NADA MÁS QUE PERDER

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Lo que no se puede expresar con la palabra, se expresa con el cuerpo, dice el sicólogo. Como el impulso inexplicable que invade a una persona antes de decidir inmolarse o suicidarse, cuando lo único valioso que le queda, su dignidad, es vulnerada, pisoteada, burlada. Es el caso de Mi Fatiha, una vendedora ambulante de crepas, oriunda de Kenitra, en Marruecos, que en abril de este año se prendió fuego cuando un funcionario no sólo le confiscó el puesto, sino que además le arrancó el pañuelo y la abofeteó. La mujer, se prendió a lo bonzo y murió un día después en el hospital, sin recibir la atención necesaria. El hecho, registrado con un teléfono móvil, inundó las redes sin resultados legales conocidos hasta la fecha.

El suicidio sigue siendo un tema tabú en la sociedad marroquí (y en la sociedad en general), al tratarse de un acto prohibido por el islam, por lo que la cifra de suicidios podría ser mucho mayor de la que se informa en los medios de comunicación, aún más si se consuma como un acto de denuncia ante el abuso o inoperancia de la autoridad.

Recientemente, la sociedad marroquí se ha volcado de nuevo a las calles para protestar por la muerte de un pescador que se abalanzó al camión de basura donde estaba siendo destruido el producto de su pesca. Mouhcine Fikri tenía 31 años y era originario de Alhucemas. Murió triturado y según las autoridades alauitas se investiga si el camión fue accionado intencionalmente por órdenes de la policía que realizó la operación.

¿Y por qué traer a colación estos lamentables hechos? Porque los gobiernos no han entendido que la dignidad de la gente no es moneda de cambio. NO se debe enarbolar una ley en perjuicio de la integridad de las personas, aunque estas vidas, como otras tantas son ya irrecuperables. Y a nosotros, ¿qué alternativas nos quedan ante la desmesurada hostilidad e indiferencia de las autoridades?

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