POLIFONÍA

Expresionismo

Desperté, pero aún está oscuro. Aunque esa oscuridad tan profunda no es común, nisiquiera en los días nublados. Tengo la garganta reseca. Con cada respiración parece como si estuviera tragando arena. Como siempre, no supe ni en qué momento pesqué este resfriado. Me gustaría beber un poco de agua, a ver si se pasa este malestar, es sólo que con tanto peso encima no me es posible enderezar el cuerpo. Mucha gente cuenta eso de que se les sube un muerto cuando duermen, y no se pueden mover. A mi nunca me había pasado, hasta ahora. Creo que tengo los ojos abiertos. Digo que creo porque aún así, no veo nada. Con la mano alcance a notar la cabeza de alguien. Tal vez la cabeza del muerto que dicen que se le trepa a uno. Pareciera que hace mucho tiempo que estoy así, tal vez días, o meses. Ojalá mañana pueda descansar mejor, ahora sólo quiero un poco de agua, por favor.

****

Paletada tras paletada sellaron la fosa humeante. Uno de los mercenarios, de mediana estatura, fornido, de cabeza rapada y tez bronceada, se colgó los rifles, mientras el otro, de más baja estatura, pero de complexión fibrosa y voz enérgica, recogió las herramientas para subirlas a la camioneta. Su parte del trato estaba cubierta.

Los 25 hombres, atados de pies y manos, habían sido obligados a subir la cuesta a punta de pistola, después de caminar descalzos por la terracería unos tres kilómetros. Decir hombres es retórica, pues el rango de edades oscilaba en esta ocasión, entre los 14 y los 28 años. Se adentraron por la vereda que cruzaba un espeso carrizal hasta que vieron un descampado donde podían hacer el hueco. Horas más tarde, cuando el hueco era “suficiente” arrojaron dentro ramas secas, para preparar la hoguera. “¡Aquí se los cargó la chingada!”.

Amoratados y muertos de miedo fueron amordazados nuevamente y lanzados por el impacto de las balas al cadalso. Algunos cuerpos recibieron hasta 30 balas a quemarropa. Echaron diesel y prendieron fuego. Todo estaba fríamente calculado. Cuando la llama comenzó a arder era de madrugada, nadie se daría cuenta de la humareda. Sin embargo, la lluvia no estaba en los planes, así que empezaron a echar la tierra y se largaron.

Aquello era un caldo pútrido que se delataría a los pocos días. O no. Pero de los asesinos, ni rastro. Quizás pasarían meses o incluso años, para que alguien descubriera aquella fosa. Desde los años de la guerra sucia, nadie se adentraba en aquella zona de la montaña, pues suele haber “halcones” vigilando alguno de los accesos.

* * * *

“Hay células que operan con total impunidad, pero acá, el que la hace la paga”, se escuchó decir a uno de los sicarios al que le decían el “Ronco” y que muy frecuentemente se amanecía en aquella cantina de mala muerte. “No es legal eso de matar a gente inocente, aunque eso uno no tiene manera de controlarlo ¿verdá güerita? Pero eso sí, ojo con andar de soplones cabrones, porque me los chingo”.

Decía que las venganzas, para que surtieran efecto, debían tener una dosis multiplicada de saña y crueldad. Eso significaba que lo de ojo por ojo, había quedado atrás. “Sólo así aprenderían a no meterse en los negocios de uno”.

Luego cuando bebía demasiado le daba por contarle a las muchachas cómo había aprendido a “cocinar” carnitas en su trabajo. Las muchachas intrigadas no alcanzaban a comprender que “cocinar” era una técnica muy utilizada (tanto, que hay quien afirma que se aplica en el 80 por ciento de las desapariciones) en el medio criminal para disolver los cuerpos de las víctimas en ácido sin dejar rastro alguno, excepto restos de grasa.

Al fin de cuentas, los que se atrevían a superar el hermetismo, porque su caracter así se los exigía, decían que matar estaba justificado. “Al traidor, muerte”, una consigna por la que los capos de la droga se adjudicaban el poder de juzgar los más altos valores, entre ellos la lealtad, de manera que cumplir órdenes prometía ser el único pasaporte para un desempeño seguro en esto del narcotráfico.

