EL MIEDO ANTE EL CONTESTADOR AUTOMÁTICO

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La primera vez que saltó el contestador automático no sabía que la voz que escuchaba era una grabación.

-Hola, soy Romina…

-Hija, soy yo, ¿cómo estás?

-Si nos conocemos entonces habrás reconocido mi dulce voz…

-Pues claro que te reconozco…espera ¿qué has dicho?, no hables tan rápido, no te entiendo…

-Lamento que no puedas escucharla más, de momento, porque no estoy en casa, pero si me dejas un mensaje te llamaré cuando vuelva. Cuando suene el tono puedes empezar a hablar.

Permaneció en silencio esperando respuesta hasta que saltó ese odioso ¡beeeeep! que se supone es la señal para grabar. Tras una larga pausa colgó, entre molesto y divertido. Para él era un absurdo.

Solía pasar las mañanas en casa desde hace unos años. Había optado por los paseos vespertinos pues de esa manera podía admirar las puestas de sol que teñían de un rojo endémico el cielo. Si había luna llena, entonces era habitual que ocupara su banca de siempre donde aguardaba hasta que el astro se posara en toda su redondez coronando la noche. Ese era Matías, un romántico empedernido.

Los hijos llamaban dos a tres veces al día para saber cómo estaba o si necesitaba algo. El problema es que pocas veces tenía ánimos para contestar. Dice que nunca le han simpatizado los teléfonos, mucho menos desde aquel día infernal en que un funcionario al otro lado del auricular le notificó que su esposa había muerto.

Le hicieron prometer que sería él quien llamara en caso de necesitar algo y si por algún motivo no había nadie en casa que respondiera, debía dejar un mensaje en el contestador automático. Craso error.

Cuando Peter Handke hablaba del “miedo del portero ante el penalty”, pensaba que no podría haber un oxímoron más divertido que éste. A la vez admiraba el tesón de cualquier guardameta que supera su miedo -un miedo que nos acomete a todos, aunque cueste admitirlo- mientras intenta adivinar la dirección del disparo al tiempo que su cuerpo debe reaccionar con destreza para evitar el gol.

El portero siente un miedo real ante la posibilidad de que la fuerza del lanzamiento supere a sus propias fuerzas lo que le impedirá detener el balón. Además su rol corre peligro, pues un portero que no consigue evitar los goles, deja de ser portero y se convierte en un traidor.

En el caso de Matías, el miedo al contestador no era un miedo como tal. Era un connato de miedo que tenía que ver más con la desconfianza. Inmediatamente lo invadía esa sensación de estar hablando con una máquina y se bloqueaba. Seguro que más de alguna persona se resiste también a hablar con una grabación, pedirle favores o incluso a seguir sus instrucciones.

Antes de que se inventaran esos aparatos del demonio, uno llamaba y si nadie respondía, dependiendo de la urgencia, insistía dos o tres veces como mucho. Si no había éxito, se dejaba pasar un tiempo prudente antes de llamar nuevamente. Así, hasta que alguien pudiera contestar. Qué necesidad había de involucrar a una grabación en los asuntos personales.

Lo peor es que ahora los hay en todos lados. El otro día se vio obligado a hablar con una de esas máquinas para presentar una queja por la factura de la luz.

Contestador: Buenos días. Está usted llamando a la compañía de electricidad. Si es usuario de nuestros servicios deberá identificarse. Dígame su número de documento por favor.

Matías: bla,bla,bla,bla

Contestador: perdone no le he entendido. Dígame su número de documento por favor.

Matías: X89476288

Contestador: por favor, dígame su nombre y apellido.

Matías: Matías Ibargüengoitia

Contestador: perdone, no le he entendido.

Matías: Ibargüengoitia, I-bar-güen-goitia.

Contestador: dígame su nombre y apellido.

Matías: ¡Joder, ya se lo dije, Matías Ibargüengoitia!

Contestador: perdone, no le he entendido.

Matías suele ser un hombre muy paciente, pero se alteró tanto por la llamada, que casi lanza el aparato por los aires. Aún así se contuvo.

Esta experiencia con los contestadores es una de las razones por las que Matías hace años que pasa las tardes cazando atardeceres y puestas de sol, y aguardando ansioso a que las fases lunares le regalen una luna llena antes de ir a dormir.

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