LAS AGUJAS

JERINGA-23

Ya el ruido de la fresadora me ponía los nervios de punta. Segregaba adrenalina como loca, me ponía rígida, helada y temblorosa. Era lo menos que podía hacer cuando al dentista se le ocurría decir “relaja un poco vas a sentir un pinchacito leve”. Já, viendo tremenda aguja acercarse a mi boca, era imposible creerle a esa persona que lo siguiente iba a ser “un pinchazo leve”. Estarán de acuerdo conmigo, en que es un absurdo eso de aliviar el dolor a través del dolor. Para aplicar la anestesia, hay que clavarte una aguja en la boca. Y luego, a machacar el diente.

Ya desde pequeña le tenía pavor a las inyecciones. Una vez hasta me hice pis encima cuando una maestra del preescolar -que ni siquiera era mi maestra- nos amenazó con una aguja si no manteníamos la formación recta. Cuando mi madre supo lo ocurrido se puso no verde, púrpura de rabia. Podía haberla denunciado, pero no lo hizo. Para su suerte no echaron a esa bruja.

Resulta lo más lógico del mundo sentir pánico sólo de pensar que un objeto punzocortante te atravesará sabrá dios qué miembro de tu cuerpo. Por instinto de supervivencia sólo una persona masoquista, mística, o tonta accedería sin chistar a que le atravesaran la piel. Y por supuesto yo no tenía un pelo de tonta, ni de mística, ni de masoquista.

El problema era que en ciertas circunstancias, tener una madre facultada en medicina resultaba un inconveniente. Ante cualquier indicio de enfermedad, mi madre se convertía en la verdugo de mi hermano, o mía, en cuyo caso, yo huía despavorida y me encerraba donde pudiera -debo aclarar que nunca pude salirme con la mía- mientras ella me perseguía con la aguja en la mano. ¡A poco no parece la escena más cruel y terrorífica del universo! Hasta que un día (quizás tras el incidente con la maestra) supliqué una tregua e hice prometer a mi madre que nunca más me pondría una inyección por la fuerza, que ese recurso sería el último, no sin antes probar con otras posibilidades como los medicamentos ingeridos. Es posible que por esa razón incluso mi cuerpo se armó hasta los dientes en defensas y nunca -o casi nunca- me he enfermado, a excepción de uno que otro resfriado casual de tres días, para lo cual recurro a infusiones, miel, limón, mucha agua y reposo. En su defecto, un tequila.

Sin embargo, en algún momento de mi vida, tendría que enfrentar el miedo a las agujas. Era una cuestión de vida o muerte porque no sabía mi tipo de sangre, y mi madre no lo recordaba. Y para saber el tipo de sangre de una, pues hay que pinchar y succionar. Así que con ese pretexto me expuse por primera vez al mundo de las agujas.

Afortunadamente, aunque me acomete a menudo el miedo a ciertas cosas, tengo claro que el primer paso para vencerlos es enfrentarlos. En este caso, nunca podía -aunque lo intentara- cerrar los ojos ante una jeringuilla. Necesitaba saber de qué color era la o las soluciones que introducirían en mi cuerpo, ver la longitud y el calibre de la aguja, e igualmente, poner a prueba la pericia de la persona que se encargaría de hacerme sufrir por una aparente buena causa.

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