Aunque las bandas criminales suelen tener su sello distintivo en los “ajustes de cuentas”, han demostrado que existe un abanico de posibilidades para exhibir la saña de la que son capaces durante o después de las ejecuciones. En el peor de los casos, no queda rastro de las víctimas, ya sea porque fueron a parar a una fosa clandestina, al lado de muchas más, o porque fueron disueltas. La advertencia es clara. De los “daños colaterales”, mejor ni hablar.

* * * *

Lo primero que hizo Jacinta fue acudir a la comisaría del pueblo. Le pidió a su sobrina que la acompañara para no ir sola, porque sabía por versiones de otros conocidos, que de la policía no había que fiarse. Pero no se puede vivir con miedo. Se trataba de su hijo, así que no le quedaba otra opción. Se presentó para declarar cómo delante de sus ojos, dos individuos con el rostro cubierto “levantaron” a su hijo Manuel y lo subieron a un taxi sin placas. Habían transcurrido casi dos días de aquello.

“Se lo ruego, prométame que lo van a buscar”. El agente, nisiquiera la miraba. Sonrió con desaire y reprodujo el argumento que exhibe la total deshumanización de la justicia en este país, la colusión de las autoridades con el crimen organizado y la sistemática criminalización de las víctimas, como si la angustiosa incertidumbre de una madre no fuera suficiente. “Con lo que usted nos dice no podemos hacer mucho, señora, pero eso sí le digo, la gente no desaparece así como así, seguro que su hijito andaba en malos pasos.”

“¡Vámonos madrina!, espetó la sobrina y agarrada del brazo de su tía, salieron sin despedirse. Jacinta estalló en llanto en cuanto doblaron la esquina. “¡Infeliz, desgraciado!”, gritaba, aunque sabía que el funcionario no la escucharía hasta su despacho, ni sus inocentes imprecaciones surtirían algún efecto en el podrido sistema judicial. “Ojalá nunca te desaparezcan a un hijo”, masculló Jacinta, y se le atragantaron las palabras de golpe.

* * * *

En el ámbito de la fuente policiaca se decía, en un intento de reivindicación, que la nota roja era la sección de política en la que los pobres eran los protagonistas. Había quien pensaba que sólo la gente con adicciones, las prostititas, los alcohólicos y los delincuentes morían en circunstancias violentas, omitiendo por supuesto, los accidentes. Nada más descontextualizado, pues delincuentes los hay de todos los estratos sociales. Pero además, leemos en la nota roja de los periódicos que los daños del crimen organizado alcanzan a profesores, campesinos, inmigrantes, obreros, panaderos, recolectores, estudiantes, cocineros, choferes, albañiles, empresarios y empresarias de todo tipo, músicos, periodistas, adolescentes, infantes, mujeres embarazadas, y un largo etcétera.

La muerte nos llega a todos, eso es verdad, aunque nadie aspira a una muerte violenta, mucho menos debido a la mala fortuna, ésa que hace que alguien esté en el lugar y el momento equivocado.

¡Qué flaco favor llegamos a hacerle los periodistas al crimen organizado! En medio de esta escalada de violencia, íbamos reproduciendo el discurso del narcotráfico y además éramos portavoces de sus fechorías, en una narrativa similar a la de los mesteres de juglaría, enalteciendo indirectamente sus deleznables hazañas. Mediante ese lenguaje eufemísticamente violento y delictivo también empezábamos a normalizar el estado de las cosas. Y no se trataba de minimizar las circunstancias, sino de llamar a los actores y los hechos por su nombre, sin perder de vista el contexto histórico y social.

Aunado a lo anterior, teníamos que protegernos entre nosotros, porque sabíamos que las autoridades jamás lo harían en tanto no blindáramos sus cotos de poder, su ineficiencia y su impunidad. Hacerlo significaba dejar de hacer periodismo, no hacerlo implicaba el gran riesgo de dejar de existir y con ello, dejar de ser periodistas. Fue así que empezamos a organizarnos.

