PIEDRA QUE LATE

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La primera vez que se le apachurró el corazón, pasó tiempo para que volviera a funcionar con normalidad. Cuando creía que ya lo había perdido, comenzó a latir regularmente y a bombear sangre nuevamente hasta los puntos más recónditos de su ser. Para ella fue como si reviviera. El problema es que no podía evitar tener esa sensación cuando alguien o algo la separaba de sus hijos, aunque éstos ya fueran mayores. Era como si alguien le pasara un rodillo sobre el pecho o como si le machacaran el corazón con un mortero. La última vez que experimentó aquella afección fue cuando ambos marcharon para estudiar en la Normal Rural. En esa ocasión tuvo que pedir a su marido que le ayudara con la bomba para hichar las ruedas de las bicicletas. Con mucho esfuerzo consiguieron recuperar el volúmen de su corazón. Ahora teme lo peor pues cuando le informaron de la desaparición de sus hijos, y le confirmaron la muerte de uno de ellos,  tenía el corazón tan apachurrado, que ya ni siquiera le bombeaba lágrimas a sus ojos. Ella siempre creyó que sus hijos la enterrarían y no a la inversa. Nadie le advirtió que los hijos dolieran tanto después de nacer. Por eso ha pensado buscar un remplazo, así que lleva días intentando encontrar la piedra que mejor se ajuste a su cavidad cardiaca.

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