LA DESPEDIDA

Te agitas, te mareas, te sientas, respiras, cierras los ojos y vuelves a respirar. Estás como atontado, ves borroso, pero la gente sigue su rumbo, con prisa, sin pausa. Entonces ella te reconoce y se acerca nerviosa. Te habla, pero no puedes responder y asientes torpemente con la cabeza. Accedes a que te acompañe hasta tu casa. Te levantas, caminas, respiras, te alteras, te detienes. El camino se hace largo, pero por fin han llegado. Ella te habla con voz dulce y te dice que no te preocupes, que estés tranquilo porque ella estará contigo hasta que todo haya pasado. Palideces, te asfixias, sudas un sudor frío que te recorre la espalda, tiemblas. Ella oprime fuertemente tu brazo para que no desfallezcas. Bebes agua, vuelves a cerrar los ojos y articulas un gracias inaudible. Ella te admira y te aprecia. Eres como su ángel guardián. Tu la consideras como una nieta, como otra hija, una discípula de la que estás sumamente orgulloso. Cuando todo pasa, comienzas el recuento de tu vida como periodista, de tus fracasos y tus éxitos. De esas anécdotas que se quedaron en los archivos de hojas amarillentas carcomidas por el paso del tiempo. Han pasado casi dos horas, y ella está complacida con tus historias pero tiene que marcharse a la redacción, pues aún esta en su horario de trabajo. Decides obsequiarle tu cuaderno de notas, el objeto más preciado que conservas. Te abraza conmovida y te hace prometer que descansarás y te cuidarás. Dos días después, el anuncio de tu muerte, la dejó desmoronada, sin aliento. ¿Acaso fue casual que pudieran encontrarse antes de tu partida?

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