* * * *

Dicen que cuando entierras una semilla, si la tierra es buena, dará frutos. Pero cuando entierras cadáveres, nada de eso se puede esperar. La muerte sólo genera más muerte, y ahora esto se ha convertido en un inmenso sembradío de cuerpos sobre el que pisan indiferentes esos del mal gobierno.

Nosotras no podíamos seguir esperando a que las autoridades hicieran su trabajo para devolvernos a nuestros hijos. Desde hace tres años la poca información que tiene la procuraduría nos la da a cuenta gotas y eso si nos atiende, que es casi nunca.

Una como madre nunca pierde la esperanza. La verdad ya no tenía nada qué perder cuando nos embarcamos en la búsqueda de fosas clandestinas al lado de otras madres y padres que como a mi, les habían arrebatado a sus hijos o algún familiar. Nos dejamos guiar por la intuición y por algunas pistas que nos dieron los forenses. Cuando vemos tierra suelta y sin vegetación, es la primera señal. Luego hundimos una vara y si huele mal, hay que empezar a escarbar.

****

Conocí a Jorge y a su hermano la primera vez que visité la normal rural. Cuando entramos al albergue que era el punto de reunión, experimenté después de tantos años la cálida hospitalidad que te brinda la gente de las comunidades mexicanas.

A grandes rasgos Jorge es un chico muy listo, atento, introvertido, de mirada noble, servicial y con raíces nahuas muy arraigadas, por las que siente profundo orgullo y respeto, algo que es capaz de transmitir.

Un par de meses después, volví y Jorge acababa de perder a su hermano. Ellos lo habían matado en un ajuste de cuentas, decían. Por eso Jorge quería terminar de estudiar y después irse a un lugar donde no hubiera tanta gente mala.

Cuesta entender cómo muchas familias se ven obligadas a convivir con la delincuencia organizada y casi siempre, la posibilidad de elegir brilla por su ausencia. Aquella gente había arribado armada hasta los dientes a “negociar” con los agricultores del maíz. Les pidieron que sembraran amapola y en pago recibirían cinco veces más que lo que suelen ganar cultivando el grano. Así lo hicieron las seis familias de aquel pueblo de la montaña y los vecinos de los pueblos aledaños les imitaron. Además de que la oferta era tentadora, no podían negarse. Hacerlo significaba la muerte y la de la propia familia.

De esta manera, las familias más pobres son forzadas a ceder sus tierras o a cambiar sus cosechas al servicio de la delincuencia organizada. En el mejor de los casos son desplazados de sus territorios con el modus operandi de cualquier trasnacional. Los que se quedan a servir al narco, viven a merced de ellos.

* * * *

Ante la avalancha de muertes y desapariciones, más de un medio de comunicación ha titulado en alguna ocasión que “México es un país que mata a sus jóvenes”. Los mata en sentido figurado, porque las políticas públicas orillan a este sector a la precariedad laboral, extinguiendo además los lazos de solidaridad. En sentido estricto, porque las estadísticas de muertes violentas y desapariciones en el país se ubican en el mismo rango de la población económicamente activa.

El mismo escenario se replica día tras día en distintos puntos de la geografía mexicana, con el denominador común de una muerte en la clandestinidad.

En los casos de desaparición forzada, la magnitud del problema es aún peor. Los jóvenes son “levantados” en distintas circunstancias. En ciertos casos se llegó a localizar el vehículo de la persona desaparecida, o bien, fue posible recabar algún testimonio sobre los posibles captores. Y nada más. En esta coyuntura de desapariciones forzadas no existe un registro fiable, ni sistematizado del número de personas cuya ausencia fortuita fue denunciada ante las autoridades, e inclusive, hay familiares que han evitado las denuncias por miedo. Y no les falta razón.

La ausencia de algunos pasará desapercibida, porque nadie los busca, mucho menos el Estado. Pero la mayoría tiene familiares que prosiguen con el angustioso peregrinar entre comandancias de policía, hospitales, parroquias, procuradurías de justicia, abogados, instancias defensoras de derechos humanos, asociaciones y organismos no gubernamentales, dejando a su paso el rastro de una herida que no cerrará en mucho, mucho tiempo. Porque la experiencia de vivir en un sistema de impunidad así lo determina. Sin embargo, ellos no descansan.

Anuncios