EL DIOS DEL VINO SE DIVIERTE EN VERANO

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Eran las fiestas de la ciudad. Nueve días ininterrumpidos de excesos, donde corrían sin medida caudales de bebidas alcohólicas. Las fiestas agradecieron el verano caluroso y soleado, mientras la lluvia daba tregua a la vigilia de los tertulianos de tradición dionisiaca. La madrugada en el local, donde solían parar estas almas errantes y alcoholizadas, transcurrió con la visita de varios personajes. Una pareja entró trastabillando a comprar una cerveza. Mientras pagaba, la chica me pidió que pusiera una canción de Bob Marley. Le pedí que me dijera el nombre, sin embargo, su estado etílico sólo le permitía pronunciar un inglés ininteligible. Después de un par de intentos, le pedí que lo escribiera y ella se apresuró a garabatear el nombre de la canción, con una frase parecida a “lalalong”. Le dije que no entendía muy bien, así que le pidió a su pareja que descifrara el título, sin éxito alguno. “No te preocupes, vuelve a escribirlo”, le dije entregándole otro trozo de papel. Escribió exactamente los mismos garabatos. Finalmente desisitió de su empeño por escuchar a Bob Marley, tras exclamar que ni su novio, ni yo habíamos aprendido a leer en la escuela. Yo estaba muy divertido con la escena, cuando aparecieron dos jóvenes más. Uno de ellos me compró una cuerda que usaba como adorno en la tienda, porque quería atar a su amigo. “Así no se me vuelve a perder”, me dijo. Cogió la cuerda y ató a su amigo de pies y manos de la barandilla de la calle. “¡No te muevas, vale! Yo te traigo las bebidas”. Y así, ambos continuaron la juerga, sin tregua, pero juntos. Yo estaba a punto de carcajearme, pero imaginaba que, si existía un dios del vino, se partiría de risa al ver el influjo del alcohol en los seres humanos.