THE ROLLING…TYRES

combi
Por María Esther Guzmán

Eran las 10 de la noche. El servicio del día por fin había cesado. Las llantas de la combi, famosas en el medio del transporte público por el mote de Rolling Tyres terminaron su gira sofocadas por el roce con el pavimento y aturdidas por el ruido de la mancha urbana. Exigían clemencia pues ya se sentían demasiado calientes y densas como para una última vuelta.

Aparcadas en la base, las combis emanciparon una serie de rumores condensados en los asientos, en los tubos, las puertas, las ventanas, las láminas y el piso de la unidad. Todos ellos habían sido partícipes de las curiosidades en las que se inmiscuyen los usuarios de la demandada ruta amarilla.

Los asientos aspiraron su ración de aire casi puro y casi fresco o por lo menos, lo era más que el asfixiante vapor del día, acto seguido se prepararon psicológicamente para el careo con el lado oscuro de los pasajeros y las dosis de metano del día siguiente. Los tubos se destemplaron por los golpes recibidos con las cabezas de uno que otro usuario “distraidón”, mientras que el piso se lamentaba porque siempre le tocaba la peor parte.

Así, una tras otra, entrada la noche, sonaron las historias de aquel día, en medio del centenar de relatos que se viven en la cotidianeidad, aparentemente ordinaria, de las combis del trasporte urbano de Morelia.

Pareciera que las unidades del transporte urbano habían trazado las calles tras su constante recorrido por la misma ruta, la ruta del eterno retorno que tiene su punto de partida y su punto de llegada en Ciudad Universiaria, pasando por la avenidaSolidaridad, Ticateme, Ventura Puente, San Diego, San Juan, la antigua Central Camionera y la tradicional calle Cuautla.

A su paso frente a la concurrida panadería Trico de la Ventura Puente, la combi saludó a uno de sus colegas, un micro de la ruta Punhuato, varado sobre la avenida Solidaridad que tenía inscrita la leyenda “y yo que estudié…” en la parte posterior.

En el semáforo de Ventura Puente y Lázaro Cárdenas, sorprendió el reclamo de una anciana que decía a su marido, en un tono poco común entre la gente de tercera edad: “¡ora, no me pises!”, mientras caminaban tomados del brazo sobre la acera.

Entre los pasajeros viajaba un solo varón, por lo que resultó curioso cuando una joven abordó la combi y al saludo respondieron en coro las pasajeras con el clásico “buenos días”, mientras el joven carraspeó para aclarar su ronca voz y de inmediato se escuchó el grave grito de “en la parada que sigue”.

Mientras tanto, el azar continuaba su función de designar a los pasajeros a su libre albedrío. A la altura del mercado de San Juan, una mujer subió con su bebé “ensartado” en un portaniños pegado a su cuerpo, cargando además la bolsa del mandado, la pañalera y un par de bolsas de churros. La joven madre se precipitó sobre el asiento luego de que la combi arrancó sin previo aviso, en tanto ya planeaba la estrategia para bajar ágilmente con su carga cuando llegara a su destino…

Más tarde la atención se centró en la charla sobre infidelidades sostenida entre el chofer y una mujer sentada a su lado. “Estoy segura de que mi marido anda con otra pinche vieja, yo sé que aquí se relaciona con mucha gente pero me da coraje que sea tan cínico (…) el otro día tuve que salir a Guadalajara y aprovechó el guey para llevarla a la casa, y lo supe porque después se animó a decírmelo y me pidió perdón…”

En otra vuelta, una jovencita abordó la combi. Tomó asiento y después de pagar su pasaje se inclinó y apretó su cabeza con ambas manos como si tratara de contener el dolor que la abrumaba. Se irguió por unos momentos dejando al descubierto sus ojos color de sangre y después de mantener la mirada perdida, las lágrimas hicieron acto de presencia dispuestas a salir de su cautiverio. Su pena era perceptible sobre todo tratándose del reducido espacio de una combi. Aprehendió nuevamente la cabeza entre sus manos y envuelta en compungidos gestos, abandonó la combi.

No faltaron por supuesto las anécdotas chuscas de la jornada, más aún cuando a bordo se encuentra una mente tan cochambrosa como la de la combi (y la mía). Se avecinaba el ocaso. En la unidad venía un par de jóvenes acompañados de su tío, quien les pidió información sobre los centros nocturnos para sonsacarlos después e invitarlos a conseguir mujeres, a bailar y a emborracharse. Hice un esfuerzo sobrehumano al contener la risa cuando una mujer gritó “¡me puede abrir en la esquina por favor!” para pedir la parada. En este tipo de situaciones es una exigencia cuidar el lenguaje que se emplea, por aquello de los malos entendidos.

Las imágenes del día se mezclaron con la nubosidad de la noche que guardaba a la luna y a las estrellas. Aparecían fortuitas y desaparecían intempestivas queriendo jugar a que las atrapen. La imagen de un anciano con Parkinson que sube al cuidado de su esposa; la sentencia de un hombre que conmina a su pareja diciéndole que no tiene derecho de hablar, ni quejarse de nada porque es mujer; la figura de un niño que repite a su madre las lecciones de la escuela….

Cae la lluvia y remueve la tierra, derramando las historias que se habían emancipado no sin haber impregnado el interior de la combi, que se alista para iniciar la rutina de recopilar más anécdotas, cuando den las 6 de la mañana.

Escrito en junio de 2003

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