EL MAR Y LA ZOZOBRA

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Estábamos el agitado mar y yo a solas, en medio de la noche profunda, cuando apareció ella. Con paso apresurado echó un vistazo al agua y se marchó, haciendo caso omiso a mi presencia. Instantes después volvió y saltó la barandilla para quedar suspendida del otro lado. El corazón me dio un vuelco y sólo pude gritar con una voz ahogada:

-¡Qué haces!

-Nada- respondió sin la menor alteración.

De un salto, los cinco o seis metros que me separaban de ella se hicieron dos pasos. No la miré a los ojos pero me mantuve a una distancia precisa para sujetarla en el peor de los casos. Me sentí un poco torpe.

-Hay escaleras- susurró, como intentando aliviar mi evidente turbación.

-…¿Te importa si me quedo un momento?

-No tranqui, te entiendo.

-Lo siento, no quería…

Di media vuelta sin terminar la frase. Con el corazón palpitando aceleradamente volví a la banca donde estaba sentada hacía cinco minutos. La chica también volvió sobre sus pasos para después marcharse. Ninguna nos miramos, ni dijimos nada más. Había alguien esperándola del otro lado. Agradecí no haber tenido que interrumpir algo, aún así, con el miedo metido en el cuerpo deambulé el resto de la noche.