SOMOS LA SUMA DE NUESTROS RECUERDOS

 

A veces nos extrañamos de que haya gente que sonría todo el tiempo, como si la sonrisa fuera un accesorio que se puede llevar sólo si luce bien. Sin embargo, en tu caso la sonrisa sí parecía impostada, como la de los malévolos personajes de los cómics. Pensaba en ello mientras te observaba con una sensación que oscilaba entre el espanto y la ternura, nada que ver con la canción.

Decías que porque te acordabas de aquello todo el tiempo, pero no acertabas en nombrarlo, ni en describir qué era eso que te provocaba tanto placer o te causaba tanta gracia. La memoria te visitaba por instantes. Y podías distinguir entre los recuerdos y la ausencia de ellos, pero nada más, porque pedirte detalles de esos recuerdos ya era mucho pedir. Quien te conociese pensaría que a tu corta edad debía ser muy complicado ser asaltado por reminiscencias breves de tus actos y no al revés, como ocurre con quienes padecen intermitentes lagunas mentales a causa de la senectud.

Comienzas con tanta euforia tu relato de aquello que eres capaz de atraer mi atención por dos minutos, pero en el momento más emocionante, se dibuja esa sonrisa en tu rostro, como si ella fuera el borde del recuerdo antes de desvanecerse en el vacío. Uno sonríe al verte, pero después de tanto insistir en que rebusques en tu memoria, terminas por admitir que ya no hay nada más, aunque la sonrisa permanece.

memoria

¿Cómo alguien puede olvidar un instante tan agradable, emocionante, o feliz? Por si fuera poco, no parece contrariarte esa reflexión, a pesar de que la memoria selectiva suele rescatar los recuerdos agradables y borrar los momentos indeseados, dolorosos, frustrantes o desagradables.

Hasta que admitiste que te sentías “amputado”. Ésa fue la palabra que empleaste. Decías que era como si te faltaran partes y te comparabas con un rompecabezas viviente. Cuando me pediste que te prestara mis recuerdos, me quedé helado. “Será sólo por un momento- insististe- mientras termino de contar mi historia”.

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