PERO LO EXTRAÑO

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Los fantasmas no existen. Lo sé. Pero hay uno que me frecuenta desde hace unos años. Lo veo cada mañana cuando me levanto. Los días en que ignoro el despertador, él se acerca y me sacude dulcemente, pues no quiere que me moleste con él por importunar mi sueño, y entonces no puedo evitar abrir los ojos y sonreírle. Acto seguido me levanto y le doy las gracias antes de ir a la ducha, pero al salir, mi visitante ya se ha marchado. Si hago caso al despertador, entonces le doy los buenos días, y él mueve la cabeza en un gesto de cortesía. ¿Que si le conozco la voz? No hasta hace unos días, cuando después de contarle un sueño, me dijo “no te preocupes, es imposible que eso te ocurra”. Su voz, aunque firme, era de un tono afable, casi maternal. Pensé que me daría un abrazo para tranquilizarme, pero creo que es un poco tímido para esos gestos, así que cuando quise acercarme para ser yo quien le abrazara, se esfumó. Digamos que ya estoy adaptada a su presencia, pero lo que no puedo admitir es que nuestra relación sea tan parca, pues nuestras conversaciones se reducen, salvo contadas excepciones, a miles de preguntas por mi parte, y a monosílabos suyos como respuesta. A estas alturas puedo decir que le conozco, y también le desconozco. Ya sé que los fantasmas no existen, es la segunda vez que me lo dices, pero quería contarte que hace ya tres días que no aparece en su rincón de la habitación y confieso que lo echo mucho de menos. Entiendo que sea difícil para ti comprender que pueda extrañar a alguien o algo que no existe. Le he dejado una copa de vino en su sitio, también un buen libro y algunos de mis escritos para que los lea, y después, cuando vuelva a aparecer, los comentemos juntos. Pero ni así. No hay señales de que esté merodeando por allí. No quiero buscar una explicación, porque no la hay, tampoco quiero que me ayudes, pero si por casualidad te topas con mi fantasma, pídele que vuelva, por favor.

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