Pequeña muerte

Cómo saber si había muerto -me pregutaba inquieta-. Es extraño que cuente esto, lo sé, pues a los seres humanos pocas veces les causa turbación este tipo de asuntos. Un día se les ve, al siguiente no, pero a nadie le quita el sueño, excepto a mí. No podía llamarlo por su nombre, pues no le conocía, y seguramente no tendría respuesta. Por otra parte, la prensa no haría eco de una situación tan irrelevante. Tal parece que en estos tiempos de exacerbado individualismo, la pérdida de una vida ha dejado de ser noticia.

¿Será el instinto depredador de nuestra especie el que nos mueve a matar sin pasar por el acto reflexivo? Es posible que así se haya inventado la culpa, aunque no hay manera de redimir tantas cagadas. Lo último que recuerdo es que le di un golpe seco con la toalla y desapareció. No encontré su cadáver por ninguno de los recovecos del baño, pero estoy segura de que no sobrevivió a tremendo embate pues no he descubierto ninguna huella de sus picaduras en mi piel. Lo único que me intriga es no haber visto aún el sepelio de hormigas transportando su diminuto cuerpo.

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