AMOR TAJADO

Fue como un piquete en la conciencia o algo así. Acababa de cerrar el local donde trabajaba y me dirigía a casa. Eran pasadas las once de la noche. El caso es que aligeré el paso para contener la impresión o para saciar el morbo. Finalmente opté por doblar la esquina y seguir mi camino. Pensé que si permanecía observando a aquella pareja de camilleros manipulando el bulto que con poco tacto y con premura, intentaban subir en la ambulancia, no podría comerme el burrito que llevaba para cenar.

Era difícil percibir desde mi posición quién estaba debajo de aquella sábana blanca. Lo primero que me vino a la memoria fue el día en que, a la inversa, salía de casa para ir a trabajar y lo primero que veo en la acera es un cuerpo inerte cubierto con una sábana. Deduje que acababa de tirarse de no sé que piso. Ya estaba cubierto con una sábana y seguramente se esperaba la llegada de los servicios periciales para dar el parte judicial. Como era domingo, no había tampoco nadie.

Los pisos de la Barceloneta cada vez son más estrechos, diminutos, a veces tengo la sensación de que son verdaderos ataúdes de vivos. Además en el barrio se conoce todo el mundo, aunque los lazos fraternales empezaron a romperse con la llegada intensiva de turistas al vecindario.

Por ello me pareció extraño que no hubiera más gente fisgoneando desde los balcones los movimientos de los paramédicos. La sirena de la ambulancia giraba encendida, pero en silencio, lo que en el código de los servicios de emergencia significa que alguien ha muerto.

No sé quiénes fuimos más frívolos, ellos o yo y mi hambre. Pero como suele ocurrirme, comencé a maquinar ideas en mi cabeza. Como no había movimiento policial, imaginé que había sido una muerte natural. Quizás aquella persona difunta se encontraba solitaria y enferma.

Aunque ciertamente la soledad es la única que nos acompaña a la hora de la muerte, no deja de causarme pena imaginarlo.

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