SUEÑOS CON IVA

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Se atrevieron a cobrarnos por beber agua, por utilizar la energía solar para el autoconsumo, por el tiempo que pasábamos en el retrete, por ocupar los espacios públicos, por cada ventana en nuestras casas, por cultivar nuestros propios alimentos, por hablar y por callar, por si fuera poco, llegaron a cobrarnos hasta los centímetros cúbicos de aire que respirábamos por minuto. Menos mal que soñar aún es gratis. ¡Imagina si se cobraran los sueños!

Pero eso era antes. Desde hace unos años, alguien decidió que los sueños también eran una carga para el erario público, por eso, si antes los sueños no eran obligatorios, ahora ni soñarlo, quise decir, ni pensarlo. Peor aún, soñar se grava como artículo de lujo de manera que a nadie le interesa más soñar. Hay quienes ya urden estrategias para evadir el pago de los sueños, porque en ese rubro todavía no hay paraísos fiscales.

Al principio, algunos sueños estuvieron excentos de IVA, los llamados sueños de primera necesidad, pero como resultaba algo tan relativo y muy complicado de dislucidar, no tardó en imponerse la tasa a cualquier género de sueño, por insignificante e iluso que pareciera. Luego estaba el problema de los niños, así que se creó un impuesto comunitario para hacer la declaración conjunta de lo soñado por todos los miembros de una familia.

Los adultos podían justificar de mil maneras que no habían tenido sueños, el argumento más común era que las intensas jornadas laborales los dejaban tan fatigados que la mente ya no les daba ni para soñar. Sin embargo, por su propia naturaleza era imposible negar los sueños de los niños. Para muchas familias, los sueños de la infancia se convirtieron en una onerosa carga, pues es sabido que los niños son unos soñadores natos. Por ese motivo, madres y padres han empezado a obligar a sus hijos a dejar de soñar a temprana edad, de manera que sólo tengan que declarar el mínimo de sueños por familia. La situación ha empeorado tanto que muchas parejas han decidido no tener hijos para no verse en la necesidad de pagar por sus sueños.

Recuerdo cuando las personas se reunían por las mañanas para compartir sus sueños mientras bebían el café. Eran momentos inigualables, porque muchas veces esos sueños servían para levantar el ánimo de la gente antes de iniciar con sus labores. Había sueños que eran verdaderas tramas de película. Muchos otros también eran muy bizarros, tanto, que sembraban la inquietud de los que escuchaban, generando ideas para nuevos sueños aún más estrafalarios. Había sueños en varios idiomas, escenarios verosímiles e inverosímiles, sueños con personajes de la vida real, ficticios o ambos. Había quienes nunca veían el rostro de sus interlocutores en un sueño, o quienes soñaban siempre un mismo lugar o lugares que existían en la realidad, pero que nunca habían visitado. Y por supuesto los que tenían sueños dentro de otros sueños.

En ese entonces parecía que los sueños estaban sobrevalorados, porque en realidad la gente se tomaba muy en serio lo de soñar dormida o despierta. Para el segundo de los casos incluso, ha habido muchas personas que se dejaron la vida en alcanzar sus sueños, como Emily Davison o Martin Luther King. Era pues, una actitud muy loable que hacía que la humanidad se esforzara por ser mejor. También fue una de las principales razones por las que los gobernantes creyeron que la medida representaría una fuente importante de ingresos para las arcas públicas. La realidad es que no fue tan buen negocio como esperaban.

Sin embargo, desde que los sueños dejaron de ser gratuitos, se acabaron las motivaciones y las ilusiones. Menos mal que los recaudadores han omitido escrutar el contenido de los sueños, porque a la mínima, habría hasta un tiempo límite para soñar y hasta habría que programar los sueños para no salirse de los estándares del sistema. Hace tiempo que nadie se atreve a soñar por rebeldía, siguiendo el principio de la desobediencia civil. La humanidad actúa por instinto de conservación y lamento decirlo, pero en ausencia de sueños, su decadencia es irremediable.

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