¿ALGUIEN HA VISTO A GREGORIO?

PARTE 1 DE 3

El día en que Gregorio Samsa tocó a mi puerta quedé pasmada. No pude negarle la entrada, aunque fue tan terrible la impresión que llegué a sentir vértigo. De sus particulares chirridos mezclados con vocablos que sonaban huecos y alargados, pude comprender que su hermana lo había ayudado a escapar antes de que su familia lo dejara morir de hambre. El resto de sus conocidos pensaba que un ser como él no merecía vivir. Llegaron a insinuarle el suicidio como solución, y él decepcionado pensó en mí como última alternativa.

Cuánta arrogancia, reproché después de escucharle. Gregorio era un ser vivo como ellos, una gentil persona, según recuerdo y esa repentina metamorfosis pudo acontecerle a cualquiera de nosotros, yo incluida. No fue cosa de venganza o de castigo divino como esas cosas que luego inventa la gente para explicar lo que no entiende o no le afecta. Lo de Gregorio era un asunto de empatía, habría que ver nuestra reacción si cierto día al despertar nos damos cuenta que nos hemos convertido en una alimaña.

Al principio, cómo no, Gregorio estaba tan o más confundido, como yo lo estoy ahora. La súbita mutación fue sólo anatómica, porque el hecho de que nos estuviéramos comunicando, aunque con dificultad, demostraba que su pensamiento había permanecido intacto. Probablemente, aunque eso no podíamos saberlo con exactitud, perdería paulatinamente las últimas funciones humanas que le quedaban para ser íntegramente un escarabajo.

Conocí a Gregorio cuando éramos agentes comerciales en los grandes almacenes de la ciudad, aunque yo tuve que dejar el trabajo a los pocos meses para cuidar a las crías. Hacíamos un buen equipo: él realizaba los viajes comerciales, yo en cambio concertaba sus entrevistas y cerraba los tratos con sus clientes por correo, por ello coincidíamos casi a diario. Era un tipo bastante introvertido, pero muy inteligente y prudente, una virtud escasa en los últimos tiempos. Digamos que llegamos a ser muy buenos compañeros de trabajo.

Le dije que podía permanecer en casa el tiempo que necesitara. Mentí. Si tan sólo se hubiera transformado en cualquier otro insecto. ¡Pero un escarabajo! De todas las variedades tuvo que adoptar la forma que más se parecía a las cucarachas, y yo tenía una fobia extrema hacia esos bicharrajos rastreros.

Había pensado que quizás, si hubiera una manera de reducir su tamaño, podría mantenerlo en un lugar alejado de los espacios comunes de la casa, sin riesgo de incomodar a mi familia con su presencia. Era una lástima que lo de la lavadora no fuera una opción, pues seguramente se ahogaría sin haber encogido siquiera sus finas patas.

Le pregunté si me permitía darle una ‘manita de gato’ mientras encontrábamos una solución al asunto del tamaño. A Gregorio parecía no importarle. En realidad cualquier interpretación que pudiera hacer de los odiosos sonidos que emitía el nuevo huésped, sería favorable a mis intenciones de desaparecer a Gregorio. Lo de desaparecer, lo digo en sentido figurado, me refiero a cambiarle el formato.escarabajo-2

Empezaría por camuflar el tono opaco de su cascarón. Busqué un aerosol color verde, como el de los ‘mayates’ y antes de seguir la maniobra, cubrí los ojos de Gregorio con film de cocina cuidando de no hacerle daño, para después rociar su cabeza y su caparazón. En cuanto al vientre, decidí que se mantendría tal y como estaba. Temía que girarlo patas arriba fuera una postura que le dificultara la respiración. Además habría tenido que tocarlo, y siendo honesta prefería evitar el contacto directo a menos que fuera muy, pero muy necesario. Ahora su piel tornasolada lucía un toque de elegancia que me disgustaba menos. (CONTINUARÁ….)

https://ahuanda.wordpress.com/2016/09/04/alguien-ha-visto-a-gregorio-2/

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