar frases ponzoñosas de las que después se podía arrepentir, según decía. Guardaba silencio como para acomodar las ideas, parafrasearlas, barajarlas, suprimirlas y rehacerlas, o simplemente inventarlas.

Finalmente era lo que hacía, inventar una excusa o un argumento que de tan inverosímil terminaba por convencerme. Es posible que con justa razón lo hiciera, porque en estado de ira tenía la capacidad de proferir insultos o frases muy elaboradas, pero también muy hirientes.

Dejó de importarme demasiado esa actitud impulsiva sí, pero desesperante, sobre todo porque jamás encontraba la pregunta, ni la respuesta precisa a sus inquisidoras charlas que, por fortuna, fueron disminuyendo. Me sorprendía de repente con una pregunta inesperada que me hacía sospechar que algo andaba mal, después se molestaba, lloraba y terminaba por guardar silencio. Esta vez fue la excepción después de casi dos años. Al parecer –ignoro todavía el por qué- desconfía todavía de mi.

BOLSA DE VALORES III

Anuncios