LA REBELIÓN DEL CUERPO (confesiones de un melómano)

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Se instala en la biblioteca siempre con suma discreción. No le gusta llamar la atención, pero sobre todo, detesta la manera escandalosa en la que algunos usuarios se hacen notar cuando llegan y cuando se marchan de un recinto que debería mantener una calma casi sepulcral. Él mismo, en más de alguna ocasión, ha hecho callar a los escandalosos que aún después de ocupar su sitio, no dejan de murmurar con el compañero, manipulan la silla como si tuvieran entre manos un arado o les suena el móvil a cada momento. En esas ocasiones basta con una de aquellas miradas apabullantes que le salen tan naturales, para que la persona se sienta aludida.

Pues bien, una vez instalado, coloca el termo con café a un lado, el cuaderno y el bolígrafo por otro, saca el ordenador de su mochila y mientras éste se carga, se dispone leer el libro que ha elegido para esa mañana. Todo ello en los escasos cincuentra centímetros cuadrados que le corresponden. Una vez cumplido con el protocolo que exigen esos momentos de enajenación volutaria, introduce los cascos en los oídos, busca su programa de reproducción musical y pone “play” a la lista de rock que tanto le gusta.

Tras haber conseguido hacer todo esto en absoluto silencio, al comenzar a leer su lectura se desencadena una serie de movimientos involuntarios en su cuerpo, generados por el ritmo que escucha. Los pies no le obedecen y comienza a azotarlos contra el suelo. Es entonces cuando el resto de usuarios comienza a notar su presencia. Les mira de reojo, pero sus pies continúan marcando el ritmo, hasta que un hombre notablemente mayor que él, le toca el hombro para llamar su atención y le muestra su mano abierta indicándole que cese aquel golpeteo.

Como si hubieran recibido una descarga paralizante, sus pies se frenan, pero está avergonzado por lo ocurrido y no se atreve a mirar a su interlocutor, ni al resto de personas de la mesa. Inmediatamente después de que sus pies han cedido a la orden de su cerebro, se inicia un sutil movimiento de cabeza. Aunque este gesto puede ser un distractor para aquellos que padecen el síndrome de atención, nadie puede recriminarlo, pues la regla de oro en una biblioteca es mantener el silencio, pero no mantenerse quieto. Su boca también le traiciona y comienza a susurrar la canción que suena en ese momento. Percibe nuevamente la mirada de sus vecinos que fingen concentrarse mientras responden a las decenas de mensajes de whatsapp en sus respectivos móviles, y nota además cómo ella le observa divertida y sin disimulo. dormido-en-el-ordenador-1226141.jpg

Él se sonroja, y agacha la mirada. Los libros por su parte, hace rato que están muertos de aburrimiento. Confirma entonces que su cuerpo se ha hecho esclavo de la música, así que para evitar un altercado, decide cambiar de estrategia eligiendo una lista de reproducción más tranquila. El efecto relajante de aquella música surte efecto, tanto, que empieza a cabecear delante del ordenador. Piensa que lo mejor habría sido dejar de escuchar música y así lo hace, consciente de que ha cerrado los ojos y se ha quedado dormido momentáneamente.

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