OTRA PUERTA DE ÁFRICA

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Nidos gigantes

Me preguntaba qué nidos eran esos tan enormes que se posaban en las lámparas del aeropuerto de Orán. Fantaseaba creyendo que las aves intentaban cohabitar con esas otras aves gigantescas que despegaban del aeródromo y por eso hacían sus refugios tan grandes. Apenas clareaban los primeros rayos de sol y de inmediato su tamaño llamó mi atención. Parecían fuera de lugar, aunque seguramente era a la inversa. Deben ser nidos de…¿cigueñas? -pensé-.

Orán fue la puerta de entrada a mi primera vez en el continente africano, de aquello hará unos diez años. El mítico puerto argelino era la escala al volver de Tindouf, donde se encuentran los campamentos para refugiados saharauis que huyeron del exterminio orquestado por el reino alauita. En medio de esa bruma matinal, vinieron a mi mente las imágenes inquietantes descritas por Camus en L’etranger. Sentí un vuelco en mi interior, pues a decir verdad, Orán no es un puerto que se caracterice por la ebullición de extranjeros, como sí lo es Tánger. Por lo menos esa fue mi primera impresión. Es lo que se dice, un lugar de paso e inmediatamente la gente parecía distinguir que no éramos oriundos del lugar. Sin hablar árabe, y con dos frases mal pronunciadas en francés, yo y mi acompañante iniciamos una jornada de supervivencia en aquel lugar. Pedimos a un taxista, quien pareció comprender nuestro inglés mejor que los dos anteriores, que nos llevara a buscar un alojamiento “barato”. Después de visitar dos sitios que dejaban bastante qué desear, terminó llevándonos a las puertas de un lujoso hotel llamado “Hotel President”. Seguramente el taxista percibió el nerviosismo en nuestro rostro, pero también nuestra fascinación por el lugar. Mi compañero bajó a preguntar si había sitio y tras una respuesta afirmativa, regresó para pagarle al taxista. Cometió el tremendo error de sacar el billete más grande de la cartera sin preguntar antes cuánto nos cobraría, así que el hombre se tomó la libertad de coger el billete y voilá. “It’s ok” fue su respuesta. El hombre debió suponer que si estábamos dispuestos a pagar una noche en lo que podía considerarse uno de los mejores hoteles del puerto, podríamos pagar lo que fuera por el recorrido.

Abandonamos el taxi con la sensación de haber sido estafados. Pero no hubo tiempo para lamentarnos demasiado, estábamos tan cansados, que después de una merecida ducha dormimos hasta después del mediodía, sin contar la irrupción de una camarera de piso quien no había sido informada de que habíamos ocupado la habitación. Aunque había demasiada humedad en el ambiente, la habitación estaba climatizada y además era bastante cómoda, lo cual agradecimos después de una semana de calor extremo y seco en el desierto que paliábamos con un rudimentario aparato de aire acondicionado, el cual expulsaba aire caliente, acompañado de minúsculas partículas de arena, que amanecían acumuladas en pequeñas dunas.

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Al fondo el Fuerte de la Santa Cruz

Tras el incidente de la camarera, caímos en un profundo sueño. Al despertar, salimos a buscar algo para comer. Nos dejamos llevar por la intuición y caminamos sin rumbo definido hasta que encontramos unos deliciosos kebabs de ternera con patatas. Los devoramos en un instante, y acto seguido fuimos a buscar lo más parecido a un bar en el Paseo Marítimo. Los clientes estaban divididos en chicos por un lado, y jovencitas por el otro, a excepción de un grupo de cuatro chicas y un joven. Todas las personas allí reunidas bebían té o café, cero alcohol, así que cuando mi compañero se atrevió a preguntar si había cerveza (por si las dudas), nos lanzaron varias miradas suspicaces como dardos. Durante nuestro recorrido por el malecón de Orán, los transeúntes nos observaban como extraños que éramos, ya que lejos de los franceses, no parecían estar habituados a la presencia de latinoamericanos trigueños en su territorio.

Decidimos ir caminando hasta un fuerte que se veía en la lejanía, sobre una colina situada al final del malecón. En un punto de nuestro recorrido nos adentramos en un barrio con varias escalinatas. Subimos y bajamos varias veces, desembocamos en alguna callejuela donde había un grupo numeroso de jóvenes pateando un balón, y más adelante había otros chicos reunidos fumando y charlando. Claramente el espacio público era ocupado por varones. Nuevamente, las imágenes de L’ etranger se sucedieron en mi mente.

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Lo más cerca que estuvimos del Fuerte de Santa Cruz

Como llevábamos la cámara, era fácil atraer las miradas de la gente del barrio, y una sensación de incomodidad se apoderó de nosotros. Aceleramos el paso pues el sol empezaba a ocultarse y antes de continuar subiendo por la colina, encontramos un letrero que anunciaba que el denominado Fuerte de la Santa Cruz, había cerrado sus puertas a las cinco de la tarde. Volvimos sobre nuestros pasos nerviosos y agitados, hasta llegar al paseo marítimo, donde se respiraba más tranquilidad. Había oscurecido y no sabíamos cómo volver al hotel, pues las calles no tienen rótulo, ni nombre. Pedimos orientación a un policía quien amablemente nos indicó el camino en su precario francés mezclado a nuestro pobre entendimiento del idioma.

Al día siguiente, visitamos el Museo de Historia Natural de Orán e hicimos un breve recorrido por las calles del centro de la ciudad. Antes de continuar la marcha nos dirigimos de nuevo a la Comandancia de Policía para preguntar por un mapa de la ciudad, pues no queríamos llevarnos otra sorpresa como la del día anterior. Nos indicaron el muro que estaba frente a la puerta de entrada, donde había un enorme plano del puerto. Lo primero que se nos ocurrió fue dibujar el mapa de la ciudad en un cuaderno, aunque después recapacitamos en el hecho de que las calles no tenían nombre. El boceto nos serviría para orientarnos un poco si señalábamos la dirección donde se ubicaba el hotel, la comandancia de policía y el puerto como puntos de referencia.

La mañana fue provechosa, aunque más relajada que la tarde anterior. Sin embargo, no hubo tiempo suficiente para encariñarnos con la ciudad, pues en breve tendríamos abordar el ferry que nos llevaría de regreso a Alicante.

Aunque no he vuelto a Argelia desde entonces, las futuras visitas a Marruecos y Túnez no fueron menos  emocionantes, apasionantes e inolvidables.

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