APETITOS PELIGROSOS

-Dígame, qué va a ordenar caballero- inquirió el joven con una excesiva amabilidad que me pareció chocante.

-¡Le ordeno que se vaya!- dije, intentando disimular mi agitación.

-Lamento decirle, caballero, que si no va a ordenar nada el que tiene que marcharse es usted.

Aquella naturalidad me exasperaba aún más. Me sentí avergonzado.

-Lo siento, en verdad, no quería ser grosero es sólo que…

Se hizo un breve silencio cuando me atreví a mirarle a los ojos. Empezaba a creer que todo había sido una perfecta estupidez. En realidad sí, lo era.

Ese día salí a correr como suelo hacerlo desde hace unos siete meses. Es una disciplina que me impuse porque comprobé que el ejercicio físico me daba mayor lucidez a la hora de dibujar o pintar. Así que, entrados en la rutina, me calcé las zapatillas y me marché.

Había pensado que podía almorzar fuera después de ducharme, pues hacía un día estupendo, pero algo me distrajo más de la cuenta por lo que, si volvía al piso para ducharme me retrasaría el hambre. Y para mi no hay cosa peor que contener el apetito después de correr, es algo que me desquicia por completo.

Me senté un momento en una banca del parque. A esa hora hay muchísima gente paseando por allí, la mayoría oficinistas que salen a comer y aprovechan para descansar al aire libre. Decidí que era hora de buscar dónde almorzar. No quería ir al restaurante de siempre, así que empecé a caminar por un rumbo poco explorado por mí. Seguí por la avenida y después giré dos calles hacia la izquierda. Allí me di cuenta que él me seguía.

Supe que aquel hombre no descansaría hasta alcanzarme, pues en dos ocasiones por lo menos, bajé el ritmo en mi andar pero no fue capaz de rebasarme. Tampoco me atreví a encararlo. Me sentía indefenso con mi chandal y mis zapatillas deportivas.

Decidí que lo que tenía que hacer era todo lo contrario, así que continué andando, ésta vez con un ritmo acelerado, pero sin parecer frenético. Sentía que un sudor frío empezaba a recorrer mi espalda y el ritmo de mis palpitaciones se aceleró a tal punto que se confundía con los ruidos del tráfico. Pensé en entrar a la librería para que aquel hombre me perdiera de vista, pero estaba tan alterado que cuando tomé la decisión me encontraba dos portales más adelante. En la siguiente calle había una verdulería, aunque no había casi gente y temí que el dueño me reclamara por no comprar nada. Tenía que entrar a algún sitio o perderme con la muchedumbre, es sólo que esa parte de la ciudad solía ser bastante tranquila y las calles estaban desoladas.

Miré hacia atrás con disimulo y el hombre se estaba aproximando. Me sentí desfallecer. A pocos metros vi un cartel con el menú del día y ya sin dudarlo me introduje al restaurante, observé si había algún lugar vacío y tomé asiento. En eso estaba cuando ese hombre cruzó el umbral de la puerta. Saludó con familiaridad a los comensales de la barra y al camarero. Luego desapareció al fondo del local. Instantes después se acercó a mi mesa mientras se ajustaba el lazo del delantal para tomar mi orden.

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