CON NOMBRE DE MUJER

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En una clase de Ciencias Naturales, una de mis compañeras me preguntó entre susurros, si yo había salido de un ébano, porque tenía la piel del mismo color. Las dos estallamos en una sonora carcajada. Cuando era más pequeña me encantaba mirarme al espejo y lamer mi piel. Después de un rato de fantasiosa contemplación, cerraba los ojos y sonreía. Mamá insistía que nuestro tono de piel era único y hermoso, por tanto debía sentirme siempre orgullosa de llevar tan bello tapiz sobre los huesos. Quizás lo decía porque nuestra nueva vida no estaría exenta de contrastes, sobre todo en una sociedad tan cosmopolita como ésta.

Hasta ese día no recordaba nada del éxodo. Éramos unas crías todavía. Mi padre me llevó sobre la espalda todo el tiempo, mientras mi madre acunaba a mi pequeño hermano aún sin destetar, en sus brazos. A veces, en sueños, se suceden imágenes difusas de unos atardeceres que tiñen de escarlata las extensas llanuras de la sabana, de mujeres erguidas llevando sobre sus cabezas el agua a sus respectivas chozas, de niños bailando al compás del djembe, y de los enormes morteros donde mi madre molía el mijo para el pan.

Mamá ¿y cómo es la sabana? -pregunté-. ¿Ya no te acuerdas? Lo que parecía un reproche fue una invitación para que mi madre evocara su infancia. La sabana -me dijo con sus grandes ojos llenos de nostalgia- es el lugar donde empieza y donde termina la vida.

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