BAR MARSELLA

-¡Un absenta por favor!

El camarero miró a la chica que en un tono infantil le preguntaba cómo se bebía “eso”. absentaEn la barra sólo cabía un mondadientes entre cuerpo y cuerpo. La solicitud de absentas no cesaba. Era la especialidad de la casa. Ahí estaba servida la copa con el licor, una cuchara y dos terrones de azúcar.

-Calientas los terrones en la cuchara y lo tiras en el licor hasta que se ponga blanquecino, agitas y bebes. ¡Eso es todo!

-¡Guácala, sabe a anís! Demasiado fuerte para mi gusto.

Mientras tanto, los demás bebían cerveza. El lugar lucía mejor que la calle y el barrio donde se ubicaba: la emblemática calle Robadors en barrio barcelonés del Raval -antes Barrio Chino-. Afuera todavía algunas sexoservidoras retaban a la lluvia, la misma que obligó a los otros a entrar en ese rústico bar, dedicado al puerto con nombre de himno y visceversa: Marsella.

Su estilo rococó y su apariencia vetusta, resultaban evocadores para los turistas que se concentraban, noche a noche en el bar Marsella.
Había que salir medianamente sobrio de allí marsellapara observar lo que, para algunos, deparan las noches en la Ciudad Condal: ponerse hasta las chanclas, conseguir un ligue, buscar a un diler, comprar un buen “tripi” o algo de “farlopa”, echar un polvo -y por qué no, echarse polvos- adentrarse algunas calles con mayor intimidad o menos testigos, y terminar la noche “flipando” hasta el amanecer.

En Barcelona estás pero no estás. Es una vorágine constante. Barcelona no duerme, no descansa, su gente tampoco.

El bar Marsella era sólo el principio.

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