DISYUNTIVAS DE UN POSMODERNO

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He ido a la panadería por pan como todas las mañanas. Al entrar y pedir una barra, el dependiente, un joven de mediana edad, ha estallado en llanto. Para su desgracia, a los de mi generación, y a mi en particular, nos adoctrinaron para evitar la manifestación de la debilidad humana a través del llanto, más aún en público. Y mostrar compasión, ni soñarlo. Por eso mi primer impulso fue dejar el dinero en el mostrador y echarme a correr de vuelta a casa, sin embargo, me pareció prudente aguardar, por si a aquel joven se le ocurría cortarse las venas con una baguette o un croissant. Él me miraba con los ojos inundados en lágrimas, como suplicando mi consuelo, pero no era capaz de musitar ninguna frase. Yo tampoco. Sentí cómo mi expresión de sorpresa se transformaba en una evidente incomodidad, por ello ni siquiera pude articular la frase consoladora que tenía en la punta de la lengua para preguntarle si estaba bien. A nadie se le hubiera ocurrido verse en un apuro semejante sólo por ir a comprar el pan. En esas ocasiones el tiempo nos juega siempre una mala pasada, pues genera la absurda sensación de que se ha detenido. Para mi poca fortuna, el único gilipollas que había ido a buscar pan a esas horas de la mañana, al parecer era yo. Mi presencia en la panadería se justificaba porque tenía un hambre atroz, así que tenía dos opciones: largarme de allí y sustituir el pan por arroz, como acostumbran algunas culturas orientales, o bien, buscar otra panadería, aunque tuviera que caminar el doble. Me incliné por ésta última. Devolví el pan a su creador y salí disimuladamente para no volver a poner un pie allí nunca jamás.

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