TOP MANTA

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Horarios del mundo, lenguas del mundo, gentes del mundo.

Aunque las cabinas de los locutorios son en extremo reducidas, caben allí miles de minutos en conversaciones. Imagina si esas charlas interminables pudieran contenerse en un recipiente, tal vez harían falta cientos de locutorios. Pero eso es imposible. Prácticamente, aquello es una babel: árabe, swajili, yoruba, zulu, fula, somalí y quién sabe cuántos idiomas más, si consideramos que, simplemente en el continente africano, se hablan unas dos mil lenguas. Casi ninguno de los clientes, excepto los latinos, habla español. Entran y salen senegaleses, congoleños, nigerianos, camerunenses, marroquíes, argelinos, mauritanos, y dentro, el tic tac imperceptible de los relojes que marcan la hora en Londres, Paris, Madrid, Nueva York o Pekin. Unos minutos en un locutorio bastan para imaginar cientos de historias, algunas amargas, otras alegres, otras incómodas, algunas muy íntimas, como la de aquel chico que tal vez habla con su madre. Posiblemente le haya contado que consiguió un trabajo como vendedor, y que él es su propio jefe, que aunque va empezando, en unas cuantas semanas ya podrá enviarle sus primeros ahorros. Y es que aún no sabe cómo explicarle que trabaja en el top manta, que día con día es acosado e incluso perseguido por la policía y que siempre corre muchos riesgos. Pero eso ella no tiene por qué saberlo.

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