SEXO, DROGAS Y ROCK AND ROLL O JUSTIFICANDO LA PROCASTINACIÓN

14547609_229378567474035_1242669497706348544_n.jpgSube a pincharse todos los días al piso del vecino de enfrente. Cuando tarda en abrirle, presiona el timbre como si su dedo se hubiera adherido al interfón y sólo hasta que él asoma desde lo alto y le grita “¡para ya, cojones!”, la mujer cierra tras de sí la puerta de golpe y comienza a subir las escaleras balbuciendo frases lerdas o replicando por haberla hecho esperar como siempre. Aunque la “visita” se reproduce día tras día, con alguna variante a veces imperceptible, no puedo evitar interrumpir mi trabajo para concentrarme en los detalles grotescos de la escena que acontece tras la puerta.

En otro lado, desde el patio interior se cuela el sonido de una radio. Cuando duermo con la ventana abierta, la radio se anticipa a despertarme antes incluso, de que lo haga la luz que se filtra por la persiana. El responsable es un hombre mayor que habita en alguno de los edificios que circundan el patio interior, y hace sonar el aparato desde tempana hora. El patio interior, mejor acústica imposible, amplificación total. Descubrí de dónde procedía la emisión porque antes del almuerzo el hombre cierra la ventana de la cocina, donde seguramente yace el aparato y al instante la radio cesa su parloteo. Su piso luce avejentado, empezando por las persianas despostilladas de madera. Se percibe claramente el muro de donde cuelgan los utensilios de la cocina, como cucharones y cuchillos. Desconozco si vive sólo, pero lo he sorprendido más de una vez arrojando desde esa misma ventana las colillas y los restos de tabaco de su cenicero. La locución me parece familiar y el repertorio es casi siempre el mismo: canciones que sonaban hace más de veinte años en voz de Roberto Carlos, Ana Gabriel, Luis Miguel, Juan Gabriel, Mocedades, Mecano, Miguel Bosé, José José, Camilo Sesto, incluso el mismísimo Silvio Rodríguez protagoniza una sección en la programación. Empiezo a tararear las canciones que me son familiares, así que por más que intento retomar la escritura, me resulta imposible.

Decido que lo mejor es salir a deambular un poco para aprovechar las pocas horas de luz que nos conceden los días de invierno. La escritura puede esperar.

Finalmente, cuando el ocaso apaga el escenario del otro lado de la ventana, retomo mi trabajo y me dispongo nuevamente a escribir. De pronto se escucha una especie de martilleo en el techo de la habitación. Después los gritos de ella y menos audibles, los de él, el golpeteo en el techo se acelera y en seguida algo como un tortazo en el culo de alguien, suena en segundo plano. Ella cesa los gemidos y tras un instante de silencio, comienza una especie de cachondeo y risas por duplicado.

Se desprende la madrugada, pero aún no es momento para la concentración, pues me interrumpe otro sonido procedente del patio interior, el de otro integrante de esta tranquila vecindad dando de palos a una alfombra. Lo hace siempre pasada la media noche, como una especie de ritual para echar el polvo (que no echar un polvo) antes de acostarse a dormir.

Entrada la madrugada los sonidos por fin descansan, es entonces y sólo entonces cuando puedo continuar escribiendo sin embargo, tras las primeras letras mi cuerpo da paso al sueño, así que me dispongo a dormir un poco. Algunos han llamado a esto el hábito de la procastinación, aunque ustedes han sido testigos de que he intentado por todos los medios concentrarme para empezar a escribir.

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