AQUELLAS PEQUEÑAS COSAS

Y la nieve cayó. Habría sido un acontecimiento ordinario si no se tratase de una ciudad del mediterráneo con un clima cálido y temperaturas que en invierno suelen mantenerse por encima de los cero grados. La última gran nevada en Barcelona según cuentan los cronistas, ocurrió la navidad de 1962, y años después, en 1999, el otoño se despidió también con una ligera nevada.

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Más tarde, en marzo de 2010, a eso de las once de la mañana, un amigo me llamó al móvil para decirme que estaba nevando en la ciudad. Él también estaba sorprendido y se escuchaba emocionado, sin embargo, aunque el día continuó gris, sólo caía aguanieve y no existía la certeza de que la tarde nos obsequiara la tan ansiada postal de Barcelona blanca.

Bajé tarde a comer al restaurante O’Tubo, que estaba junto a nuestro portal. Como clientes habituales sabíamos que en ese sitio la mayoría de los camareros son de origen filipino. A excepción de dos o tres meseros veteranos, los cocineros y el resto del personal procedían de aquel clima tropical.

A esa hora, la carpeta de asfalto, humedecida por al aguanieve empezó a tornarse blaquecina. Como niños pequeños comenzaron a hacerse todo tipo de fotografías con el móvil, mientras los copos cuajaban. -Es que en Filipinas nunca nieva- nos dijo el camarero catalán que no entendía por qué estaban tan emocionados el resto de sus compañeros, todos ellos originarios de aquel país insular.

Yo estaba feliz de ver cómo por fin, la nieve pintaba de blanco las calles de Barcelona, pero también sentía gratitud porque aún existían personas como los filipinos del bar, que se ilusionaban por esas pequeñas cosas.

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