LOS MAJOS DESNUDOS

majodesnudo.jpg

Pintura de Robert C. Rore adaptada

Era la primera vez que nos embarcábamos en la maratónica tarea de comprar una vivienda. No sabría decir si es la última, aunque costará volver a ahorrar el dinero de tremenda inversión por segunda vez. De lo que sí estoy segura es que esta decisión ha sido una de las más agobiantes de mi vida.

Habíamos pensado que si visitábamos dos o tres apartamentos al día durante una semana, tendríamos suficiente para optar por el sitio adecuado. Pero el hecho es que cada vivienda era peor que la anterior, por lo menos eso me parecía. Había algo que me predisponía a ver esos espacios como lugares fríos, estrechos, inhabitables o macabros. Aunque no me lo decía, mi pareja se exasperaba y yo podía ver en sus ojos ese cansancio que arrastran los desacuerdos y las decisiones aplazadas. Simplemente era una elección trascendental para nuestras vidas que no podíamos hacer de manera precipitada.

Debíamos tomarlo con calma, por supuesto, eso significaba que la búsqueda de una semana podría prolongarse incluso meses. Durante la segunda semana no encontramos tantas ofertas interesantes, así que optamos por hacer las visitas en un sólo día. La segunda no, la tercera de las viviendas, me hechizó. Literalmente.

El espacio era muy intimista -forma retórica de definir una caja de sardinas-. En realidad exagero, pues el apartamento no era tan pequeño, además la estancia estaba muy bien iluminada, lo que hacía que el espacio pareciera más amplio y pulcro de lo que era. Había armarios empotrados en las dos habitaciones, una cocina muy bien equipada y un diván en el salón. Sobre éste pendía un cuadro que me sedujo al instante, pues me fue imposible apartar la vista de él durante varios minutos. El lienzo representaba dos varones recostados en un diván idéntico al que estaba en el salón. Ambos rostros eran iguales y estaban pintados como si uno fuera el reflejo del otro, sus cuerpos estaban desnudos y sujetaban un libro donde se leía: “Lo que queda, cuando lo demás se ha ido”.

Lo más inquietante del cuadro era que los cuerpos eran distintos. Aunque estaban en la misma posición y poseían indénticos rostros, la fisonomía no era igual. Un cuerpo estaba notablemente más envejecido que el otro. La escena era perturbadora, llena de una armonía indescriptible, pero a la vez nostálgica.

Yo sé que no me lo dicen, pero mis familiares y amigos no se explican cómo es que estamos pagando la hipoteca de un apartamento tan ordinario -así lo califican ellos- como éste, simplemente porque me enamoré de una pintura. En cuanto a mi pareja, no hubo ninguna objeción de su parte, pues sé cómo lo abruman las incertidumbres, y si yo estaba conforme, él se adaptaría.

No intento excusarme, pero esta es la primera vez que hablo del notable parecido del rostro de la pintura con aquel fugaz amante de mi juventud. Efectivamente, podría pensar que aquella pintura era lo único que quedaba de él después de su sigilosa desaparición. Mi memoria guardaba su imagen nítida como una fotografía. Y yo quiero pensar que se trata de él. Ése seguirá siendo nuestro secreto.

Anuncios