SEGURIDADES

PRIMERA PARTE

telefono

Pensaba que mi papá era comerciante. Cuando había oportunidad y me lo preguntaban mis compañeras o la gente del pueblo, con la que hablábamos -no muy a menudo-, yo repetía con gran emoción “¡¿sabían que mi papá es comerciante?!”. Ellos ni pío, igual sentían envidia, no sé.

Aquella vez estábamos reunidas mi tía, mi madre, mi padre, algunos de mis primos y yo en la casa de campo que teníamos. Mi papá insistía siempre con un tono muy serio, que no invitara a nadie a la casa, por seguridad. Pero no entendía muy bien por qué. Tampoco me quedaba muy claro eso de la seguridad. Simplemente obedecía y ya. Cuando a mi papá le sale el mal caracter se pone muy feo y a mí no me gusta, así que prefería hacer lo que me pedía. Es sólo que me aburría en esa casa tan grande yo sola. Es lo malo de no tener hermanos.

Mis primos se entretenían fácilmente con los videojuegos. Hacían jornadas maratónicas y hasta parecía que podían sobrevivir sin comer, ni dormir, siempre y cuando no perdieran. Eso a mi no me hacía mucha gracia. En el internado nunca nos hubieran permitido usar videojuegos tanto tiempo, pero las monjas decían que, por si las dudas, nada de videojuegos. Además, cuando mis primos me prestan la consola, luego luego me pongo muy nerviosa con la música, siento como si me obligaran para avanzar lo más rápido posible y con tantísima presión, termino perdiendo. Yo pienso que la música es la villana de los videojuegos.

Me pregunto por qué mis papás me habrían enviado al internado. Aunque las monjas siempre fueron muy gentiles conmigo, mis compañeras eran bastante fresas, me caían mal y casi no tenía amigas, una o dos, como mucho. La nana me consuela diciendo que mi mamá tiene que viajar constantemente, y mi papá tiene mucho trabajo, por eso no me pueden cuidar. Ahora la nana es quien me hace compañía, y la casa de campo pasó a ser mi hogar. Nora es muy dulce, aunque también es muy desconfiada, pero creo que a mí me lo cuenta casi todo.

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El otro día me habló de su marido, de cómo lo echó de su casa “por las buenas” decía, porque lo encontraba todo el tiempo borrachísimo en una cantina que estaba cerca del mercado. Me contó que le daba muchísima vergüenza cuando le avisaban que su esposo estaba otra vez allí, que si por favor iba por él porque se había meado en los pantalones y cosas por el estilo. Hasta que se hartó y chau. Así es Nora, cuando dice blanco, es blanco, y cuando es negro, pues es negro. Pero me hace reír con sus anécdotas, como cuando me contó que a mi edad se metía a espiar el consultorio de su abuelo que era dentista, y aunque los pacientes se daban cuenta de su presencia porque les hacía gestos graciosos, no podían gritar ni reírse, ni nada.

Pues como les decía, ese día estábamos en la casa de campo cuando llamaron a mi papá por teléfono y luego, todas se pusieron súper nerviosas. Mi tía me ordenó que me fuera con Nora a la habitación y que me entretuviera leyendo o algo, pero que no saliera. Yo me molesté muchísimo porque no me dejaron nisiquiera terminar la hamburguesa que me estaba comiendo, además, cuando estoy aburrida no me gusta encerrarme en mi cuarto. Nora no habló, sólo me tomó de la mano y se quedó jugando conmigo en la habitación.

Mi mamá apareció después de un rato con un yogurt para mi y unas galletas. Nora la miró, se levantó y se fue. Estaba muy enojada todavía, pero tenía hambre, así que me zampé las galletas y dejé el yogurt para luego. Mi mamá me dio un beso en la cabeza y me dijo que si quería ya podía bajar, que mis primos ya se iban. Le pregunté qué pasaba, por qué me habían castigado así, si no había hecho nada malo. “No has hecho nada mi niña, lo hacemos por tu seguridad”, me contestó. Otra vez la dichosa seguridad. ¿Así serían las madres y los padres con todos los niños?

Llegué a pensar que el teléfono era un arma muy peligrosa pues asustaba a la gente con sólo timbrar, por eso siempre tenía apagado mi celular, así reduciría riesgos.

Me había propuesto hablar sobre el tema con Nora. A los ocho años, una ya se da cuenta de muchas cosas. Nora, aunque no había ido a la escuela, siempre tenía una respuesta para todo, era una nana muy lista.

Cuando era más pequeña, mi mamá decía que podría tener todo lo que yo quisiera. Le dije que quería viajar como ella, así que empezó a traerme muchos libros en donde se hablaba de todos los lugares posibles. No estaba segura si existían o no, pero a veces, con sólo mirar las fotografías o las ilustraciones imaginaba que estaba allí.

Después de que me sacaron del internado y Nora vino a cuidarme, dejé de ir a la escuela. Mi papá le pagaba a la maestra Elvira y al maestro Leonel con quienes tomaba clases de arte, ciencias y escritura. Además contrató a una instructora para hacer gimnasia por las mañanas. “Mente sana en cuerpo sano” me decía papá. Así que me dediqué a leer mucho, y cada vez jugaba menos, pero cuando podía, me escapaba al arroyo y subía un árbol desde donde se veía mi casa. Cuando Nora empezaba a gritar para saber dónde me había metido, bajaba de un salto y me metía a la casa por la parte trasera, para que Nora no descubriera mi escondite. (continuará…)

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