ENBATA/GALERNA

Enbata o galerna. ¿Qué carajos era eso? Habría que descubrirlo de la manera más absurda: siendo víctimas de ella. Después de un arduo día de investigación en la biblioteca, improvisamos una tarde de vinos en Ondarreta, la playa que está cerca de la universidad. Aquel había sido uno de los días más calurosos del verano, así que el cuerpo ameritaba una estancia refrescante frente al mar. Cuando nos acercamos, ya se observaba detrás del monte Igeldo una enorme masa no gris, sino negra, que se aproximaba movida por una ligera brisa de aire caliente. Se escuchó a alguien decir en la playa, “¡viene la galerna!”.

galerna
Nos acomodamos sobre la arena, comimos los calzones de jamón y queso que compramos en Pizza Berri y abrimos unas latas de cerveza. Allí nos esperaban las chicas que también bebían cerveza y comían nachos con salsa. En un instante, la brisa se tornó más violenta, provocando una desbandada de bañistas. ¡Enbata!¡Galerna!¡Enbata!, gritaron algunos en la huida ¿En…dónde? Pero no corrimos, aguardamos allí, pensando ingenuamente que la ventisca era pasajera, mientras veíamos a la gente abandonar la mar, despavorida. Transcurridos cinco minutos, nosotras éramos las únicas a quienes la galerna/enbata, había de jugar una mala pasada. La arena se agolpaba en nuestros rostros y el viento no dejaba de soplar, mientras gritábamos y nos cubríamos el rostro con las manos intentando evitar el azote de la susodicha galerna en la piel. Íñigo, el único que sabía de memoria las peculiaridades de aquella eventualidad, también permaneció con nosotras, pero no nos advirtió de su ferocidad. El choque de una masa de aire frío del noroeste, con una masa de aire caliente, provoca este fenómeno casi endémico de las costas del Cantábrico. En unos diez minutos la temperatura puede descender hasta 12 grados. Decidimos huir cuando nos sentimos como masas de carne rebosadas en arena, listas para ir a la freidora, nunca mejor dicho. La arena también se diluyó con nuestras bebidas. Ni nuestras ropas, ni nuestras pertenencias se salvaron de la invasión de la arena. De alguna manera penetró en nuestras mochilas, y nuestras prendas más íntimas. Hasta el más recóndito lugar de nuestro cuerpo contenía los restos de la enbata. Nos reíamos de nuestra torpeza, y después de ir al baño a despojarnos un poco de la arena que nos poseyó, Íñigo y yo evocamos aquel monumento en Gaztelugatxe, en memoria de los 143 pescadores muertos durante una galerna en 1912, con la leyenda “otra vez la galerna maldita ha inmolado la sangre de los pobres pescadores de Bermeo”. Sin lugar a dudas, la lección había sido aprendida.

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